Testimonio de María Josefa Lueje

María Josefa Lueje y Lueje.

Fui a Garabandal pocas semanas después del primer mensaje. Me acompañaron varias amigas de Colunga(Asturias) y era en la época heróica en que había que dejar el taxi en Cosio y subir cuesta arriba, a pié, camino del pueblo. Confieso que yo iba a ver qué pasaba allí ya que las noticias que nos llegaban eran totalmente contradictorias.

Entramos en Garabandal a media tarde. Ya empezaba a oscurecer, como ocurre en esta época del año, últimos de octubre o primeros de noviembre. Dejamos las bolsas en el chigre o tienda de Ceferino, el padre de Loli. En aquel momento no había demasiada gente. En una mesa estaban jugando a las cartas cuatro señores y uno de ellos, que residía en Méjico, nos invitó a ver en su casa una película en color con los éxtasis de las niñas y la Comunión de Conchita en los Pinos. Quedamos maravillados.

Después de despedirnos de tan amable familia, nos dirigimos a la Iglesia en donde iba a comenzar el rezo del Santo Rosario. La Iglesia estaba llena hasta los topes. Alguien nos señaló a las niñas videntes que estaban en el presbiterio, junto con los niños de la escuela. Confieso que mi decepción fue enorme al ver que las niñas, lejos de rezar con devoción o por lo menos respeto, se reían, hablaban y se pellizcaban, jugando, unas a otras.

Al salir empezaron a correr por parejas, extasiadas. En aquel entonces no creía absolutamente nada. Después de recorrer todo el pueblo, francamente cansadas, decidimos entrar en la tienda de Ceferino. Rebosaba de gente. Loli, en éxtasis, daba a besar el Crucifijo. Al entrar, una amiga del grupo Colungués, maestra nacional, que tenía un hijo en Alemania, y por el que estaba muy preocupada, al saberlo no practicante de la religión, me confió el consuelo que sería para ella que la niña le diese una estampa para metérsela en el libro que ella le había comprado, el Kempis, que pensaba mandarle con otros regalos para Navidad.

Loli nos dió el crucifijo a besar. Había mucha gente y casi no podíamos estar de pié. De pronto, sonriendo, subió rápidamente la escalera y al momento bajó con una estampa y, apartando como pudo a la gente, se dirigió a mi amiga que junto conmigo estábamos casi en la puerta y, con una sonrisa encantadora, le entregó lo que ella tanto deseaba, la estampa para su hijo.

Aquella noche la pasamos al sereno. Había una helada terrible pero yo no notaba nada de impresionada que estaba. En casa de Conchita estaba la Comisión que habían enviado de Santander. Yo solo los ví al salir, pero por el ventanuco de la cocina, al estar sentadas nosotras en un banco rústico que allí había, oíamos las preguntas que machaconamente repetían unos y otros intentando que se contradijese en algo. La niña, muy tranquila, respondía llena de paciencia y corregía a los médicos cuando afirmaban algo que ella no había dicho. Me llamó mucho la atención que aquella criatura, casi analfabeta y poco educada, contestara siempre con tanta firmeza y corrección al interminable y pesadísimo interrogatorio.

De madrugada, en éxtasis, salió por el pueblo. A la puerta de la Iglesia rezó el Rosario. La voz, la manera fervorosa, el tono, todo, creo que no podré olvidarlo en la vida, fue algo extraordinario que considero una gracia de la Santísima Virgen. Parecía como si estuviésemos en el Cielo y no tenía nada que ver con el que rezamos al anochecer en la parroquia.

El 18 de diciembre de ese mismo año, volvimos a Garabandal con otro grupo de amigos; éramos unos catorce. Antes de llegar al pueblo, reunimos todos los objetos piadosos en un montón para darlos a besar a la Virgen. Entramos en el chigre y encontramos a Loli tan juguetona y traviesa que costaba a veces trabajo no darle un cachete. A mí intentó tirarme de la banqueta en que estaba sentada. Al pedirle una estampa, la metía por la rendija de la puerta y, al intentar yo cogerla, la retiraba rápidamente muerta de risa.

Al recoger los rosarios y medallas, dos hermanas de las que nos acompañaban, una soltera y otra casada, dudaban desprenderse de sus medallas ya que eran las que habían llevado desde la Primera Comunión. Al no estar grabadas y ser exactamente iguales, temían confundirlas. Entonces el marido de Pilarina metió dentro de la cadena de su mujer la alianza y un pequeño crucifijo que siempre llevaba.

Aquella noche estaban, además de los catorce de nuestro grupo, Mercedes Salisachs y tres personas mas. Como éramos pocos nos dejaron entrar en la cocina de Ceferino, en donde estábamos mas calientes, aunque no estaba prendida la cocina de leña.

Loli y su padre estaban subidos encima de la cocina de leña. Debe de ser costumbre de aquellos pueblos ya que ví lo mismo en casa de Aniceta y Conchita. Las horas iban pasando y no había señales de nada. La niña iba durmiéndose; a ratos se espabilaba con las preguntas que Mercedes le hacía y que iba anotando.

De repente Loli saltó desde donde estaba, una altura de casi un metro, y al caer de rodillas sonaron las piernas como si se las hubiese roto. El golpe fue muy fuerte. En este momento asistí a algo que creo no vuelva a ver en este mundo. La cara de la niña, ya en éxtasis, se trasformó de manera inexplicable. De regordeta y colorada, como suelen ser los niños de aldea que se crian y crecen en ambientes sanos, se afinó y embelleció de forma que resulta dificil de decir. Era como si en pocos minutos hubiese adelgazado, afinado y empalidecido. Su voz se volvió dulcísima e impresionaba. Serían las tres de la madrugada y hacía muchísimo frio. Sin embargo salió a recorrer el pueblo con la cabeza vuelta hacia arriba, casi pegada a la espalda. Iba muy de prisa y no tropezaba con nada, sin que nadie la ayudase o guiase.

Subió unas escaleras de piedra, sin barandilla, en una casa donde había un enfermo en coma desde hacía varios dias. Nosotros quedamos afuera, pero un hijo del enfermo nos aseguró que, al entrar la niña, había recobrado el conocimiento al ponerle el Crucifijo sobre el pecho. Loli bajó las escaleras de forma escalofriante, por la velocidad y sin ver donde ponía los pies. A continuación nos llevó al pórtico de la Iglesia.

Rezamos un Rosario inolvidable. Nunca ví a persona humana que lo hiciese con aquella devoción. Aquella voz, creo no la olvidaré mientras viva. Apetecía quedarse allí para siempre.

Al terminar de rezar, volvímos a la tienda de Ceferino y, caida de rodillas, Loli empezó a dar a besar los objetos a la Virgen. Quedamos impresionadísimos al ver que no se equivocaba nunca al entregarlos, sin tener ella la menor idea de quienes eran sus dueños ya que los recogimos antes de entrar en Garabandal. En algún momento la niña dudaba y daba la impresión de que la Visión le decía a quién correspondía. Esto ocurrió con las medallas de las dos hermanas; puso la suya a la soltera, luego abrió la cadena de la casada, se la puso también y luego se dirigió resueltamente al marido, al que le entregó crucifijo y alianza. Puedo asegurar que Loli ignoraba el parentesco de ambos.

He vuelto en mas ocasiones y puedo decir que me hicieron mucho bien mis peregrinaciones a Garabandal y que me acercaron más a Dios.