El beso de nuestra Madre.
Helen Rozeluk, el Beso de la Virgen salvó nuestra familia.


Por medio del beso que he dado, mi Hijo hará prodigios.

Michael y Helen pasaron grandes pruebas.

Dice Helen:

A decir verdad, entre los arrebatos de Michael, la desesperación, la enfermedad, el tener que ser dos personas a la vez, ayudándole en su clínica también, yo estaba a punto de perderlo.

Yo me podría haber vuelto loca. Nuestro matrimonio se rompería y habría sido enviada a una institución mental. Sólo una cosa nos mantuvo unidos, sólo una cosa: el Rosario a nuestra Bendita Madre. Después de visitar Garabandal, el Beso de nuestra querida Madre nos dió una nueva vida.

La Historia de Helen Rozeluk.

Dice Helen:

Mi nombre es Helen Rozeluk. Mi marido, Michael, es un dentista en Toronto, Canadá. Michael y yo crecimos en familias ucranianas de inmigrantes. Como resultado, nuestras vivencias estan ligadas íntimamente a nuestra comunidad ucraniana.

Ambos trabajamos en el mismo grupo juvenil ucraniano. Yo enseñé en las escuelas ucranianas los sábados, canté en el coro, dirigí los campamentos de verano.

Michael estaba en el ejecutivo nacional de la organización de la juventud y en 1986 fue elegido presidente de la organización en Canadá. Cuando tuvimos nuestros hijos, les educamos de igual modo a como fuimos educados nosotros. Además de las clases normales de su escuela, ellos fueron a clases ucranianas, los sábados, así como a clases de música y baile y a las actividades deportivas en que la mayoría de los niños norteamericanos toman parte.

Michael era muy buen dentista y tenía mucho éxito. Disfrutaba con su trabajo. Los pacientes le querían y algunos viajaban desde bastante lejos para verlo. Nuestros hijos, Natalka y Andriy, eran buenos estudiantes y con buena salud. La vida no podía irnos mejor.

En aquel momento, la religión no era una prioridad en nuestra vida. Éramos católicos "de ir a la iglesia en domingo". Y si algo importante sucedía el domingo, entonces el ir a la iglesia no era una prioridad. Pero Dios tenía otros planes.

Todo cambió a partir de 1986.

En la tarde del 19 de febrero de 1986 Michael volvía a casa de una práctica del coro. Paró en un cruce, esperando para girar a la izquierda.  Repentinamente, un Volkswagen, que venía a toda velocidad, chocó contra su coche. El impacto fue tan grande que lanzó nuestro coche a diez metros hacia adelante, al otro lado del cruce.

Michael no recuerda cómo salió de su coche. Su primer recuerdo fue el de inclinarse sobre el techo, sintiéndose muy mal, débil, mareado y con náuseas.

Había una ambulancia y personal cerca, pero ni ellos ni la policía pensaron en llevar a Michael al hospital. Le dejaron que volviese a su casa en su propio coche, que era otra media hora por la carretera.

La mañana siguiente, Michael no podía levantar la cabeza de la almohada. Tenía dolores fuertes en el cuello y en las mandíbulas, en los hombros y en la columna. Tuvimos que cancelar los pacientes de ese día y Michael fue a ver a su médico, que inmediatamente le mandó hacer radiografías.

Sin embargo, si no hay huesos rotos, la radiografía no muestra nada. Le dieron a Michael calmantes y relajantes y se le mandó en casa. Las dolencias iban a peor y fue enviado a un especialista, después a otro, y a otro. Empezó ocho años de visitas a especialistas, abogados, fisioterapeutas, quiropráctas, y un psiquiatra.

Michael no podía tomar las medicinas prescritas, se sentía peor. La única cosa que podía tolerar era Tylenol-3, pero ayudó muy poco. Finalmente logró que le examinasen algunos especialistas de primera categoría en Toronto, Filadelfia y Nueva York.

 El diagnóstico final desalentaba: Michael había dañado los ligamentos de sus mandíbulas y algunas vértebras del cuello. Limitó su trabajo a una hora al día. Su estado no mejoraría. Era una artritis creciente en el cuello y columna superior y sería un lisiado total dentro de cinco años.

Viviendo en el dolor, le daba fuerzas el tener que sostener una familia. El trató de trabajar, pero muy a menudo alguien lo traía a casa a mediodía. Si lograba trabajar tres días seguidos, su columna estaba llena de dolores en el cuarto día.

A veces se desmayaba por el dolor. A veces vomitaba. A veces el dolor era tan intenso que él puso su columna en el piso durante 40 horas, incapaz de moverse, incapaz de comer o hablar.

El tiempo le afectaba muchísimo y por ello era capaz de predecir el tiempo mejor que el meteorólogo. Eso era cuando estaba peor. Muchos pacientes lo dejaron. Muchos lo entendieron y permanecieron con él.

Durante ocho años, Michael perdió muchos días de trabajo. Había que pagar a su personal, a sus proveedores y su hipoteca. Muchas veces no había suficiente para la comida en casa. Perdimos muchos de nuestros amigos, al no poder asistir a reuniones sociales.

Durante ocho años, los hijos y yo estábamos muy afectados emocionalmente. Michael tenía arrebatos imprevisibles que afectaban también a sus hijos.

Como la incapacidad era creciente, Michael estaba cada vez más desanimado. Cada semana, durante ocho años, me decía una de estas dos cosas:

-- ¿Por qué no tomas a los niños y te vas?. Mereces un marido mejor que yo, los niños merecen un padre mejor, déjame solo y vete.

Y otro era:

-- Prefiero morir porque yo no aguanto más.

A decir verdad, entre los arrebatos de Michael, la desesperación, la enfermedad, el tener que ser dos personas a la vez, ayudándole en su clínica también, yo estaba a punto de perderlo.

Yo me podría haber vuelto loca. Nuestro matrimonio se rompería y habría sido enviada a una institución mental. Sólo una cosa nos mantuvo unidos, sólo una cosa: el Rosario que rezábamos a Nuestra Bendita Madre.

El hecho de que Michael y yo sobreviviésemos a esta durísima prueba y que estemos aquí lo debemos al Rosario y a Nuestra Bendita Madre. Yo la doy gracias cada día. ¡Gracias, Mamá!.