Si supierais quién está entre vosotros.

Dijo Loli el día del primer Mensaje.

 

El pueblo de San Sebastián de Garabandal. En la parte

superior derecha de la foto se ven  los Pinos.

 

 

¿TURISTAS? ¿ÁNGELES?

Esto que voy a relatar me lo contó mi hermana Margarita a finales del año 1961. Es una experiencia vivida por ella el frío y lluvioso día 18 de octubre de ese mismo año en el pueblo de San Sebastián de Garabandal, con ocasión de ser leído públicamente el primer mensaje que la Virgen había comunicado a las niñas videntes en aquellas apariciones.

Ese día amaneció muy desagradable y lluvioso en extremo y mi esposa y yo fuimos a despedir a Tituca al autobús que la llevaría hasta las proximidades del pueblo, por no estar hecha aún la carretera que parte desde Cosío. Regresó muy tarde, después de una verdadera odisea en medio de la gran muchedumbre que acudió allí a escuchar el mensaje anunciado, mensaje que decepcionó a una parte de la gente por su sencillez. Hay que hacer constar que esa gran parte de gente había subido al pueblo en plan de pura y sana curiosidad, esperando conocer un mensaje de carácter apocalíptico de enorme trascendencia. La decepción fue grande y los comentarios discrepantes.

El mensaje, en cambio, era muy normal: era algo así como una advertencia de una Madre que pone sobre aviso a sus hijos de que el camino que siguen no es del agrado de Dios, exhortándoles a ser buenos, ya que la Copa de la ira divina se estaba llenando y que ello acarrearía un castigo para la Humanidad. Este mensaje fue anunciado ya de noche, una noche de truenos y cellisca que habían durado todo el día.

Mi hermana había deambulado por el pueblo con gran dificultad, ayudada por un palo que la servía de apoyo y comiendo lo que había llevado en casa de una señora que vivía al principio de la aldea. El ambiente en este lugarejo tan pequeño era caótico, pues sus estrechas y pedregosas callejas estaban saturadas de gente llegada de muchísimos lugares ávida de emociones y curiosidad.

Pero las personas que esperaban las palabras del Cielo con sencilla religiosidad y amor a la Virgen, eran, quizás, las menos. Por eso, a ellas no las decepcionó el mensaje, sino que las animó a cumplir aquel diminuto evangelio que acababa de ser anunciado con gran trompetería meteorológica.

Margarita era una de esas personas que tenía motivos para guardar en su corazón aquellas palabras, pues el misterio de Garabandal le había sido revelado un mes antes del comienzo de las apariciones en el íntimo recogimiento de su alcoba al irse a acostar, mientras rezaba arrodillada ante su cama, las oraciones de la noche de su Congregación de Hijas de María. ¿Cómo fue? Una voz resonó en su cerebro en forma de locución clara y rotunda, que la dejó sorprendida y anonadada. Y las palabras que sintió y oyó fueron éstas:

"Margarita, dentro de poco sabrás de mi Madre. Ello hará que tengas que sufrir mucho, pero no te faltará mi ayuda".

Todo ello se cumplió. Desde aquella noche de mayo de 1961, hasta el 18 de junio del mismo año, casi un mes, las palabras recibidas en su cerebro se habían hecho realidad. Margarita había sabido de la Madre y ese 18 de octubre, ella había escuchado con gran humildad y respeto las palabras y los deseos de esa Madre, a la que se había consagrado desde su adolescencia. Alma mariana y eucarística, de una sólida formación religiosa y teológica y de honda vida interior espiritual, aquellas apariciones calaron muy adentro en su corazón y desde entonces, dedicó todo su entusiasmo a propagar el misterio de aquellos impresionantes fenómenos místicos.

Ya por la tarde, aprovechando una escampada en medio de tanto diluvio, Margarita salió a la calle y se unió a un pequeño grupo de personas, entre ellas un sacerdote, que comentaban los pormenores de la jornada, a la espera del anunciado mensaje. No se dieron cuenta de la presencia de Margarita ni la de dos jóvenes, (ella juraría que gemelos), altos, rubios, de ojos azules, con vestimentas iguales y tocados de gorros de estilo.

Tenían aspecto extranjero, como nórdicos, y escuchaban sin intervenir, sonriendo con dulzura. Tituca los observó con detenimiento y curiosidad, percatándose con asombro y sorpresa que tenían en su mano derecha una vara alta que les llegaba casi hasta la cabeza; la vara era muy extraña, del color del pan, y en algunos nudos de ella había una especie de hojitas diminutas también del mismo color. Ella no salía de su asombro, no sólo por el mutismo de los muchachos, a los que había hecho varias preguntas sin obtener siquiera una respuesta, sino también por la procedencia de aquellas varas; imposible que hubieran sido arrancadas de cualquier bosque cercano.

