María, madre de Jacinta.

María González.

María es la madre de la vidente Jacinta González.

Al principio me costó mucho creer y le decía a Jacinta: ¡Ay Jacinta, antes de nacer me diste molestias y ahora, Dios mío, qué disgustos me estás dando!.

Estábamos en la cocina, y me dice Jacinta:

-- ¡Ay mamá!, estuvimos cogiendo manzanas y ya estábamos en la Calleja cuando Conchita dió un grito. Al dar ese grito, quedó mirando para arriba. Miramos y vimos un resplandor nosotras y nos quedamos igual que Conchita.

La primera vez que me habló de esto Jacinta, no la creía. Yo no se lo decía a nadie, ni a mis familiares. A mí no se me ocurría decírselo a nadie porque se me hacía que era una cosa de crias, que por un oido me entraba y por el otro me salía.

No le hacía caso, ni las madres de las otras chiquillas me lo decían a mi, ni yo se lo decía a ellas, ni nos ajuntábamos a comentarlo entre las cuatro familias, nada, nada.

A los ocho días llamamos a unas cuantas vecinas; una era Clementina.

-- Venir con nosotras, que no nos creen.

Se impresionaron al verlas así. Se lo dijeron a todo el mundo; lo comentaron y ya empezó a ir la gente. Lo que yo vi y sentí el primer día que vi las apariciones lo tendré presente hasta que me muera.

¡Yo pensé volverme loca la primera vez que la vi!. Era en la Calleja, estaban las cuatro, y, al comentarlo las otras que ya lo hablan visto, pues fuimos a verlo. Simón lo vió de lejos y después le pesó no haber ido mas cerca.

Al ver a mi hija, según la vi, me puse a dar unos gritos grandísimos; tan grandísimos que me tapaban la boca. Yo nunca había visto esas cosas y yo decía:

-- ¡Ay, Dios mío!. ¿Qué será esto?.

 Yo no pensaba qué sería aquello. Para eso, ya venía ella diciéndome todo lo que veía y no la creíamos. Una vez dice ella:

-- Hoy vino un resplandor y vimos una letras que no las entendíamos, un letrero como un cuadro.

Un día, el señor cura dijo a las niñas que le preguntasen a la Visión que quién era y por qué venía.

Había veces que me quedaba satisfecha: Decía yo, pues sí, sí, algo hay. Y, otras veces, volvían mis dudas:

-- ¡Ay, Dios mío!, ¿qué será?.

Las niñas nunca habían salido del pueblo, no eran instruidas. A Jacinta la mandaba poco a la escuela porque andaba con las ovejas por ahí; sabía leer, pero poco.

Una vez le digo yo a Mari Loli y a Jacinta:

-- ¿Sabéis qué os digo?. Que os voy a poner aquí un botellucu con agua bendita y, cuando tengáis la aparición, se la echáis y, si es el demoniucu, se irá.

 Fue una cosa rarísima. Tuvieron aparición y cogieron el botellucu. Estaban allí aquel día una que se llama Chon(Asunción), de Burgos, y otra que se llama Catherine, que era judia. Echaron el agua bendita hacia la Aparición y le cayó toda a la judía, todo encima de ella, que luego se convirtió.

Con agua natural, si se echa, cae delante de los pies; mientras que, aquel día, el agua marchó de aqui y fué a parar a la judía, o sea, en dirección opuesta a donde se echaba. Eso la conmovió mucho a Catherine, que se bautizó.

 Vi muchísimos éxtasis. Me acuerdo que, al principio, solían ir de noche extasiadas las cuatro. Las dejábamos una en cada casa, sin reloj ni nada, a ver si se juntaban las cuatro allí y se juntaban.

A lo mejor caían dos extasiadas aquí. Las otras dos detrás; y, cuando se ponían éstas a rezar o a santiguarse, se ponían las de delante a hacer lo mismo, hacían el mismo gesto, igual, igual, sin verse.

Cuando las carreras extáticas, se quedaban mejor que los que corrían tras de ellas. Los hijos mios a veces corrían detrás de ellas. El mayor tenía 19 años y Jacinta 12; él es fuerte e iba corriendo detrás de ellas y ellas extasiadas, con las manos así, y ellas, cuando paraban, paraban en seco, así: ¡Pom!. ¡Ellos iban a parar allí adelante!. Ellas se quedaban tan frescas como si no hubiesen corrido nada.

Hay noches que dormían poco, y al otro día, sin embargo, iban a trabajar y a todo lo que fuera y se quedaban tan sonrientes, tan simpáticas como si no habría pasado nada.

A veces decían:

-- Si no me he movido de aquí.

Es porque muchas veces el éxtasis terminaba donde comenzó y no se daban cuenta por donde habían ido, a menos que la Virgen se lo dijese a ellas.

Una vez, ellas iban al sitio llamado "el Cuadro" que había allí en la calleja y no dejaban entrar allí nada más que a los familiares y a los curas, para que no se agrupara la gente donde ellas. Estábamos allí arriba en el Cuadro, y caen más abajo extasiadas.

Un médico, al caer de rodillas, agarró el pié de Jacinta según estaba cayendo y la pierna quedó plegada bajo ella y estuvo en aquellas piedras con una rodilla sola en el suelo, lo menos una hora. Yo, al ver eso, sufría pero ella no. La otra pierna estaba doblada, como la dejó el médico cuando la soltó.

