Laura González

Laura González.

Conozco bien a las niñas. En el pueblo de San Sebastián de Garabandal, todos nos conocemos.

Al principio, cuando ellas empezaron a decir que veían al Ángel, pues realmente no las creimos porque ellas iban solas. Pensábamos que era una cosa de niñas. Yo no lo creía, no.

Las reñían y las reñíamos; que no hicieran esas cosas, que se iban a reir de ellas y eso; después, ya ellas pidieron que fueran cuatro personas con ellas que las acompañaran.

Fueron allí unas cuatro mujeres o cinco, las que fueran, que yo realmente no lo sé; y claro, pues las vieron como cayeron, con la cabeza para atrás, en aquellas piedras, sin lastimarse ni nada, y se quedaban guapísimas.

No tropezaban con nada. A veces iban a mucha velocidad y decíamos:

-- ¡Ay, que se van a matar!, ¡Ay, Dios mío!.

Después les decíamos:

-- ¿Pero por qué corréis así?

Ellas no se daban cuenta, seguían en todo momento a la Aparición.

-- Era que iba la aparición delante y ellas corrían. Los mozos del pueblo no podían seguirlas.

Salían con frecuencia de noche, después de pasar las doce de la noche, muchísimas veces; los forasteros solían decir:

-- ¡Ay no, no, pues eso no!; la Virgen no perrnite que se ande a esas horas.

Y les preguntábamos y les decíamos:

-- Pero, ¿cómo salís a esas horas?.

-- Porque nos dice la Virgen que es cuando mis pecados cometen los hombres.

Cuando caían en éxtasis se ponían guapísimas. Estaban como de color rosa. En éxtasis no estaban en el mundo; o sea, mientras estaban en éxtasis, no se les podía hablar, ni se les podía decir nada, ellas no oían; pero se lo mandaba a una que no estuviese en éxtasis, Conchita o la que fuera, que no estuviese en éxtasis y, por su medio, las que estaban en éxtasis la oían, pero a usted no.

Ellas dicen que la Virgen les dijo que, antes del Milagro, habrá muchísimos que dejarán de creer.

 Entraron en casa de mi hermana, dos veces por lo menos, en éxtasis. Estábamos allí cuando llegaron; estábamos en el balcón, la puerta estaba abierta, entraron y santiguaron a mi hermana; le hicieron la señal de la cruz y se marcharon las cuatro niñas.

Lo más bonito, y lo que más reimos, fué lo del fraile. Cuando no estaban en éxtasis, como había muchos que iban a preguntarles o que se acercaban, si le agarraban del brazo ya no se podía soltar.

Estábamos una noche, iay lo que nos reimos!, en una calle mis abajo que donde Ceferino, una casa que hay allí, que había fuera unas mesas para sentarse, y nos sentamos allí cuando ya dijeron:

-- ¡Están las niñas en éxtasis!.

-- Iba Conchita agarrada a un fraile, y aquel fraile tuvo que corer todo, todo lo que corrieron las niñas aquella noche. Veíamos al pobre fraile corriendo por ahí. Ya no podía más. ¡Ay que risas Dios mío!. Nos daba hasta verguenza reirnos pero no podíamos remediarlo.

El pobre señor, tuvo que correr todo lo que duró el éxtasis. Lo que corrieron ellas. Yo vivo a la parte donde está la Iglesia, vivo a esta parte, pegando a la Iglesia; de la otra parte hay un balcón largo; en aquella casa se quedó el fraile. Al otro día me dice la patrona:

-- ¡Ay, Dios mío!. ¿Qué le parece?. Tuvo que quitar toda la ropa anoche, todo, todo y se lo tuve que secar de la sudada que traía.

¿Cómo no podía un fraile deshacerse de una niña tan pequeña?.

El fraile quedó completamente convencido de que era la Virgen, para darle una prueba y quitarle todas las dudas, ya que las niñas iban tan frescas y él sudando y esto no se le olvidó en la vida.

 Aquí venía un matrimonio de Barcelona, y les pareció bien mi muchacho y lo llevaron allí a trabajar con ellos, y allí está y se casó. La señora confesó en mitad del pueblo, una noche, cómo ella no frecuentaba nunca la Iglesia; se confesó públicamente de que nunca iba a misa, sino por un entierro, una boda, una cosa así; lo confesó ella, pero alto. Dijo esta señora:

-- Yo salía de noche, mi marido y yo, y gastábamos hasta diez mil pesetas en cosas mundanas.

