Uno, Dos, Tres obsequios

Sí, estoy feliz de escribir sobre tres “Obsequios de Dios”  que he presenciado en mi vida y  con los cuales he estado también personalmente comprometida. Estos tres “obsequios” todos, ocurrieron a través de la maravillosa medalla besada por Nuestra Señora de Garabandal.


Espalda sanada

    Hola, mi nombre es Maria y estoy escribiendo para compartir la gran curación que Dios ha hecho en mi vida. Asistía a unas jornadas de oración y sanación regularmente brindadas en la Catedral Ucraniana de San Josafat el verano pasado (1999). Fue durante estos servicios que había pedido a Dios sanarme de problemas personales que me encontraba arrastrando desde hacía tiempo en mi vida.

    En adición a esto, también estaba experimentando dolor de espalda que más bien pretendía ignorar, pero ya comenzaba a interferir con mi trabajo de fisioterapeuta. Este dolor de espalda había comenzado hacía unos diez años atrás y estaba empeorando en los últimos dos años de modo tal que  ya afectaba mi trabajo. Asistí a las ceremonias de curación, porque estaba yo buscando la verdad y una manera de acercarme más a Jesús, ya que sabía  El era el camino.

    Ese Miércoles de noche en particular después de la Santa Misa, cuando las oraciones de sanación individuales empezaron, también me puse en la fila con el resto de la gente para ser bendecida. Fue en ese instante cuando me percaté de que no había nadie para ayudar a sostener a las personas en el momento de ser “tocadas por el Espíritu”. Había visto esto suceder con frecuencia en este servicio de curación. La mayoría de las veces, había alguien para brindar apoyo y recostar gentilmente a las
personas en el suelo. Esa noche no estaba nadie al lado del Dr. Michael, quien tenía la “medalla besada por Nuestra Señora en Garabandal”.

  Avancé unos pasos y ofrecí mi ayuda. Estaba un poquito adolorida pero no me importaba, ya que los otros asuntos de mi vida me resultaban mucho más dolorosos. Tomé ese puesto, y sí, muchas personas esa noche, a medida que besaban la maravillosa medalla  y eran bendecidas, repentinamente caían hacia atrás, en mis brazos. Algunas de estas gentes caían suavemente mientras que otras bastante pesadas caían de bruces. Con los más pesados en verdad sentía el dolor en mi espalda, pero quería continuar, estar ahí por Jesús.

    Finalmente la  última persona se levantó, y llegó mi turno. Había sido ungida por el sacerdote un poco más temprano esa tarde. Llegué hasta el Dr. Michael para que rezara por mí. Besé la medalla y fui también “tocada por el Espíritu Santo”. Cuando estaba en el suelo, caída, noté que mi dolor de espaldas instantáneamente desapareció, y continúa curado hasta hoy, ocho meses después. Alabado sea Dios! El milagro más grande fue darme  cuenta que Dios cuida de nosotros individualmente y nos sana de lo que necesitamos ser sanados, a Su manera, y en el momento en que El elija.

    Como continuaba yendo a estos servicios de curación, que incluían la Sagrada Liturgia, empecé a tomar conciencia de los dones más grandes que Dios nos ofrece – los Sacramentos de la Confesión y de la Santa Comunión, precisamente como lo dijera Nuestra Señora en Garabandal.

  El don del Sacramento de la Confesión, confesión verdaderamente honesta ante Dios vía Su servidor, el sacerdote, es el regalo más grande que Dios nos ha dado. Jesús dice “La verdad os hará libres”. Algunas veces esa verdad es sumamente dolorosa pero si honestamente buscamos a Jesús con todo nuestro corazón y con sinceridad desnudamos nuestras almas ante El, El nos liberará.

  Orgullo, temor, egoísmo y autocomplacencia son grandes obstáculos hacia la verdad. Nuestra meta en la vida debería ser Jesús primero y luego poner lo demás frente a nosotros si queremos ser verdaderamente felices en Dios.

  Fue a través de este hermoso servicio de curación que Dios me hubo tocado otra vez. Me tocó a través de la medalla “Besada” por Su Madre María. En verdad fue como lo dijo Nuestra Señora en Garabandal  “A través de Mis besos, Mi Hijo realizará muchos prodigios a través del mundo...”   Te doy gracias, querida Madre María, que me hayas permitido besar tu medalla y, a través de ella, tus palabras se hicieran realidad para mí.

Los riñones funcionando nuevamente.

    La segunda instancia que personalmente presencié y  con la cual estuve relacionada, tuvo que ver con mi cuñada Marta.  En el otoño de 1999 recibí noticias de que mi cuñada, quien vive en Columbia Británica, Canadá, con su familia, estaba gravemente enferma. Sufría lupus, esclerodermia y sus condiciones habían empeorado, sus dos riñones pararon de funcionar. Se le practicaba una diálisis renal tres veces por semana. Más aún, se la tuvo que internar en terapia intensiva con respirador artificial en el hospital. Los doctores pensaban que no viviría mucho tiempo.