Las preguntas, más o menos, fueron éstas:

¿De dónde son ustedes? Aquí no se ven esas varas. ¿Quién se las ha proporcionado? ¿Son ustedes extranjeros? ¿Quién les informó de estas apariciones?.

Nada, parecía que tenían la boca sellada; sólo la abrían para sonreír. Y Tituca miraba aquellas varas secas y pulcras y, al compararlas con su palo de avellano, el lío que se hacia era cada vez más grande. De pronto, uno de aquellos hombres que continuaban enzarzados en su polémica, exclamó:

¿y si todo esto fuera cosa del demonio?.

¡Santo Dios!. El efecto que estas palabras causó en los dos jóvenes fue fulminante y terrible. De pronto, sus rostros dejaron de sonreír con aquella dulzura que a Tituca le había llamado la atención, dando paso a la seriedad más severa con marcado tinte de tristeza.

Aquella exclamación les había transformado y su aspecto ya no era el mismo. Tituca sintió pena. Pero se dio perfecta cuenta de que aquellos muchachos conocían nuestro idioma a la perfección, ya que habían entendido todo cuanto se había hablado en el grupo, además de sus preguntas. En ese momento, es cuando mi hermana empezó a pensar cosas raras y a agolpársele las preguntas. Si conocían el idioma castellano, ¿por qué no contestaron a lo que ella les preguntó? ¿Qué significaban aquellas permanentes sonrisas? ¿Por qué se pusieron serios y tristes al oír mentar al demonio? ¿Quiénes eran y de dónde habían salido aquellos insólitos y sorprendentes personajes?

Pero sobre todo, ¿de qué bosque o en qué monte habían cortado aquellas maravillosas varas, tan limpias, tan pálidas y flamantes, con aquellos brotes de hojitas impropios de la estación? ¿Estarían mojadas? Mi hermana no me dijo nada ni yo se lo pregunté. Secas o no, ¿por qué tenían aquél color? El contraste que ofrecían junto a los palos rústicos y manchados de barro que llevaba todo el mundo, era de un anacronismo casi violento.

Después de esto, los chicos se retiraron de allí y tomaron el camino de la casa de Ceferino, el padre de Loli. Se marcharon de la misma manera que llegaron: en silencio absoluto. Margarita entró de nuevo en la casa de la señora a merendar algo. Hablaron del acontecimiento del día comentando cuanto tardaban en anunciar el mensaje. Entonces, la señora le dijo a Tituca en tono confidencial:

¿Sabe de lo que me he enterado? Que Loli ha dicho esta mañana:

-- "Si supiera la gente quién está hoy en el pueblo".

La preguntaron, pero no quiso decir nada más.

Al asociar lo que la mujer le acababa de decir y lo que había presenciado, vio que las cosas se le estaban poniendo bastante claras y, dada la prodigiosa intuición de que gozaba, pudo sacar conclusiones bastante atinadas en cuanto al origen y procedencia de aquellos misteriosos muchachos; las conclusiones fueron todavía más firmes cuando se encontró en otra salida hecha después, con Marichu Herrero y su hermana, amigas nuestras, que estaban allí aguardando el acontecimiento.

A Margarita le dijeron que habían visto a dos chicos muy extraños que observaban los pinos desde un recodo de la calleja y les llamó la atención su indumentaria y sus sombreros, además de su elegante presencia y aspecto físico, suponiéndoles extranjeros o algo así. En cuanto tocaron el tema de lo que había dicho Loli, empezaron a barajar nombres de personajes conocidos que podrían estar presentes en el pueblo con ocasión de conocer lo que esperaba todo el mundo: el mensaje. Pero, ¿quién o quiénes podrían ser?

Entonces, a la hermana de Marichu se le ocurrió preguntar:

-- ¿Y si fueran Ángeles?

Como la pregunta no era extemporánea ni descabellada y tenía bastante lógica, fue aceptada como válida. ¿Es que podrían ser ángeles? Muy posible y con claro fundamento. La sagrada escritura está llena de testimonios de la presencia de ángeles que tomaron forma humana al tener que cumplir alguna misión o comunicar mensajes a los hombres. Entonces y suponiendo que lo fueran, ¿en quienes se podría pensar? Tituca volvió a poner en acción su vena intuitiva y pensó en Miguel y Gabriel, ambos siempre presentes en muchos acontecimientos en que interviene la Virgen. El de la Anunciación y el de la milicia celeste podrían ser los dos ángeles que vieron a las niñas videntes, que las prepararon para antes de la primera aparición de la Virgen.