Lo contaba ella misma, y dijo que había obrado Dios con ellos un milagro. Tenían un niño de parálisis infantil, de corta edad, y lo trajeron aquí. Lo trajeron una vez, y lo trajeron otra vez, pues el niño sanó.

Hizo la Primera Comunión aquí. En mi casa tengo también la fotografía. Le acompañan las cuatro niñas. Las puso ella de blanco, de calzado, la ropa y todo; las puso de blanco para que acompañaran al niño. No eran católicos y se convirtieron.

Don Valentín decía que Garabandal, antes de las apariciones, era el pueblo más religioso y más caritativo de la provincia. En Cabuérniga, vino un día el Obispo y decía en el sermón.

-- Cabuérnigos. ¿Dáis palabra de ser como en San Sebastián de Garabandal, que no dejan una noche que no van al rosario?.

 Hoy vea usted los que van. Esto ha cambiado por completo. Y dicen que para que sea verdad, la cosa tiene que venir así.

Durante las primeras apariciones, íbamos arriba, a los Pinos. Yo le decía:

-- Toma, dale a besar esta piedra a la Virgen, que la bese en nombre de un hijo, de una hija...

Ellas cogían la piedra y la ponían allí para que la Virgen la besara; a lo mejor juntaban allí una docena o dos docenas de piedras. Se las daban a besar a la Virgen y de nuevo las ponían allí, sin ver ellas donde. Al poco que se les quitaba el éxtasis, entregaban a cada uno la piedra que le habían dado, sin equivocarse nunca. Eso lo ví yo.

Cuando lo del Padre Luis Andréu, estaba yo allí también, allí mismo, al pié de los Pinos, cuando él dijo:

-- ¡Milagro, milagro!, ¡milagro, milagro!.

Cuatro veces.

Sí, sí, lo dijo el Padre Luis Andréu; lo dijo alto y conmigo lo oyeron los que estaban allí.

Dice Conchita en su diario:

Era de noche cuando se nos apareció ese día la Virgen y, a la salida del rosario, empezamos a caminar hacia los pinos. Cuando llegamos allá, el P. Luís María, al llegar a los pinos dijo:

-- ¡Milagro!, ¡milagro!.

 Y se queda mirando hacia arriba.

Nosotras le veíamos y en nuestros éxtasis no vemos a nadie y el P. Luis le vimos y nos dijo la Virgen: "que la estaba viendo a Ella y al milagro que va a venir". Dice la gente que en los pinos rezamos un credo y que nos bajamos para el pueblo en el mismo estado y cuando llegamos a la Iglesia se nos desapareció la Virgen.

Como Mari Cruz ya hacía varios dias que no se le aparecía la Virgen, ella siguió en éxtasis con la Virgen, entró en la Iglesia y, junto al Altar de la Virgen del Rosario y del Angel San Miguel, empezó a rezar con la Virgen el Credo, muy despacio.

Decía Mari Cruz que la Virgen iba rezando delante para enseñarlo a rezar despacio. Después del Credo, rezó la Salve; después se santiguó muy despacio, muy bien, y hablaba con la Virgen y decia:

-- ¡Ay, qué bién que vino el Niño Jesús!. ¡Cuanto hace que no venía!. ¿Por qué tardaste tanto en venir donde mí y donde las otras tres vienes más?.

Esto lo escuchábamos varios que estábamos junto a ella, entre ellos estaba el P. Luis María Andréu, un seminarista y el P. Royo Marín.

Al día siguiente, fuimos nosotras cuatro a barrer la Iglesia y, cuando estábamos barriendo, vino la mamá de Jacinta, muy asustada, y nos dijo que se había muerto el P. Luis María Andréu. Nosotras no nos lo creíamos, como le habíamos visto el dia anterior. Dejamos la Iglesia a medio barrer y nos fuimos a enterar bien.

Cuando ya se iba a morir, sus últimas palabras fueron:
-- Hoy es el día más feliz de mi vida, ¡qué madre más buena tenemos en el Cielo!.