Máximo Förschler Entenmann.

Máximo se convierte al catolicismo, poco tiempo después de su estancia en Garabandal.

Máximo Foeschler, a la derecha de la foto, P. Ramón María Andréu S.J. y Muriel Catherine, que se convirtieron a la Fe católica después de sus visitas a Garabandal, en tiempos de las Apariciones.

Máximo Foeschler es don Máximo Förschler Entenmann.

Don Máximo fue educado por sus padres en la religión protestante. Es alemán de nacimiento, e ingeniero de profesión. En 1931 se casó con una española, católica, y llevaba ya muchos años arraigado en España.

Lo dice don Maximo así:

"He sido desde mi infancia un fervoroso creyente protestante, pues fui bien educado por unos padres, ya fallecidos, de ejemplar cristiandad; por eso he amado sobre todo a Nuestro Señor Jesucristo. Estoy casado con una española, católica."

Le afectó muchísimo la muerte del P. Luis María Andréu S.J., a quien había conocido y tratado desde niño. Por eso, no es de extrañar que un buen día se decidiera a subir a Garabandal, con el afán de conocer los lugares y personas que tanto habían significado en las últimas jornadas del querido Padre Luis María S.J.

El sábado, día 14 de octubre de 1961, llegó por primera vez a Garabandal, atravesando el puerto de Piedras Luengas, entre las provincias de Palencia y Santander, en dirección a Cosío y Garabandal.

Le acompañaban su esposa, el P. Ramón Andréu S.J., el matrimonio Fontaneda, de Aguilar de Campoo y otros amigos.

Dice don Máximo Foeschler:

Faltando unos treinta kilómetros para llegar a Cossío, tuvimos un tremendo choque, en pleno puerto de Piedras Luengas, con otro coche; el accidente pudo tener consecuencias fatales y sólo posteriormente he llegado a comprender que fue sin duda la Santísima Virgen quien nos libró de una muerte segura.

Por causa de lo ocurrido, llegamos a San Sebastián de Garabandal muy tarde, sobre las once de la noche. Pero con la suerte de poder presenciar, apenas llegados, dos éxtasis.

Nos retiramos a la casa donde teníamos hospedaje y en seguida, a eso de las doce, el Padre Ramón Andreu se puso muy malo, con mareos, sudores fríos, fortísimos dolores en el tobillo izquierdo, que aparecía muy inflamado.

El Padre Ramón Andréu acompaña a Conchita y Loli en éxtasis. Conchita da a besar el Crucifijo, primero a la Virgen, y después a la gente.

Había en el pueblo un médico de Santander y un especialista en huesos de Burgos.

La casa donde se alojaban el P. Andreu y el señor Förschler era la de la señora Epifanía, llamada de "Fania".

Los doctores eran don Celestino Ortiz Pérez de Santander y el señor Renedo, de Burgos. Se les llamó, y después del reconocimiento, diagnosticaron que, aparte del evidente derrame, había probable fractura del tobillo, o seria fisura, como mínimo.

Le aplicaron un adecuado vendaje y una bolsa de hielo que se pudo encontrar en casa del indiano y entre varios le llevamos en brazos a la cama; sus dolores eran horrorosos. Tan fuertes eran sus dolores, que no pudo ni aguantar sobre el pie el ligerísimo peso de una sábana que le extendieron encima para que no lo tuviera totalmente al descubierto.

Como viejo amigo del padre, quedé yo a cuidarle durante la noche, en una segunda cama que había o dispusieron en la habitación.

Curación del P. Ramón María Andréu.

Después de largo rato, empezamos a oír ruido en la calle, y que la gente pedía a voces que la dueña de la casa abriese la puerta, porque Jacinta estaba allí en éxtasis, queriendo entrar.

Jacinta entró en la habitación, con el Crucifijo en la mano y diciendo a la Virgen:

-- El Padre está ¡muy malísimo!. Cúralo. Que delira ¡cuánto!, ¡cúralo!.

Se fue hacia el Padre y le dió a besar el Crucifijo.

En el mismo momento en que el Padre besaba el Crucifijo que le tendía la niña, le desaparecieron por completo los dolores; a continuación habló con él algo que yo no pude entender.

Empezaba ya la niña a tener ademanes o gestos como de despedida de la visión, cuando de repente se para, hace una flexión hacia atrás, hacia donde yo estaba, y me da también a mí el crucifijo a besar ¡por dos veces!.

Cuando marchó la niña, nos pusimos a comentar todos los detalles; el Padre me confesó que había pedido muy de veras, en su interior, que la niña, antes de marcharse, me diera también a mí a besar el Crucifijo. Tuve para pensar durante las pocas horas que quedaban de la noche.

