La rodilla de Naomi

Escrito el 6 de julio de 2001

    Mi nombre es Naomi y vivo en el área de la ciudad de Nueva York. Conocí al Dr. Michael y a Helen Rozeluk varios años atrás a través del Obispo Roman Danylak. Fui lo suficientemente afortunada en unírmelos a varias peregrinaciones a Garabandal, siendo la última en Mayo de 2001. Fue en este último viaje cuando fui agraciada con un maravilloso e inesperado regalo de Nuestro Señor.

    Una mañana, hace aproximadamente dos años, me desperté y, como de costumbre, me hinqué de rodillas para hacer mis oraciones matinales. Inmediatamente me dije a mí misma, “Bien, ¿qué he hecho ahora?” El estirón en el ligamento de mi rodilla derecha era muy doloroso, pero opté por ignorarlo. Decidí no hacerle caso y simplemente tratar de no repetir el movimiento que lo provocó. Sin embargo desde entonces, siempre que tratara de realizar una genuflexión, lo cual siempre hacía sobre mi rodilla derecha, el dolor me hacía levantar de nuevo mis piernas. Así que pensé, “Bueno, entonces, por ahora, solo haré una reverencia en vez”. Todavía era capaz de arrodillarme con ambas rodillas si mantenía mi peso solamente con la izquierda. Pero no podía genuflexionar en la iglesia. A cambio, tenía que hacer esta pequeña reverencia, todo el tiempo pidiendo a Nuestro Señor, que me perdonara por no arrodillarme hasta el suelo.  La rodilla dolía aún. Era un dolor tirante, más parecido a una contractura muscular que a un dolor nervioso. Todo el tiempo, cuando trataba de hincarme sobre mi rodilla derecha, el dolor se disparaba por todo lo largo del muslo hasta mi cadera, en el lado derecho. Era muy, muy doloroso.

    Mi masajista y mi médico quiropráctico, ambos, notaron mi problema. Mi rodilla estaba hinchada. No podía doblarla apropiadamente porque lastimaba. De todos modos, muy poca fisioterapia se le había hecho alguna vez a mi rodilla. Finalmente, a finales del año pasado, mi médico decidió que yo necesitaba una MRI para revisar la rodilla apropiadamente. No estaba mejorando. El dolor persistía, no importaba qué. Evitaba poner a prueba mi rodilla o inclusive aplicar presión sobre ella, porque al instante de hacerlo, aparecía el dolor.

    Antes de esta última peregrinación a Garabandal, me encontraba deseosa de contemplar toda la grandeza y la belleza de las Montañas Cantábricas. Oré por todos los peregrinos y por una peregrinación exitosa. Con respecto a mí, solo quería amar al Señor hasta lo más profundo posible. Con ese deseo, recé cada día por varias semanas ante el Santísimo Sacramento.

    Llegamos a Garabandal el 13 de Mayo de  2001. Varios días después tomamos una excursión al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, el cual alberga uno de los pedazos  más grandes de la Cruz Verdadera (Vera Cruz) de Jesús. A medida que formábamos fila para besar la Vera Cruz, pensaba, “Señor, moriste en esa cruz”. Todo mi ser lloraba y decía “¡Oh mi dios, Oh mi Dios!”.  Hube pensado respecto a esto con anterioridad, pero nunca me hubo tocado tan profundamente como en ese momento en particular.  Cuando me llegó el turno de venerar la Cruz, todo mi cuerpo se desplomó. Había una gentil presión sobre mis dos hombros que muy dulcemente me guiaron a arrodillarme en el suelo.  No tenía idea de que lo haría a causa de mi dolor. Mi pensamiento inmediato fue el de que alguien me había empujado para abajo. Era una presión suave y me hinqué de rodillas. Cuando me incorporé de nuevo y besé la Cruz, algo me dijo en mi interior: “lo sabes, ¡te arrodillaste!”.

    Pensé, “¡Oh, mi Dios, Oh mi Dios!”. Había visto esa Cruz antes, en peregrinaciones previas, pero esta vez lucía distinta – esta vez parecía muy, muy grande.

    Me alejé y regresé a mi banco. Me arrodillé y mis rodilla golpeó otra vez el piso. ¡SIN DOLOR! Pensé en mis adentros, que quizás estaba solamente excitada, pero que debía seguir probando lo mismo. Traté de tranquilizarme. Cuando estaba lista para partir, esperé hasta tener todo el espacio del mundo. Tenía que intentarlo otra vez y arrodillarme. Mi rodilla golpeó el piso otra vez. ¡NINGÚN DOLOR EN ABSOLUTO!. Ahora lo sabía. ¡Esto realmente es cierto!. Después de todo este tiempo – ¡esto realmente es cierto!.    ¡Podía arrodillarme usando la rodilla que no había podido usar todo este tiempo!

    En camino de regreso hacia al aeropuerto desde Garabandal, el Dr. Mike me solicitó que compartiera mi historia con todos los viajeros. Acordé que lo haría pero primero debía asegurarme de vuelta. Le dije al Doctor que esperara un momento mientras ganaba el pasillo y me daba vuelta. El autobús se balanceaba de un costado al otro a medida que el conductor negociaba las pronunciadas curvas a través de la montaña. Me hinqué con mi rodilla derecha sobre el piso duro y liso del colectivo, y dije, “No pasa nada, está todo bien”

    Ya han pasado seis o más semanas de esto ahora, 5 de julio de 2001, y fue grandioso. No tengo problemas para hacer genuflexiones desde mi retorno de Garabandal.}

    Había recibido otra gracia en un viaje previo a Garabandal varios años atrás con el grupo de Joey Lomangino en 1998. No tenía otro lugar mas para sentarme que en la parte trasera del bus. Cuando subí al colectivo todos los asientos delanteros estaban  ocupados. Siempre había sido propensa a malestares por movimiento y debía usualmente sentarme en un asiento delantero. Pero no podía solicitar a nadie que se cambiara de asiento por mí. Así que me senté atrás.  Esperé por las náuseas, nunca aparecieron. Ahora me doy cuenta de que esto fue otro maravilloso don de Nuestra Señora pero en ese momento nunca lo relacioné. Solo me pasaba diciendo: “¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer!”  En todas las ocasiones después de ese segundo viaje, me he sentado en la parte trasera del bus muchas veces y, nunca hube experimentado náuseas otra vez. Esto era glorioso.

    Doy gracias, gloria y alabanzas a Dios ahora todo el tiempo. No estaba pidiendo ninguna curación pero igual la Gracia de Dios me alcanzó. Cuando me arrodillé en Santo Toribio, sentí como si una mano suave y gentil viniera sobre mí y delicadamente me guiara hacia abajo hasta posarme en mis rodillas. Ahora sé que fue Su mano gentil la que me tocó. Sus manos me sanaron.

Escrito por Naomi N.
Ciudad de Nueva York, E.U.A.
5 de julio de 2001


Traducido por el Dr. Walter dos Santos Antola - Paraguay