Así era siempre; al caer extasiadas, si estaban con las manos así, así se quedaban. Las pinchaban las piernas y no sangraban; terminó la aparición y dice Jacinta:

-- ¡Mamá, me ha dicho la Virgen que me estaban pinchando las piernas!.

Le miraron las piernas y se veían los pinchazos pero sangrar no sangraban.

Yo me acuerdo una vez que estaba Jacinta con anginas en la cama y llovía, y aquel día se había levantado; era en la otra casa vieja. Yo no pensaba que iba a tener aparición. Cuando más descuidada estaba yo, cae allí ella de rodillas y tiene Aparición. Yo me pego a la puerta, sin decir a ella nada, pensando yo:

-- pues por aquí no sales.

Porque llovía y tenía anginas; pero nada de hablar. Yo mirándola, contemplándola, y ella dando objetos a besar a la Virgen. Entonces me agarra por un brazo y salió, pero despacito, que no hubo resistencia ninguna, no pude resistir. Es que ni sé cómo me agarró. Al tocarle el brazo yo sentía una cosa rigida, ni fría, ni caliente.

Con la misma yo cogí la chaqueta y le decía:

-- ¡Ay, Dios mio!, toma la chaqueta.

Y venga a ponerle la chaqueta en los brazos y no cogía nada, todo se le caía. Fuí corriendo, se la dí a Loli, que no estaba extasiada, y le dije:

-- Pónsela.

Y se la puso. Eran cosas que podían hacer entre ellas facilmente, cuando una estaba en éxtasis y la otra no.

Una vez, Loli se quedó poniendo una bombilla y se quedó allí extasiada, con la bombilla en la mano y no se quemaba la mano; fue Jacinta a quitarle la mano. Nadie de la casa se la pudo quitar, pues tenían miedo que se quemara la mano con la bombilla encendida, pero nada pasó.

Una vez, me acuerdo que iba extasiada Jacinta e iba corriendo muchísimo y ahí, en la esquina de esa casa que era de Ciriaco, dió ¡un cabezazo!. Sonó como una cosa hueca que no tenía nada dentro.

-- ¡Ay, Dios mío, qué chimorrazo pegaría!.

Fuimos después que se le quitó la aparición y no tenía nada; gracias a Dios, no le pasó nada

Entonces estaban con más salud y comían con más ganas que ahora. Ahora quisiera que Jacinta comiera más pero nunca volvió a tener aquellas ganas que tenía de comer.

Jacinta estuvo saliendo medio año, a las seis de la mañana, a rezar el Rosario en "el Cuadro", y su padre con ella. En el inverno, a las seis de la mañana, era muy temprano y tarda el amanecer. Venía y le daba una taza de café, hacía mucho frio; a las diez iba a la escuela y volvía a almorzar otra vez. Jamás tuvo un dolor de cabeza, ni nada y andaban descalzas y como fuera, gracias a Dios.

Otra vez, estaba Jacinta extasiada y llega un señor y dice:

-- Le van a dar este crucifijo a besar a Jacinta, que lo dé a besar, porque me pasó un caso con él que ya se lo contaré.

 Estaba don Valentin, y se le dió a besar y nada más ponerle así, contestó ella:

-- Este crucifijo ya está besado.

Entonces dice él:

-- Es cierto, está besado. Hace dos meses se lo dí a besar a esta niña.

Este señor era de San Vicente.

Cuando las noches de los gritos estaban Jacinta y María Dolores; tuvieron aparición y dicen:

-- A las diez de la noche volvemos a tener otra vez aparición.

Conchita estaba mala, eran ellas dos solas. Nos dicen que a las diez de la noche nos quedásemos donde aquella cuadra que había allí. Que había que dejarlas solas. Hicimos así y las dejamos solas; pero cuando estábamos allí, esperando a ver lo que ocurriera, ¡empezaron a dar unos gritos!. ¡Unos gritos que a mi se me escapaban los pies!. Yo me iba; pero me pararon.

Entonces se presentó un padre franciscano y el padre venga a rezar. Cuando lloraban, venga a rezar, y ellas callaban, y volvían a llorar y venga a rezar, toda la gente lloraba y cómo lloraba. Cuando el Padre rezaba, paraban los gritos.

Luego bajan más abajo; ya podía yo arrimarme a ellas, y caen allí donde la primera vez que vieron el Angel y venga a llorar. ¡Unas lágrimas, venga a llorar!. Yo decía:

-- ¡Dios mío!, ¿qué será esto?. Pero, ¿qué verán?.

 Cuando esto las chiquillas no nos decían nada. Pero llegan a casa de Ceferino y allí escribieron en un papelucu un mensaje y dijeron que tenía que ir toda la gente a confesarse que iba a venir un Castigo.

Todo el mundo fue a confesarse. Pasamos un miedo horroroso, pensamos que ya entonces venía el Castigo. La gente confesó como si se fueran a morir; fue una buena confesión.

Al otro día, ya fue Conchita y volvieron los gritos y dijeron que tenían que quedarse en la Calleja rezando. Allí se quedaron toda la noche y yo con ellas. Nos quedamos unos cuantos con ellas, por no dejarlas solas.

Todas las cosas que dijeron han ido saliendo. También dijeron que lo habrían de negar todo, que habrían de tener muchas contrariedades en las familias mismas y andar mal las familias y muchísimas cosas que fueron profetizadas y que van saliendo todas.

Yo, en aquel tiempo, no pensaba que tales cosas llegarían. Pero después me di cuenta que todo lo que dijeron empezó a suceder y que todo vendrá tal como la Virgen les ha dicho.