“Sabía que el Rosario Era Poderoso, pero...”
Otro Milagro de la peregrinación de 1999 a Roma y Garabandal

Por Helen Rozeluk

    Cuando los Trabajadores de Nuestra Señora – Canadá llevaron a un grupo de peregrinos a Roma en Mayo de 1999 para la beatificación del Padre Pío, algunos en el grupo experimentaban un milagro cada simple día en esas dos semanas de peregrinación. El siguiente es mío.

    Llegamos a Roma el Sábado 1 de Mayo de 1999. Nuestro grupo de veintiún integrantes se hospedó en la pensión adyacente a la Iglesia Católica Ucraniana de San Sergio y Bacco, donde el Obispo Roman Danylak posee también un apartamento. Ya que el Obispo Danylak gentilmente se ofreció como director espiritual de nuestra peregrinación, ésta era la localización ideal para nosotros.

    Al día siguiente, Domingo 2 de Mayo, íbamos a participar en las ceremonias de beatificación en la Plaza de San pedro. El Obispo Danylak tomó recaudos en reservar boletos para cada uno de nosotros en la primera sección del público, en el mismo frente. Ya que muchas miles de personas se esperaba estén allí, el Obispo nos persuadió que contrataramos de antemano taxis que nos lleven a las puertas Vaticanas en vez de usar el transporte público, y  así encontrarnos todos juntos en el lugar destinado. De este modo nos dividimos en grupos de cuatro y partimos.

    Mi grupo de cuatro incluía a Elizabeth Marter, su esposo, Andreas y la Dra. Peggy McGinty. Fuimos los últimos en llegar a los portales vaticanos, pero aún con mucha antelación al comienzo de la ceremonia. Desde los umbrales debíamos caminar toda la extensión de la larga y ancha avenida que conduce a la Plaza de San Pedro (cerca de 1 Km o ½ milla) y luego dirigirnos a la sección del frente.

    Era un día particularmente caluroso y húmedo. Multitudes y multitudes de personas se apiñaban, todas yendo en la misma dirección, apuradas por llegar a tiempo.  A medida que llegábamos a destino, el gentío se volvía más grueso y denso. Solo habíamos transitado un tercio camino arriba cuando nos quedamos totalmente inmovilizados dentro de la multitud. No había lugar para moverse. La avenida era una masa de cuerpos humanos de muralla a muralla, todos tratando de empujar hacia delante para no llegar a ningún lado. El tiempo se acortaba. Debíamos movernos o llegaríamos tarde. La gente empezaba a presionar y empujar. La presión de la muchedumbre llegó a apretarnos tanto que fui completamente levantada del piso y suspendida allí en medio del aire, apoyada solamente por los cuerpos que empujaban alrededor de mí.  Para poder respirar, tuve que empujar a la gente que se encontraba tras mío, ya que mi pecho estaba siendo aplastado. Creímos todos en algún momento que seríamos aplastados.  Al rato, la gente comenzaba a desmayarse. Los individuos más impacientes empezaron a usar sus puños y propinar golpes a los demás. La situación estaba rápidamente deteriorándose en una escena de pandilla callejera.

    Miré a mis acompañantes: Andreas, quien sufre de hipertensión arterial, se puso color gris ceniciento; Elizabeth, quien estaba enferma del hígado, estaba blanca como un papel (ver Elizabeth’s Story); Peggy estaba con el semblante sumamente enrojecido por el calor insoportable y el apretujamiento de la gente. De repente, Peggy entró en pánico y comenzó con una crisis de histeria. Esta fue la última gota que colmó el vaso. Detonó una reacción de mi parte que solo puedo calificar como “santo enojo”. Inmediatamente empecé a rezar la oración a San Miguel, seguida por la petición de protección. Agarré entonces a Peggy por el brazo y le ordené a ella y a los otros dos, en el Nombre de Jesús, que se callaran y me siguieran. Empecé a rezar el Santo Rosario y les ordené que lo repitieran después de mí mientras nos sosteníamos de las manos y tratábamos de movernos hacia delante.

    No habíamos todavía completado el tercer “Ave María”, cuando de súbito, había allí un paso abierto frente de nosotros. Comenzamos a movernos prestamente a través de la muchedumbre continuando con el rosario. A medida que mirábamos tras nuestro el paso se cerraba de nuevo. Era ciertamente como el relato bíblico de la partición del Mar Rojo. Avanzamos hacia delante, pasando a través de los numerosos puntos de control rápida y fácilmente. Finalmente llegamos a la Plaza de San Pedro. La guardia Suiza en la entrada de nuestra sección, se negó a dejarnos pasar, a pesar de tener nosotros las entradas reservadas. De vuelta, tuve que recurrir a nuestro buen Arcángel San Miguel. El guarida nos permitió entrar.

    Cerca de la finalización del cuarto misterio del rosario, fuimos ubicados en nuestro sector al frente de la Plaza de San Pedro! Cada sección alberga aproximadamente 1000 personas. No solamente nos encontrábamos en la sección correspondiente sino el grupo nuestro entero estaba sentado todo junto en las mismas dos hileras!  Cuando llegamos, encontramos que el resto de ellos, preocupados por nuestra ausencia, también estaban recitando el rosario para que llegaramos a salvo. No hace falta decir, que el quinto misterio fue ofrecido en Acción de Gracias a Nuestra Santa Madre por este enorme milagro. Más tarde, Elizabeth se me acercó extrañada y dijo, “Helen, sabía que el Rosario era poderoso, pero nunca me había dado cuenta en serio de lo realmente poderoso que es! Amén-

Escrito en Agosto, 2001
Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.


     Página principal