    Con la ayuda de otros familiares, empezamos a rezar por ella  y pedirle a Dios que la ayudara, a ella y a su familia. Llamé a mi cura párroco, el Padre Miroslav, para que realizara una misa por Marta, y Dios arregló todo de tal forma que esa tarde en particular, el Dr. Michael y Helen, su esposa, estuvieran en la Parroquia de la calle Shaw. Cuando se enteraron de lo grave que estaba Marta, Michael me dio algunas medallas bendecidas para entregárselas.  Me dio una pequeña medalla relicario de Garabandal y otra del Padre Pío, traída de Roma donde habían asistido a la beatificación del Padre Pío en Mayo de 1999. El me pidió que se las entregara y le dijera que las use diariamente. Se las entregué junto con la información. Mi madre le llevó las medallas y rezaba el rosario por ella todos los días al lado de su cama en el hospital. Varias misas también fueron ofrecidas por su intención.

    Cuando mi madre llegó al hospital, encontró a toda la familia y al médico. El doctor les informó que Marta probablemente moriría dentro de dos horas. Ella empezó a recitar el rosario juntamente con la medalla estando puesta sobre Marta. Dos horas pasaron, luego tres horas más, luego cuatro horas. Ella no paraba de rezar.

    Unas pocas semanas más tarde sucedió un milagro. Las noticias me golpearon inesperadamente. Mi madre llamó para hacerme saber que después de algún tiempo de haber estado sometida a una máquina de diálisis, los riñones de mi cuñada habían de alguna manera empezado a trabajar por cuenta propia. Estaban totalmente sanados. Ya no necesitaba más la máquina. Los doctores no podían explicar este hecho! Médicamente es imposible! Gracias dios! Gracias Jesús! Gracias a ti Madre María!

    Mi cuñada Marta, todavía tiene su problema de Lupus, pero ahora ha ido a casa para estar con su familia. Sus riñones están funcionando. Estoy tan emocionada de contarles esto porque se trata de un auténtico milagro.

Kateryna respondiendo a Su llamada

    Mi tercera experiencia personal sobre los maravillosos dones conseguidos a través de esta  medalla fue con mi querida amiga Kateryna, quien ahora está en Ukrania. Kateryna vino a Canadá un par de años atrás para estudiar Iconografía.  Estudiaba en Woodstock, Ontario y aprendió este preciosísimo oficio de los monjes de ese lugar.  Es un milagro en sí mismo que kateryna haya estado estudiando en un monasterio ya que había sido criada bajo el régimen Comunista, sin o con muy poca formación religiosa.

    Llegamos a ser amigas durante una peregrinación a Tierra Santa y en esa ocasión me enteré de muchas cosas que la estaban preocupando en aquel momento. Ella creía muchísimo en Dios y Lo amaba. Estaba muy acongojada entre agradar a su familia o responder a un llamado vocacional interior.

    A medida que hablábamos en una ocasión, le pedí que viniera conmigo al servicio de curación en San Josafat, cualquier día Miércoles de tarde. Acordó en hacerlo.

    Terminamos por ir juntas, y cuando la misa acabó, kateryna y yo formamos la fila para ser ungidas por el sacerdote y después besar la medalla. Ella se sorprendió al ver al Dr. Michael y su esposa Helen ya que los había conocido previamente. Se acercó a Michael y mientras él estaba orando por ella, besó la medalla  que había sido besada por Nuestra Señora. El le obsequió una pequeña medalla.

    Dos o tres semanas más tarde, me confesó lo felíz que se sentía. Empezó a usar esta medalla. Veía su camino en la vida muy claro, con mucha paz y rectitud. Había recibido el signo que ansiaba y respondido a su llamado interior. Decidió volver a Ukrania un mes y medio después y entró entonces al convento. La confusión había desaparecido.

    Seis meses atrás, hablé con mi amiga Kateryna de nuevo por teléfono.  Ya había tomado sus primeros votos. Estaba tan feliz. Varios meses atrás, en aquella tarde en San Josafat sus oraciones fueron contestadas a través de la medalla que contenía los Besos de Nuestra Señora. Katerina hubo encontrado su destino y entregádose totalmente a Cristo.

    Personalmente conozco estos incidentes y estuve muy envuelta con ellos. Agradezco a Dios por Su inmenso amor. Que Dios bendiga a todos aquellos quienes leen este corto testimonio y continúe trayéndolos hacia Su verdad y Su luz.

En el amor de Cristo

Maria K.
Toronto, Canada
4 de junio de 2000


Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.   Página principal