De la peregrinación de Mayo de 1999 a Roma y Garabandal

  Un regalo en Roma para Elisabeth

    Hace como 5 años atrás (1994) me puse muy enferma. Me encontraba constantemente cansada; no tenía energías ni apetito. Comencé a perder peso. No podía trabajar. Al final ya empezaba a vomitar y me puse ictérica. Fui al doctor; el sospechó que podría ser el hígado. Pensaron que se trataba de Hepatitis C. Mi hígado estaba permanentemente dañado. No había cura. Los médicos no podían hacer nada. Dijeron que podía permanecer en el hospital pero no sabían qué hacer conmigo. Dijeron que podían ?intentar? ciertas cosas a lo cual me negué diciendo que mejor me iba a mi casa.

    Ya en mi hogar, me puse sumamente enferma al grado de no poder incluso caminar. Debía quedarme en cama. Hasta el simple hecho de abrir mis ojos me resultaba forzoso. No tenía fuerzas para comer sin ayuda. Andy (mi marido) y Mónica ( mi hija) debían alimentarme. Ya después, empezaron a rebuscarse por hierbas que podrían ayudarme.

    Cuando Andy y Mónica empezaron a darme las hierbas, las cosas lentamente comenzaron a ponerse mejor pero solo hasta cierto punto. Luego no hubo ya más mejoría. Todavía no podía comer normalmente y ese era el gran problema. Mi hígado necesitaba nutrirse para ponerse más fuerte pero el mismo se encontraba demasiado débil para controlar la digestión, así, las
cosas se quedaron como estaban. Todo lo que podía comer era solamente un poco de frutas, alguna ensalada, un poquito de pan, algunas papas pero no podía tocar nada que tuviera aceite o grasa. Los productos lácteos y carnificados estaban completamente fuera de toda cuestión. Si comía alguna de esas cosas me ponía realmente enferma. Me cambiaba el color,
luego mi rostro se ponía blanquecino, me mareaba, vomitaba y a veces incluso me desmayaba. Andy y Mónica me traían rábanos negros, diente de león, leche de cardo, y yo tomaba infusiones de esas hierbas para ponerme un poco mejor. Pero con frecuencia esto recién sucedía al cabo de una semana. Realmente tenía que evitar una gran cantidad e alimentos. Podía apenas comer lo suficiente para permanecer básicamente con vida y para no morir. Eso era todo.

    Todo ese tiempo, aún trataba de trabajar pero estaba tan débil que me cansaba muy, muy fácilmente. Después de regresar a casa del trabajo, simplemente no podía moverme. Ustedes sabrán, que cuando el hígado esta realmente mal, uno se siente verdaderamente muy cansado. Esto continuó hasta Mayo de 1999, cuando fui a la peregrinación del grupo de los Trabajadores de Nuestra Señora a Roma y Garabandal.

    Cuando me enteré que los Trabajadores de Nuestra Señora irían a Garabandal, tuve muchas ganas de unirme a ellos. Reservé los pasajes para Andy y para mí y ni siquiera pensé en mi problema. Solamente cuando estuvimos ahí llegué a darme cuenta de lo que había hecho.

    Primeramente fuimos a Roma para la beatificación del Padre Pío. Llegamos un Sábado, Mayo 1 de 1999, a la tarde, y fuimos a la Misa de la tarde en Santa María la Mayor. Andy dijo que probablemente no deberíamos hacerlo porque sabía que yo no podía caminar tan lejos. Se encontraba a unas cuatro o cinco cuadras de distancia. A mitad de camino, realmente ya no pude avanzar más. Helen Rozeluk notó que estaba yo teniendo problemas y regresó hacia nosotros. Me tomó de las manos, rezó y fue así, caminé. Caminé hasta la Iglesia y de regreso, sin problemas. Me sentía tan bendecida que no podía creerlo!

    Hubo una oportunidad más en la cual Helen rezó por mi una segunda vez en la calle, cuando el caminar era muy fatigoso para mi y ya me encontraba casi sin aliento. Ella tomó mis manos en las suyas, sosteniendo su medalla de Garabandal, y caminamos y rezamos juntas. Después de eso, no tuve más problemas para caminar. Podía hacerlo por todos lados en cualquier momento.

    El Domingo 2 de Mayo de 1999 fuimos a la Plaza de San Pedro para la beatificación del Padre Pío. Luego de la Misa y de la hermosa ceremonia, el grupo se detuvo en el restaurante para almorzar. Cuando entré al restaurante, súbitamente pensé, ?Oh Dios mío, qué voy a comer todos los días que esté aquí y en Garabandal? Iban a ser dos semanas! Cómo pude ser tan tonta para tomar un viaje en este estado??  Después pensé que Andy tampoco podría disfrutar del viaje porque yo estaría enferma todo el tiempo.

    El menú en el restaurante estaba, por supuesto, en Italiano. Fui hasta la mesa donde Helen Rozeluk estaba sentada junto al Obispo Danylak. Pregunté al Obispo (ya que no podía leer el menú), ?¿Qué había ahí... que pudiera comer??  Cuando lo leyó, no había nada que pudiera ingerir.  Y lo digo en serio, nada, porque había aceite en la ensalada, aceite en todos lados, como en todas las comidas en Italia.  Y no había calculado eso de antemano. Me enojé tanto conmigo misma y me increpé de vuelta, ?Qué tonta he sido! Cómo pude haber salido de casa sin pensar en esto??