De este mismo suceso da detalles el P. Ramón Andreu:

Poco después de haber besado el crucifijo que le ofreciera Jacinta, vio él que ésta empezaba a santiguarse y a ofrecer sus mejillas a unos besos invisibles; señal inequívoca de que el éxtasis iba a concluir.

Entonces el P.Ramón, pidió a la Virgen:

-- que la niña diera también a besar el Crucifijo a don Máximo.

El buen señor Foeschler, horas antes, había seguido a las videntes en sus trances, sin obtener de ellas ninguna muestra de atención; más bien, lo contrario, pues cuantas veces ellas dieron el crucifijo a los circunstantes, siempre le saltaron a él.

Apenas había el Padre formulado su secretísima petición, Jacinta se detuvo y exclamó:

-- ¿Qué?.

Quedó en actitud de escucha a la Virgen, y añadió en seguida:

-- ¡Ah!.

Empezó a inclinarse más y más hacia atrás, hasta que pudo llegar con el crucifijo a la boca del señor Foeschler, a quien no podía ver, por tenerle a su espalda. Instantes después, volvió la niña en sí.

Dice don Máximo:

Clareaba ya la mañana de ese día, domingo, 15 de octubre. Cuando se presentaron varios franceses, y detrás, uno de los dos médicos, a preguntar por el Padre. Serían las ocho, aproximadamente.

El Padre dijo al médico que le habían cesado del todo los dolores, y que podía mover el pié sin dificultad. Era bastante sorprendente; mas como medida de precaución le aconsejaron que no pisara con aquel pie, y que aguardase la llegada de una ambulancia que se podía pedir a la "Casa de Salud Valdecilla" de Santander; la lesión había sido seria y, normalmente, tardaría de quince a veinte días en curar.

El médico encontró al Padre sentado en el borde de la cama:

-- Pero ¿qué hace usted, Padre?.

-- Ya ve, trato de levantarme.

-- ¡No haga usted eso! Es un disparate. Vamos a ver el tobillo.

El médico se puso con una rodilla en tierra, para examinarlo mejor. Luego levantó la cabeza hacia el Padre y le dijo:

-- ¡Qué bromista es usted!. Vamos, enséñeme el tobillo malo.

El Padre, con aparente indiferencia, le enseñó el otro tobillo, que era precisamente "el bueno". El médico lo examinó con toda atención, lo comparó con el otro, y acabó levantando de nuevo la cabeza hacia el Padre, mientras decía con una expresión difícil de definir:

-- ¡Pero qué cosas más raras pasan en este pueblo!.

Cuando marcharon los médicos, el Padre se empeñó en que le calzáramos, pues no sentía dolor alguno. Fue a ponerse en pie, y lo hizo sin dificultad. Entonces decidió celebrar él la Misa del pueblo, desistiendo de avisar a don Valentín para que subiera, como ya habíamos acordado. Mandó tocar las campanas a Misa, y nos pusimos a buscarle un bastón.

Yo mismo le acompañé a la Iglesia; y cuando iba a empezar el acto, como yo de la misa no entendía nada, busqué un lugar a propósito en el último banco, y me dediqué a observar desde allí atentamente cómo marchaba lo de su pié; durante toda la ceremonia se movió, se arrodilló y levantó sin dificultad.

Le dije mis observaciones, después de la misa, y él hizo delante de mí varios movimientos o flexiones del pié sin molestia alguna; al fin me confió que la Santísima Virgen le había curado cuando Jacinta se acercó a él y le dijo:

-- Padre, la Virgen me ha dicho que está usted muy malo ; pero me ha mandado a decirle que está usted curado.

En el mismo instante le desaparecieron los dolores.

La esposa de don Máximo hace una petición:

Pidió con insistencia a la niña vidente que preguntara a la Virgen si su marido creía en Dios. Después del éxtasis, la niña dijo:

-- En Dios, sí cree; en la Virgen, muy poco. Pero ya creerá.

También esto le dió que pensar al señor Förschler.

Conversión de Máximo Förschler.

Dice don Máximo:

Pasado un tiempo, el 19 de marzo de 1962, el P. Ramón María Andréu S. J., iniciaba unos ejercicios espirituales en Loyola y tenía mucho interés en que yo asistiese a los mismos. Francamente, yo tenía muchos reparos y pensaba qué podía hacer un protestante en un Santuario como Loyola.

Por eso, me decidí a volver por Garabandal, como esperando alguna solución.

