Miguel Angel González, hermano de Jacinta. Testimonios de vecinos del pueblo:

Rosa Cosío, Felicidad González, Daniela Cuenca,
 Matilde González, Domingo Cuenca.
 

La familia de Jacinta. Jacinta y sus padres Simón y María, en el centro.Mari Carmen, la que fue "niña pequeña testigo", está a su lado, Miguel Angel, al lado de Mari Carmen, tiene un año mas que Jacinta.
 

Miguel Angel González

Miguel es hermano de Jacinta, un año mayor que ella. Tenía 13 años cuando empezaron las Apariciones.

La primera vez que oí hablar de las apariciones fue el día que ellas decían que habían visto al Ángel, el 18 de junio de 1961. Fui a ver los éxtasis cuando fue la mayoría de la gente.

¡No tenía ganas de ir!. A los cuatro o cinco días decidí ir. El día antes, fueron ya unas mujeres del pueblo y entonces lo contaron. Y al otro dfa fue casi todo el pueblo.

Cuando llegué no estaban en éxtasis. Rezaron un rosario antes en la «calleja». Después del rosario cayeron las cuatro en éxtasis de golpe. Yo noté que no era normal; pero no creía que era la Virgen.

Los primeros días, mis padres, igual que yo, no lo creían. No querían que se enterara la gente de nada. Jacinta les decía que quería volver allí otro día y entonces ellos le decian:

-- Pues marcha por donde no os vea nadie, una por cada esquina, y juntaros allá, donde no os vean.

Hasta aquel dia que fue la gente allí.

He visto unos doscientos éxtasis por lo menos. Se les cambiaba mucho la cara, una cara sonriente y nunca ninguna señal de cansancio o de fatiga y después del éxtasis, nada; al contrario, tan frescas.

En aquella época, yo tenía trece años y corría bastante. Cuando se desplazaban a gran velocidad, las seguía; tenía que correr, pero las seguía. Lo que pasa es que, al final, yo estaba sudando y ellas ¡tan frescas!.

La Virgen espera pacientemente a que Miguel bese el Crucifijo:

Un dia yo estaba en la cama, en un cuarto oscuro porque no habia luz. Las tres estaban en éxtasis e iban a darme el Crucifijo a besar. Yo no lo quería besar. Yo estaba despierto y no lo quería besar. Igual se tiraron allí un cuarto de hora. Estábamos a oscuras y me lo ponían sobre la boca. Ella no sabía si yo lo besaba o no. Ella me lo pegaba en los labios; pero yo no le besaba. Ellas no veían y, en el momento que lo besé, ellas se marcharon.

Los padres hacían pruebas con ellas para ver si era verdad. Muchos días sabian que iban a tener éxtasis, pero no sabían a qué hora. Entonces las separaban, una en cada casa. Y estando separadas, a la misma hora caían las tres o las cuatro en éxtasis, estando cada una en su casa.

Cuando las noches de los gritos yo estaba allí. Era en la «calleja» y había mucha gente del pueblo aquel día. La primera noche eran Jacinta y Loli. A la segunda noche fue Conchita también.

Cuando empezó el éxtasis, la gente se quedó más abajo, pero después las niñas se acercaron mas abajo y entonces la gente se puso delante de ellas. Quedaron a dos metros aproximadamente de elias. Y la gente llorando. Creían todos que se iba a terminar el mundo aquella noche. Había emoción y miedo por causa de los llantos de ellas y las caras que tenían. Le decían a la Virgen que no viniera el Castigo aquella noche:

-- ¡esta noche no, que no sea esta noche,... ¡ay, déjalo para otro día, esta noche nó... déjalos unos días más a ver si se confiesa la gente!.

La gente creía que aquel día se terminaba el mundo. Y al otro dia, todo el mundo fue a confesar, toda la gente del pueblo, yo también. Ellas estaban como si tenían miedo, lo noté muy claro.

También, en otra ocasión, yo oí lo de las negaciones. Me habían dicho ellas que tenia qne llegar el día en que lo iban a negar. Y entonces le decían ellas a la Virgen:

-- ¿Cómo vamos a negar que te hemos visto si te estamos viendo ahora?; ¿Cómo será posible que lleguemos a negarlo?.

Eso, yo lo oí.

Una noche iba con Jacinta y Loli, que tenían costumbre de ir al cementerio. Iba con tanto miedo que las dejé solas. Se marcharon para el cementerio. Me quedé viendo por donde iban. Yo tenía un año más que ellas y no me atrevía a ir. Entonces llegaron ellas solas; luego vino más gente y entonces fuimos allá con ellas.

Ellas no tenían miedo de ir al cementerio, no, nada. Allí metían la mano por la verja de la puerta, que es de hierro. Entre las barras de hierro, metían el brazo entero, con el Crucifijo en la mano, y lo daban a besar a unas cuarenta o cien personas, para arriba, para abajo, como si tuviesen alturas diferentes, daban a besar el Crucifijo a un gran número de personas difuntas.