También Tituca, según me dijo después, se apoyó en un detalle muy curioso, que era el siguiente: mientras ellos estuvieron con ella y con el grupo que discutía, uno de los dos jóvenes miraba a Margarita de un modo familiar, siempre sonriendo, por lo que más tarde dedujo que podría ser Gabriel por la coincidencia de que mi hermana tenía el de Gabriela como uno de los nombres de pila.

Como ya he apuntado, Tituca llegó a nuestra casa llena de cansancio por lo duro de la jornada: llegar hasta Cosío, monte abajo, entre más de cinco kilómetros de barrizales y de noche, y esto, junto a las fuertes emociones vividas, que fueron muchas para el alma hipersensible de Margarita. Así quedó la cosa durante un tiempo y nunca creímos necesario aventurar hipótesis sin apoyatura sólida. A mí nunca me gustaron los anuncios que dejan en el aire un interrogante.

Me gustan por ejemplo el anuncio dado a Lucía en Fátima señalando fecha exacta. Por eso pienso que Loli tenía obligación de decir quién estaba en el pueblo aquel día. ¿Cómo no lo dijo? ¿A qué tanto misterio si nadie lo iba a saber? ¿Qué podía haber ocurrido? De todas formas, siquiera para aclarar algunos puntos oscuros de aquella anécdota, llamé a Marichu Herrero a casa de Margarita para que las dos dialogaran en busca de una coincidencia lo más aproximada posible. Estuvieron de acuerdo en casi todo, menos en algún detalle de los gorros. Marichu y su hermana no dijeron que eran tiroleses sino muy distintos. Tampoco le aclaró lo de las varas, pues a ellas les pareció que no llevaban nada en las manos. No se pudo aclarar más sino que eran dos muchachos muy extraños. Contaron lo que vieron, lo que pensaron, lo que sospecharon y lo que dedujeron. También es muy lógico que hubiera disparidad de criterios, dado que Marichu y su hermana les vieron de lejos, mientras que Tituca estuvo a un metro de ellos y pudo captar todas sus reacciones como su seriedad y tristeza al oir mentar al demonio. ¿Quién les había encomendado esa misión? ¿Qué eran, Ángeles o turistas?

Para Garabandal, aquel día fue su primer mensaje y el ultimo el 18 de junio de 1965. Quedó en el aire aquélla aventura indescifrable y nosotros hablamos muy poco de ella en los años que siguieron. Tampoco tuvimos oportunidad de leer o escuchar a nadie tocar este asunto tan misterioso.

En cierto modo, como también coincidieron Tituca y las dos hermanas, era patente que aquellos seres tan enigmáticos tenían un halo de autoridad y atrayente porte. Resumiendo: ¿eran peregrinos? ¿Turistas extranjeros? Loli no lo quiso decir y no sabemos si después lo habrá dicho, si es que lo dijo en realidad. Todo pasó. Y los elementos callaron durante la lectura del mensaje. Luego volvió a llover. Y la enorme masa de gente comenzó a bajar la montaña.

Han pasado muchos años desde aquello. Todo fue como un bello rayo de luz y de ternura que la Madre quiso mostramos. A nosotros nos impactó y nos hizo modificar muestro débil cristianismo, y aquellos pinos centenarios han cobijado nuestras oraciones durante muchos años. Margarita se llevó al otro mundo muchos carismas de la Virgen y el bello recuerdo de aquel día y de otros que le siguieron. ¿Habrá visto entre la ingente legión le seres celestiales a aquel que la miraba con tanta familiaridad? Para nosotros ya todo quedó lejos. El paso de María dejó en nuestros corazones huellas muy profundas de amor y agradecimiento.

Sus dos mensajes fueron como dos aldabonazos al corazón de los hombres, señalándoles que el camino que siguen no es el correcto que debiera ser en cuanto a la vivencia de la fe de Jesucristo. Ella avisa con angustia, continuamente, incluso con su llanto. Y con su sangre, que es más grave. Dijo que estamos en los últimos avisos. Su Hijo no deja nunca de avisar en los prolegómenos de su justicia.

¿Hasta cuándo? Nosotros medimos el tiempo. Dios no, porque el tiempo no existe para Él. Ni lo mide. Mi hermana habrá visto claro el enigma de aquí abajo. Feliz de ella. Nosotros hemos hecho lo posible por seguir la línea trazada. Aquí y hoy, seguimos dando gracias al Señor por este y otros muchos inolvidables regalos.

José María Juliá.
Santander, Agosto de 1992.