Curación del Padre Anselmo.

Dice Michael:

A lo largo de mi vida he trabajado en muchas organizaciones y comités a través de los cuales llegué a conocer a muchos sacerdotes. Algunos de los jóvenes con quienes trabajé también fueron llamados al sacerdocio.

Cuando fui sanado en Garabandal, el 3 de Abril de 1994,  hice la promesa de retornar al año siguiente en acción de gracias. También comencé a sentir la nueva necesidad de asistir a misa con más frecuencia y no solo los Domingos.

Helen y yo empezamos entonces a compenetrarnos mucho en la difusión de los Mensajes de Garabandal, y muchas personas comenzaban a invitarnos para hacer disertaciones. Como resultado, en vez de asistir a misa regularmente a una sola iglesia, nos encontrábamos con invitaciones de varias parroquias católicas, en distintas ocasiones, y de ese modo llegamos a ser conocidos por muchos curas en esas parroquias.

Justo antes de viajar en acción de gracias a Garabandal, en Abril de 1995, recibimos una llamada telefónica de un sacerdote que conocíamos muy bien, lo llamaré el Padre Anselmo. Habíamos conocido al Padre Anselmo por años, así que, por supuesto, él sabía de mi accidente, mis años de sufrimiento y luego mi curación milagrosa.

Llamó para preguntar si asistiríamos a misa en su parroquia aquella tarde. Cuando dijimos, "Sí," preguntó si podríamos pasar luego de la Santa Misa a verlo en la casa parroquial. No pusimos objeción alguna.

Mientras iríamos de viaje a Garabandal en contados días más, el Padre Anselmo tenía el compromiso de tomar un vuelo al día siguiente, a otra ciudad para dirigir una misión cuaresmal. Helen y yo fuimos a Misa, la cual fue celebrada por otro sacerdote. Y luego pasamos a la rectoría a visitar al Padre Anselmo.

No reconocimos a la persona que nos saludó. El Padre Anselmo mostraba un semblante de color gris ceniza, se le veía muy desmejorado, despeinado y con muecas en el rostro que denotaban que estaba sufriendo un dolor severo. El simple hecho de apoyarse en el marco de la puerta le consumió todas sus fuerzas. Al preguntarle qué había ocurrido, todo lo que pudo decir fue que cuando se levantó esa mañana, su espalda le dolía excesivamente y no podía moverse. No podía inclinarse hacia delante para ponerse sus medias ni para atar sus zapatos. No podía levantar los brazos para peinarse. Ni siquiera podía sentarse.

Se las arregló para ir junto a su médico, quien le recetó calmantes para el dolor y relajantes musculares y lo envió después a un fisioterapeuta. Posteriormente se le dijo que necesitaría fisioterapia tres o cuatro veces por semana por lo menos durante un mes y medio. El doctor también le dijo que debía cancelar su vuelo ya que no se encontraba en forma para viajar a ninguna parte. Le dió un certificado de reposo para que pudiera solicitar a la aerolínea el reembolso de su pasaje sin mayores problemas.

Nos quedamos con el Padre un rato. Más tarde, otros tres feligreses se nos unieron con sus niños. El Padre nos pidió que recemos por él en Garabandal, lo cual prometimos hacer. Entonces, repentinamente, me preguntó si traía conmigo la medalla y si por favor se la podía colocar en la espalda. Lo hice. Luego preguntó,"¿Qué hacemos ahora?". Respondí: "Padre, recemos."

Los diez de nosotros presentes, 6 adultos y 4 niños, rezamos juntos el Padre Nuestro y el Ave María. Durante la oración, en silencio, le pedí a Dios, si era Su Voluntad, que le concediera a esta Sacerdote suyo la gracia de sanarse. En el mismo momento en que tuve ese pensamiento, el Padre Anselmo mostró un aspecto de lo más aturdido en su rostro. Sin decir palabra, se volvió y fue hacia su oficina. Mientras el resto de nosotros mirábamos estupefactos, se sentó en su sillón. Luego se levantó, dió una vuelta, se sentó otra vez, se levantó, levantó los brazos sobre su cabeza. Repitió esto varias veces. Después vino de nuevo junto a nosotros, puso las manos sobre su espalda y dijo, "No creerán esto, ¡pero no siento más ningún dolor!". Y alzó una vez más las manos sobre la cabeza.

¡La emoción en nuestro grupo era tremenda!. Reímos, lloramos. Le agradecemos y le oramos a Dios por este obsequio maravilloso. Cuando los otros hubieron partido, el Padre nos invitó a ir a la cocina por un poco de té. Su dolor había desaparecido. Y, sí, pudo tomar el vuelo el día siguiente para llevar a cabo su labor.

Helen y yo creímos conveniente dejar todo en manos del Padre Anselmo para que contara al resto, a su modo, esta maravillosa curación. Pero antes de que pudiera hacerlo, los niños difundieron la noticia por la parroquia ¡casi instantáneamente!. Y de nuevo, de boca de estos angelitos, se escuchó lo siguiente:

"¿Te has enterado cómo el Padre Anselmo se curó de repente?" preguntó uno de los niños más grandes. El más joven replicó, "Sí, pero recuerda lo que hicieron primero, ¡Rezaron!". Y Dios respondió maravillosamente, como siempre lo hace. Más tarde, el padre mismo contó a todos los feligreses esta historia, confirmando lo que los niños habían dicho con anterioridad.

Tal es el maravilloso y pródigo amor que Nuestro Señor tiene por cada uno y por todos nosotros. La Oración puede alcanzarlo todo. Abrid vuestros corazones a Jesús y dejad que se haga Su Voluntad.

Dr. Michael y Helen Rozeluk