Muchas veces las niñas en éxtasis tenían costumbre de ir a llevar el Crucifijo a las personas enfermas y ancianos. Algunas veces a uno que era muy anciano o que estaba ya para morir o que estaba muy enfermo, iban allá por la noche y rezaban dos o tres rosarios con él.


Rosa Cosío.

Cuando este testimonio, Rosa era viuda, con doce hijos.

No me acuerdo bien quién habló de eso la primera vez; yo me acuerdo que hablaban que habían visto un Ángel pero lo tomé como una tontería de las niñas. Ni me molestaba en ir a ver qué era. Tardé ocho días, por lo menos, en ir donde estaban ellas.

Tenía las ovejas en una cuadra que estaba muy cerca de donde ellas estaban. Una tarde vi correr a los hombres y ya no tuve otro remedio que correr yo. Yo las veía la caras completamente cambiadas, pero bien, muy guapas. Entonces, las niñas eran como las demás, ninguna cosa rara se veía en ellas, nada, tenían buena salud. Yo las veo fuertes, sanas, con salud, normales.

Si la gente hubiera visto todo lo que hemos visto los demás, porque tendría que ver solamente la nobleza que han tenido las chiquillas; un juego de niños ya sabemos todos que no fue. Fue cosa de Dios. Bastaba verlas cuando, de noche, en la nieve, con truenos y buenos relámpagos y granizos, han andado solas por ahí, solamente acompañadas de los padres.


Felicidad González.

Las primeras Apariciones eran siempre en el mismo sitio, en el «cuadro»; pero ya después eran en todas partes. Cuando las veíamos en éxtasis parecía que tenian otras caras más angelicales.

Cuando el Milagro de la Forma, ese día tuve mucho trabajo en casa. Fuimos veinte a comer y veinte a cenar. Unos eran invitados, otros eran de Madrid, de Toledo, etc. Así que no pude salir en todo el día. Luego, a la noche, después de la cena, enseguida, sin recoger y sin nada, me fui a las once. Estaba sentada alli contra una puerta, medio dormida, junto a la casa de Conchita, fatigada y cansada de trabajar todo el día. En esto, dicen:

-- ¡Ya sale Conchita!.

Había una cantidad de gente exagerada. Yo iba corriendo, pues si me quedaba a mirar para atrás, otro me cogía el sitio y me quedaba atrás. Al dar la vuelta a la esquina ya dicen:

-- ¡Conchita, de rodillas!.

La ví de rodillas en éxtasis. La lengua la vi bien; pero limpia del todo. De repente se puso allí una cosa redonda y muy brillante. Estaba allí la Forma, una Forma gruesa y brillante. Yo sentí una emoción, una emoción... La Forma se elevó un poquitín de la lengua, como el espesor de una uña, una cosa así. Y entonces, cuando vi que se elevó, pensé para mí:

-- ¡Ay, qué emoción!. ¡Lo hace el Angel para enseñarla, para que lo vea todo el mundo!.

Sí, pensaba que el Angel la iba a quitar de la boca de Conchita y que la iba a poner afuera para que la viera todo el mundo.

Entonces yo me senté para que la gente lo pudiera ver bien. Estuve todo el dia muy emocionada. Había mucha gente, todos allí, apiñados, yo estaba sentada delante.


Daniela Cuenca.

El día que hacía el año de las Apariciones, Loli hablaba, en éxtasis, con la Virgen, que venía con el Niño. Ella le decía a la Virgen que le dejara el Niño, que quería cogerle, que ella le cuidaría bien. La Virgen le decía a Loli que el Niño no hablaba y Mari Loli le decía a la Virgen que a un año ya podía hablar:

-- ¡Pero si ya tiene un año!, ¡déjamele, que no le tiro, déjamele!.

Y luego:

-- ¡Déjame la corona!.

Y hacía el movimiento de como se ponía una corona y de lo que veíamos parecía efectivamente que la primera corona, que era pequeña porque era la del Niño, no le cabía y no se la podía poner, pero la otra que era de  la Virgen sí.

Una tarde, yo bajaba de los Pinos e íbamos al Rosario. Vi así como una luz grande que traspasó por una momtaña, que pasó así, no muy alto, por el cielo. Una estrella no era; era como una luz. No era normal. He visto varias veces estrellas fugaces de ésas; pero era muy diferente. A todos nos chocó. Y a una de las cuatro niñas que estaban allí le oí decir:

-- ¡Ahí va la Virgen, en esa estrella!.


Matilde González.

Yo tardé en creer en las Apariciones. La primera vez que oí hablar de ello dije:

-- No es nada.

