La testificación de Joyce Bryan:

Es maravilloso sentir de nuevo!

    En 1987 mi familia se encontraba en una quiebra espiritual. Mi matrimonio se había destrozado. Mis hijos y yo habíamos estado alejados de nuestra Fe Católica por casi 8 años y medio. Yo estaba recién retornando a la Fe pero a mis hijos todavía les faltaba un largo trecho que recorrer. No había nadie que rezara por ellos, solamente yo. Un día, en la mañana del 25 de Noviembre de 1987 tuve un accidente automovilístico severo. Me condujeron apresuradamente al Hospital, donde a más de las lesiones internas, me encontraron cinco costillas rotas, una vértebra dañada y el hombro izquierdo roto. Si hubiese muerto esa mañana en el accidente no tendría ni siquiera la esperanza de ir al purgatorio. En vez de ello, tuve que pasar cuatro días en una sala de terapia intensiva y muchos más días en el Hospital.

    Se me comentó sobre el tema de Nuestra Señora de Medjugorje en Junio – Julio de 1987. Me mostraba bastante escéptica al principio. No creía que Nuestra Señora pudiera estar apareciéndose todos los días durante seis años (hasta ese momento) a aquellos seis niños. En verdad no estaba interesada. Pero cuando me encontraba en el hospital, mi hermana, quien había recién retornado de Medjugorje, me visitó y obsequió un libro sobre las apariciones. Me contó sus experiencias.

    Después de haber estado cuatro días en la unidad de terapia intensiva, mis hijos no habían pensado aún en llamar a un sacerdote. Pero cuando me trajeron a mi pieza de internación, un amigo muy querido se puso en contacto conmigo y preguntó si querría que un sacerdote viniera. Estuve de acuerdo. Fue entonces recién cuando pude finalmente ir a confesión y reconciliarme a mi misma con Dios.

    Me hube así confesado, y pregunté a mi hija mayor si podía pedirle a su padre que viniera a verme. Estábamos divorciados, y él en segundas nupcias. Sentí la necesidad de pedirle perdón y también de perdonarlo. El estuvo de acuerdo en venir a verme. Cuando me llevaron a la sala de operaciones me dejaron por unos cinco minutos afuera en el corredor. Sentí entonces una paz tal invadiéndome. Dije a Nuestro Señor, “Si me quieres ahora, estoy lista para ir contigo. Pero si tuviera una curación física en adición a la espiritual, entonces, iría a Medjugorje en Acción de Gracias.” (fui dos años después, Nuestra Señora me invitó  en 1989. Ni me imaginaba el impacto que tendrían en mí la Virgen y Nuestro Señor mientras me encontraba ahí.)

    No fue hasta una semana después, cuando me estaba frotando bajo el ojo izquierdo, que percibí algo proyectándose desde mi hueso malar (mejilla), como un huesecillo haciendo prominencia. Se le llamó a un cirujano de la unidad de trauma del Hospital Sunnybrook de Toronto. Las radiografías mostraban que mi rostro también había sido gravemente dañado. Todos los huesos en el lado izquierdo de mi cara: Mi malar y todos los huesos alrededor de mi ojo izquierdo estaban resquebrajados.  Como resultado, mi globo ocular izquierdo estaba comenzando a desviarse y, si no se hacía una operación inmediatamente, el ojo se me continuaría desviando hasta terminar con visión doble. Los huesos resquebrajados debían ser reemplazados por una placa metálica. Los médicos realizaron esta delicada operación haciendo una incisión a lo largo de la ceja izquierda y luego insertando la placa de metal a través de la parte superior de mi boca.

    Desde ese momento en adelante no tenía absolutamente sensibilidad alguna en el lado izquierdo de mi cara. El límite entre la parte sensible y la entumecida,  era un trazo de lápiz desde la frente, bajando por la nariz y el labio superior, y luego nada en absoluto por debajo del labio superior. Era igual que el entumecimiento y la sensación de labio pesado que uno experimenta cuando los dentistas  inyectan anestesia local. A menudo, mientras comía, desapercibidamente mordía mi labio, y alguno de mis hijos notaba que comenzaba a sangrar. Otras veces alguien notaba algo extraño en mi boca, pero yo no me daba cuenta de que ese “algo” estaba ahí. Simplemente no tenía sensaciones en el lado izquierdo de mi rostro o en la parte superior de mi boca. La sensibilidad retornaba gradualmente al área de mis carrillos pero el labio superior se encontraba siempre totalmente entumecido e insensible. Me sentía totalmente congelada.