    Todavía me encontraba furiosa, cuando Helen dijo, ?Vamos, recemos.?  Luego sacó su medalla (que había sido tocada por la de Joey Lomangino y ésta a su vez besada por Nuestra Señora en Garabandal), la puso sobre mi hígado y rezó.  Todavía estaba enojada conmigo misma, pero luego, con las oraciones, lentamente comencé a apaciguarme. La medalla se tornó
muy caliente lo cual me hizo pensar, ?¿Qué tiene ella ahí??  No podía figurarme que sostenía ella entre sus manos que las hicieran tan tibias. Daba una sensación casi quemante. Luego comencé a relajarme y a aceptarlo.

    Cuando Helen terminó de rezar, creí que algo había pasado. Regresé a mi mesa y, señalando el menú, dije a Andy (mi marido), ?Ordéname esto, esto y esto otro.? El simplemente me miró extrañado y me preguntó si estaba yo en mis sanos cabales.

    Le dije que sabía que algo había ocurrido pero no sabía que era a ciencia cierta. Helen había orado, había sentido ese calor en sus manos y ahora me sentía en paz y comería lo que había ordenado.  Y lo comí! Pedí spaghetti con toda su salsa, con aceite, la ensalada, y algo más que ahora no puedo recordar, todas esas cosas que en otras circunstancias no podía haber comido nunca.

    Uno de los tantos síntomas de daño hepático es el eructo constante, lo cual me incomodaba tremendamente. No podía siquiera tomar un sorbo de agua sin eructar. Bien, finalicé la cena completa y no pasó nada. Fue entonces cuando supe que algo grande había ocurrido. Lo sabía.

    Desde entonces (recuerden que no había podido comer confortablemente por más de 5 años), he ingerido hasta Papas Fritas y las he disfrutado inmensamente. He comido alimentos con aceite, ensaladas con aceite. Cuando estuvimos en Roma incluso tuve Helado como postre. Comí un montón de Helado, algo que no había podido hacer por tantos años. Tomábamos Helado casi todas las noches en Roma. Esto era antes imposible, porque me haría desmayar de dolor. Me pondría toda
blanca, mareada y luego me haría desvanecer, mi hígado no podría manejarlo en absoluto. Pero la prueba mayor vino más tarde en Garabandal. Se trataba de sopa de pollo, creo, y era realmente grasosa. Se podía ver la grasa flotando en la superficie. La tomé toda y nada pasó. Y Andy no hacía nada más que mirarme estupefacto.

    Durante el viaje llamábamos a casa con suma frecuencia. Cada vez Mónica preguntaba a Andy (ya que no me creía), ?¿Qué tal está Mamá?? ?Está muy bien? Andy respondía. Luego ella me preguntaba ?¿Cómo estás?? ?Estoy muy bien, Mónica.? Y aún no lo creía. De este modo, cuando retornamos a casa, ella ya había preparado el botiquín de emergencias con todo lo
necesario para cuando me ponía enferma. Todo estaba ahí esperando por mí en casa.

    Cuando regresamos, mi familia no podía creer que se trataba de mí, todos reían y lloraban de felicidad. La gente que venía a la tienda donde trabajo, que me conocían bien y sabían cómo lucía anteriormente, cuando regresé de Garabandal, exclamaron, ?¿Qué ocurrió? ¿Dónde has estado? Nunca has lucido tan bien como ahora!?

    Siempre había estado muy pálida. Ahora mi nivel de energía se encontraba óptimo. Ya no estaba tan cansada. Estoy mucho más felíz ahora. Como ven, cuando algo anda mal con el hígado es como que la vida se te escapa, huye de ti. Se siente como si hubiera un gran vacío dentro de uno. Es difícil de explicar. Es como si todo dentro de uno estuviera muerto. La gente no sabe por lo que he pasado. Solo mi familia lo sabe. Y ahora tengo esta alegría y esta fuerza. Lo tengo todo de vuelta, y se nota... lo sé... lo puedo sentir.

    Realmente fue un viaje especial. No fui allí para llamar la atención o para ser curada. Nunca eso pasó por mi mente, y nunca lo pedí. Fue tan emocionante ir por el solo hecho de ir después de todo. Pero si sé que mi hija, Mónica, rezaba por mí todo el tiempo. Sabía que lo hacía. Fue una gran bendición. Uno tiene que vivir este problema en carne propia para darse cuenta en su totalidad de lo que es estar enfermo del hígado, y luego, todo tan rápido,  superarlo! Aún hoy, cuando deseo comer algo, a veces lo olvido y digo ?Oh, no puedo comer esto, o aquello? para luego recordar ?Eh! Y por qué no??

    Antes de escribir esto recé para que el Señor me guiara y me hiciera decir las cosas en forma correcta, para que dijera lo que se suponía debía decir de modo a que pudiera servir de ayuda e inspiración a otros para acercarse a Dios.

Elisabeth M.
Toronto, Canadá
11 de Agosto de 1999

Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.


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