No lo creía. Vi el primer éxtasis y no lo creí. Después ya me pareció que no lo hacían ellas. En ese momento, lo que más me llamó la atención es que se les ponían unos rostros muy guapos. Nada de nerviosismo, de fatigas, de sudor, nada de eso. Después ya creí del todo.

A mi casa vinieron muchas veces a darnos a besar el Crucifijo, a mi marido y a mí.

Cuando iban corriendo, yo no podía seguirlas, porque aquello parecía ¡que era el viento!. Las vi andar para atrás, y para atrás de rodillas también. A veces iban ellas para atrás y yo iba quitándoles piedras para que no tropezaran, e iban por otra parte. Iban para atrás por donde había más piedras. Y cuando caían y se daban golpes, nunca tenían ninguna herida, nada; las piernas siempre bien limpias, sin ninguna señal de choque.

El Milagro de la Forma sucedió delante de mi casa. Conchita vino con el Crucifijo; yo estaba en mi casa, oí el ruido de la gente y salí. Porque eso pasó justo delante de la entrada de mi casa. Conchita asomó por ahí, por esa esquina y yo estaba abajo, en la escalera de la casa, y, delante de mí, Conchita se cayó, hincó de rodillas y cuando la vi, ya tenía la Forma.

Entre las manos juntas tenía un Crucifijo. Cuando yo la ví ya tenía la Forma sobre la lengua. Era una Forma más gruesa que una Forma normal, más blanca, a mí me pareció más blanca, como brillante o muy blanca.

Tuve tiempo de verla bien; lo que pasó es que yo me emocioné y me subí para arriba a decírselo a mi marido. Subí, sin terminar de verse la Forma. Yo no hice nada más que verlo y subir a decírselo a él. Cuando bajé, ya se había marchado. Había mucha gente, cantidad de gente.

Venían aquí muchas veces y una vez pues tardaron algo más en venir, y venían dos fiestas, domingo y fiesta. Yo estaba aquí en casa y dije:

-- ¡Ay, hoy domingo que no vengan!.

Había cantidad de gente y siempre subían y, como mi casa era tan ruin, pues no quería que subiera nadie. Y dije:

-- Pero mañana, lunes, que vengan a darme el Crucifijo a besar.

Y estando ahí, fregando los cacharros, viene Conchita con el Crucifijo a dármelo a besar. Yo me puse emocionadísima. ¡Sentí una emoción!. Yo no lo había dicho a nadie, fue un pensamiento mío, interior.

 Como esa vez, muchísimas. Muchísimas veces lo pedí yo así. Porque aquí venían de continuo y si tardaban un poquitín ya pedía yo que «vengan a darme el Crucifijo a besar» y venían. Se emocionaba una, y, cuando me daban el Crucifijo a besar, ¡yo muy contenta, muy contenta!.


Domingo Cuenca.

Cuando las primeras Apariciones, íbamos otro compañero y yo a las vacas. Era Antonio, de aquí, de Garabandal y yo. Voy y le digo lo que pasa y él dice:

-- Déjame en paz de esas cosas... de esas músicas...

Se puso a caminar muy fuerte. ¡Pero disgustado conmigo!. Digo:

– ¡Cálmate, no es para enfadarse así, hombre!. Tú debes de ir a verlo.

Por fin fuimos a verlo y entonces ya sí, creyó como los demás que lo veían. Ese verano fue especial. Trabajábamos y nos bajábamos al pueblo, que antes no nos bajábamos a dormir al pueblo, dormíamos allí en las cabañas.

Llegaba una hora que ¡ala!, al pueblo; algo nos impulsaba a ir. Bajábamos al pueblo, andábamos la noche o parte de la noche con las niñas y luego a la mañana a segar y a trabajar. Pasamos el verano andando y corriendo tras ellas por esas calles. Pero yo digo:

-- Tiene que ser una fuerza que nos ayuda porque pasamos el verano así y nadie se agotó.

Las niñas en éxtasis se ponían que era una hermosura. O sea, la «fisonomía» era la suya, pero sin embargo el color, la cara, los ojos, todo se ponía extraordinario.

Estaban ahí a lo mejor una hora o un cuarto de hora o diez minutos, con la vista al firmamento y, cuando se les pasaba, tan mormales. Que me diga a mí un carpintero, que algo he trabajado en ello también, y un albañil, que después de dar mucha brocha arriba, o carpintero clavar puntas para arriba, a ver si al bajar la cabeza no se marea nada. Y ellas tan naturales.

Algunos decían que volaban. Tanto como volar no; pero correr mucho y además con la vista, como digo, con la postura de la cabeza, mirando al firmamento y luego los brazos en cruz, que no accionaban, que sin accionar los brazos se acorta mucho la velocidad.

Una noche me puse de apuestas, digo:

-- Pues esta noche he de ver si os pesco o no, si os alcanzo o no os alcanzo.