    A través de los años, se hubo rezado por mí varias veces para que esto se curara, porque era muy dificultoso inclusive hablar con esa sensación de pesadez en el labio. Previamente al accidente solía hacer un montón de actuaciones, cantando en bodas. Pero ahora, ya no podía confíar más en mí misma para hacer esto. Con frecuencia imaginaba que no estaba pronunciando las palabras correctamente o que había saliva fluyendo desde la comisura de mis labios. Mis dos hijas me solicitaron cantar en sus respectivos casamientos, pero me sentí incapaz de hacerlo debido a este problema. Constantemente
sentía la necesidad de expectorar con la garganta y fregar mis labios. Esto era, para decir lo mínimo, muy molesto.

    En la tarde del 18 de Junio de 1996, asistí a la reunión ordinaria de nuestro comité en la casa del Dr. Michael Rozeluk, y su esposa Helen, en preparación para  la primera Misión de “Abraza la Eucaristía”, en momentos en que  Joey Lomangino y la visionaria de Garabandal Jacinta Gonzales-Moynihan estaban por venir a Toronto. Después de la reunión, todos rezaron por mí, y luego la medalla que llevaba el “beso” de Nuestra Señora del Monte Carmelo de Garabandal, fue puesta sobre mi labio
superior. También se me ungió con aceite bendito.

    Percibí una sensación tibia cuando todos rezaban por mí, pero no sucedió nada más esa noche. Al día siguiente pasé otra vez por lo de los Rozeluks con una amiga para retirar algunas copias que ellos me darían. Rezaron otra vez por mí con su medalla. Esta vez me derrumbé limpiamente en sus brazos y permanecí así por bastante tiempo, mientras ellos continuaron rezando.

    Al tercer día, 20 de junio de 1996, mientras me encontraba cepillando mis dientes a la mañana, me di cuenta que estaba sintiendo algo en mis labios. No presté mucha atención al hecho en ese momento, porque estaba apurada. Fui como de costumbre a la Santa Misa, y mientras estaba ahí, empecé a notar que no tenía dificultad en hacer los responsos o las oraciones más largas, como por ejemplo el Padre Nuestro.  ¡La pesadumbre de mis labios no estaba ahí!

    Después de la Santa Misa, cuando conducía a casa, lamí mis labios y me di cuenta de que ¡podía sentir mi lengua en mi labio superior! Me mantuve mordiendo repetidamente el labio superior y diciendo, ¡”pero ahora... lo estoy sintiendo”!  Aquí llegué a estar cabalmente convencida de que esa sensación había sido restituída en mi labio superior por primera vez en ocho años y medio! Desde ese día, 20 de junio de 1996, tengo la sensibilidad completamente recuperada de nuevo en mi labio superior. Era tan hermoso poder hablar sin esa pesadez en mis labios o sintiendo la saliva juntándose en la comisura de mi boca. He estado libre de aquello desde entonces. Ahora, enero de 1999 ha completado dos años y medio de estar sana.

    Todos los presentes en esa reunión del 18 de junio de 1996 habían rezado por mí. El 18 de junio tiene una significación muy especial en la historia de Garabandal porque esa fue la fecha de la primera aparición de San Miguel y el comienzo de las apariciones de Garabandal.  El 18 de junio fue también la fecha del Milagro de la Eucaristía en Garabandal. Pero no fue sino hasta el 20 de Junio que llegué a estar conciente del milagro de mi propia curación. Nuestra tendencia de buenas a primeras, es no decir nada al respecto, porque nos pasamos pensando, “va a volver de nuevo, va a volver de nuevo”. Pero agradezco a Nuestra Bendita Madre por interceder ante Su amadísimo Hijo, El Divino Sanador, para que me concediera la gracia de la curación. Doy gracias cada día por esa bendición así como por todas las otras bendiciones que me ha concedido a mí y a mi familia. Hay todavía cruces que llevar, pero nuestras oraciones están siendo contestadas a través de la Gracia de Dios.

    En realidad tengo mucho por lo cual estar agradecida. Cuando Dios me pone gente en la vida, parece llamar para el efecto a aquellas más especiales. De corazón agradezco a Nuestra Señora por traer a Helen y a Michael a mi vida. Fue a través del don de su medalla milagrosa de Nuestra Señora de Garabandal que Nuestro Señor y Su Bendita Madre me sanaron. La oración parecía tan poderosa esa noche. Y Dios la escuchó. Y Nuestra Bendita Señora estaba allí. Palpo mis mejillas todos los días, muerdo mi labio superior, lo controlo, y digo “Gracias Señor, Gracias Madre Santa, por permitirnos no sólo escuchar sobre milagros sino también verlos y experimentarlos”.

Joyce Bryan
Newmarket, Ontario, Canadá
30 de enero de 1999

En agradecimiento, Joyce ahora hace un voluntariado en el Centro Ave María de Toronto, y es
miembro de “Los trabajadores de Nuestra Señora del Monte Carmelo – Canadá”


Traducido por el Dr. Walter dos Santos Antola - Paraguay