Llegamos allá el sábado, día 17 de marzo; éramos varios amigos de Madrid, así como mi esposa y uno de mis hijos. Vimos un primer éxtasis a las nueve de la noche, de Mari Loli y observé que estaba casi por entero dedicado a mi señora, a mi hijo y también a mí; contar con detalle todo esto haría el relato interminable.

Al día siguiente, domingo, a las seis de la tarde, asistimos todos al Santo Rosario, que para mí fue de verdad emocionante.
 

 

Jacinta da a besar a la Virgen un Rosario.

Cuando salíamos, me encontré con Jacinta, a quien no había visto desde aquella madrugada del 14 al 15 de octubre anterior. Entonces le pregunté cuándo había visto a la Virgen la última vez, y me dijo, con mucha tristeza, que llevaba ya cinco días sin verla.

-- Pues yo he pedido en el Santo Rosario que tú tengas visión esta misma noche; tengo que marcharme mañana por la mañana y necesito una prueba grande de la Virgen y precisamente por tu medio.

Sin comentarlo con nadie, yo había pedido:

-- que si aquello era de la Virgen, me diese una prueba palpable e inequívoca, y precisamente en un éxtasis de Jacinta; que me ocurriese algo ¡a mí sólo!.

A las 9:30 de la noche, Mari Loli fue en éxtasis a casa de Jacinta, para decirle que a las doce de la noche vería a la Santísima Virgen.

Así fue. La niña salió a la calle, en marcha extática, y cada diez metros nos daba la cruz a besar a las ocho o diez personas que la seguíamos. Yo me separé luego del grupo y la niña fue hasta la iglesia, donde rezó; y allí mismo volvió al estado normal.

Como a mí no me había pasado "nada de particular", creí que mi destino no era Loyola.

Pero Jacinta anunció que iba a tener de nuevo visión, a las tres de la madrugada. Y yo, esperando todavía, allá me fui, a su casa. A las tres en punto comenzó el trance y, como de costumbre, salió a la calle. Yo la acompañé durante un trayecto; pero al fin me separé del grupo y me metí en la casa de Loli, que tiene taberna.

Hacia las tres y treinta entra allí Jacinta, en éxtasis, y entre las muchas personas que había, se abre paso hacía mí, me da la cruz a besar y me signa con ella tres veces. Nadie más tuvo la dicha, en aquella ocasión, de besar la cruz. Para mí, estaba bien clara la prueba que había pedido.

Encontré definitiva aquella llamada de la Santísima Virgen, y el día 19, por la tarde, estaba ya en Loyola, empezando los Ejercicios Espirituales en la casa de San Ignacio.

Tan emocionado llegué allá, por haber conocido por primera vez a la Santísima Virgen, que saqué los máximos frutos de aquellos días de retiro.

El día tercero, en la Santa Misa que tuvimos en la Capilla de la Conversión, al ver que los demás ejercitantes podían recibir a Jesús, en la Comunión Eucarística, y yo no, ¡rompí a llorar!.

Don Máximo se convirtió y pidió el Bautismo.

Don Máximo Foeschler recibía el Bautismo según el rito católico el 31 de marzo de 1962 y el día siguiente, 1 de abril, hacía su Primera Comunión con gran fervor.

Dice don Máximo:

Por estas gracias especiales que he recibido por mediación de la Virgen, que de verdad me ha llevado en sus brazos al Bautismo, y así nuevamente a los brazos del Señor, debo estar eternamente agradecido y no sé cómo dar al Señor y a la Virgen Santísima las gracias que merecen por el milagro obrado en mí.

En visitas posteriores a Garabandal, me han ocurrido muchísimas más cosas, que alargarían desmedidamente mi relato. Sólo quiero declarar algo:

Un día, al volver Mari Loli del éxtasis, me llamó aparte y me comunicó lo que la Santísima Virgen le había dicho de mí. ¡Con lo tímidas que son aquellas niñas, y los doce años que entonces tenían, Mari Loli me estuvo hablando largo rato con la mayor naturalidad!.

Me contó mi vida, y mis casos y cosas, desde mis primeros días hasta aquella fecha. Absolutamente nadie en el pueblo podía conocer tales detalles, ¡algunos, ni mi propia esposa!, y no pocos de ellos me volvieron a mí mismo a la memoria gracias a oírselos a la niña.

Para la Santísima Virgen, nuestra Madre, cada cosa de nuestra vida es importante y cuida de nosotros cada día; por eso digo de corazón:

¡Qué Madre más buena tenemos en el Cielo!.