Al tiempo que iban en carrera, se pararon ellas en éxtasis. En éxtasis corrían y en éxtasis se quedaron paradas. La mi idea era de ver si las alcanzaba o no las alcanzaba. Yo iba detrás de ellas como el perro detrás de la liebre. Ellas se quedaron normales y frescas y yo cansado y, si siguen corriendo mucho tiempo, llegaría un momento que yo no podría seguirlas.

Cuando caían de rodillas en éxtasis, las niñas tenian un repentino aumento de peso y es como si fueran una roca de hueso que cae y da contra el suelo.

Caían en éxtasis de rodíllas como a romper las rodillas, sin mirar si había piedras, si había cristales o qué, en la calle, conforme iban; así se echaban al suelo, como a romperse las rodillas.

Las noches de los gritos fuimos muchos donde "el Cuadro", que le llamamos, pero ellas mandaron detenerse a la gente sin llegar al Cuadro.

 Oíamos a las niñas gritar y lamentarse. Luego ya vinieron mas abjo y fuimos donde ellas. Ellas hablaron del Castigo. Yo miraba por donde miraban ellas. Miraban como si venía aquella noche un peligro. Ellas decían a la Virgen:

-- ¡que no venga... que se confiesen todos primero!.

Estaba un padre franciscano; el Padre empezó a rezar, pero no sabía por dónde andaba. No sabia ni lo que rezaba. Unas veces, Pater Noster, otras Ave María, que yo nunca he visto ese rezo. Después confesó el pobre señor que él rezaba y que no sabía ni donde andaba.

Y le decia un chaval:

-- ¡Padre rece, Padre rece!.

Para que no viniese el Castigo. Todo el mundo fue a confesar al otro día; nosotros también fuimos a confesar y a comulgar. Luego oí, que habian dicho las niñas, que estaba muy contenta la Virgen porque habíamos hecho una buena confesión.

Entraron una vez aquí. Una vez o dos. La despedida la dieron aquí.  Jacinta y Loli vinieron una noche. La última noche que tuvieron éxtasis vinieron aquí. Fue el último dia, no sé si fue la última casa. Porque en todas las casas entraban muchas veces y aquí no venían. Pero los últimos éxtasis de Loli y Jacinta fueron aquí.

Se cogían una niña a otra como un juguete y la ponía en alto y le daban a la Virgen un beso de despedida. Eso lo vimos muchas veces.

Un día estábamos en la taberna de Ceferino, luego de terminar el éxtasis. Había mucha gente forastera. Empezamos a hablar con un sacerdote, a ver qué nos aconsejaba él. Nosotros estábamos en que era sobrenatural. Pedí yo la palabra al Sacerdote y entonces le dije yo:

-- para mí es sobrenatural y, por eso, la ciencia humana no lo alcanza a comprender. Todos los hechos que vimos no tienen otra explicación que lo que ven las niñas es verdad y como ellas dicen. Es obra de Dios.

Y entonces dijo el Sacerdote, que era forastero:

-- ¡Eso es muy acertado!. ¿Qué oficio tiene?.

-- Pastor de ganado, dije.

-- El que mejor lo ha dicho es usted; y, ahora, señores, escuchen a este señor; que les hable de lo que nos acaba de decir.

En una ocasión fueron Mari Cruz, una chavaluca mia, Josefina y otras, a por avellanas. Pero la mi chavaluca era muy andarina, muy suelta. Estaba acostumbrada a andar corriendo por los montes como una liebre. Un día estaban en el monte y ya hacía unos días que no había éxtasis, y dice Mari Cruz:

-- Ya tengo una llamada.

Que ellas decían que tenian una llamada, que tenian dos, que tenían tres. Y ella dijo eso a las compañeras. Mari Cruz envuelve la bolsa de las avellanas y a la tercera llamada echó a correr. Estaba a unos cinco kilómetros del pueblo. La mí chavala estaba acostumbrada a correr por mal terreno y  era andarina.

Echan a correr y la mia pues no pudo, no la pudo seguir, tuvo que dejarla de vista. Ella hizo lo posible para seguirla. Andábamos en "prau concejo". Bajamos al pueblo, otros dos y yo. Nos dijeron:

-- Está Mari Cruz en los Pinos, en éxtasis.

-- Yo tengo que echar los bueyes al agua, ¿podias ir tu allá, ¿Mingo?.

-- Pues sí, que voy.

Fue allá y Mari Cruz estaba todavía en éxtasis. La mía estaba negra, cansadísima de haber corrido tanto pero Mari Cruz llegó allá tan fresca, tan normal. Y esto después de correr en un vuelo cinco kilómetros. Esto, ¡no se le olvida a la mi hija!.
¡Que me digan a mí que es natural!, dice ella. ¡Que vaya paliza que me dí, corriendo tras de ella, y no era capaz de alcanzarla!.