El Dominico que vio y creyó.

Un Sacerdote llora al ver a las niñas en éxtasis.

Fue un éxtasis extraordinario a finales de julio de 1961.

 

Marcha extática de Conchita por el pueblo.

 

Maximina contó este relato en varias ocasiones y calificó este éxtasis de muy extraordinario. Su relato, junto con el de otros, deja ver y sentir lo que sucedió.

Maximina, en 1995,  contando el episodio del "dominico".

 

Dice Maximina:

El día anterior de ir a Santander, Conchita estaba con las otras niñas videntes delante de su casa. Un sacerdote asturiano (D. Alfonso Cobián, el párroco de Ribadesella, Asturias) estaba haciendo a las cuatro niñas muchas preguntas. A su lado estaba un dominico, que escuchaba. Pero en el pueblo nadie sabía que era dominico por lo que decían "el del hábito blanco".

Pasaba por allí Maximina camino de la fuente y les dice:

-- A las familias no les gusta que se hagan a las niñas muchas preguntas.

A lo que respondió el dominico:

-- Ni una sola pregunta he hecho a las niñas excepto preguntar sus nombres, porque a mí me bastará ver los ojos de Conchita en éxtasis para saber si esto es verdad.

Al poco de esto, las niñas tuvieron la tercera llamada y las niñas salieron hacia la calleja. Estaban allí el dominico y muchos sacerdotes. Había en la calleja varios cientos de personas, no solo en el cuadro sino todo a lo largo de la calleja hasta la salida del pueblo por lo que nada más llegar cerca de donde el manzano, un poco más abajo, a la misma salida del Pueblo, cayeron en éxtasis, dos un poco más arriba y dos más abajo. Conchita cayó en éxtasis justo delante del dominico.

El dominico quedó impresionado por su cambio instantáneo de expresión y la belleza de su cara transmitía su felicidad de estar con la Virgen. Conchita decía a la Virgen:

-- Hay por aquí un sacerdote con vestido blanco y nosotras le llamamos "el blancu".

Tras preguntar a la Virgen varias veces dijo:

-- ¡Ah, es un dominico!... ¿un "dominicu"?.

La Virgen le dijo que sí.

 

 

El dominico, al ver a Conchita, inclinó la cabeza, creyó de todo corazón, y estuvo así, en actitud de profunda meditación, durante todo el éxtasis. Un Sacerdote lloraba emocionado y le caían las lágrimas, en tanto que otros se reían y hablaban, sin prestar ninguna atención a las niñas ni a sus diálogos.

Se levanta un señor (se trata de Don Emilio del Valle) que les dice: "hagan Ustedes el favor de callarse que esto es muy serio". Se impuso un silencio total. Durante una hora se les oyó a las niñas hablar muchas cosas con la Virgen.

Le decían a la Virgen que el párroco les había dado ciruelas en la sacristía, que el púlpito de la iglesia estaba a punto de caerse, que don Valentín había regañado a Conchita por llevar la melena suelta (Conchita, de ordinario, llevaba recogido el pelo en trenzas), que la madre de Conchita estaba muy negra y sólo tenía dos dientes, que les habían hecho una película, y que ellas no habían estado nunca en un cine. También le decían a la Virgen de los misteriosos zapatos con agujeros: se trataba de las sandalias que llevaba el dominico.

Finalmente, cuando ya decían a la Virgen: "estate un poquitín más que has estao muy poco". La Virgen les dice que: "una hora" y las niñas le decían: "pero si solo has estao un minutín". Miraron los Sacerdotes el reloj y era exacto: "una hora".

 

 

Loli y Conchita en éxtasis.

 

Las niñas, en otra ocasión, preguntaron a la Virgen que cómo sabía la hora si no llevaba reloj. Ella sonreía mucho cuando las niñas le hacían estas preguntas con sinceridad de hijas pequeñas.

 

Este éxtasis está en el diario de Conchita, quien escribe:

Dos meses antes del mensaje, me llevaron a Santander, un sacerdote llamado D. Luis. A la Virgen la vi en Santander.

Había mucha gente y entre ellos había un Padre con hábito blanco. A mi me extrañaba mucho que viniera con hábito de ese color, como nunca los había visto. Ese día me había dicho mi mamá que la preguntara a la Virgen que si me dejaba ir a Santander y yo le dije que ya se lo preguntaría.

Era las seis de la tarde cuando ya tuvimos las cuatro dos llamadas y nos había traído un Padre un paquete de caramelos, su nombre es D. Alfonso Cobián, nos lo había traído para las cuatro. Cuando lo estábamos repartiendo, nos vino la tercera llamada y dejamos los caramelos en la calle, ¡con las ganas que teníamos de comerlos!, pero nos gustaba más, mucho más, ver a la Virgen.

Además, la tercera llamada es una cosa que nos lleva y no sabemos cómo. Vamos al sitio llamado "cuadro" pero no nos dio tiempo a llegar y se nos apareció sin llegar allá.

Nosotras, como teníamos tantos deseos de saber quién era aquel Padre que venía con el vestido blanco, se lo preguntamos a la Virgen y la Virgen no decía nada, nada más que sonreía, pero nosotras insistíamos de nuevo y al cabo de mucho rato nos dijo:

-- Es un Dominico.

Yo dije:

-- ¿Un Dominicu?.

Dice Ella:

-- Sí.

Ese mismo día le pregunté yo a la Virgen que si me dejaba ir a Santander y Ella no me lo quitó. Ese día duró la aparición una hora justa y a nosotras se nos parecía un minuto. Ella misma nos dijo que había estado con nosotras una hora.

Me querían llevar a Santander porque decían que yo era la que obsesionaba a las otras y entonces me llevaron para hacer pruebas.

 

Existe cierta disparidad en lo que se refiere a la duración de este éxtasis pero baste con decir que el tiempo que dijo la Virgen era exacto:

Los espectadores más próximos oyeron decir a las niñas:

-- "¿Una hora ya? ¡Qué va! ¡Medio minutín!... ¿Una hora y cuarto? ¡No, medio minutín!... Pero será como Tú dices, porque Tú no mientes... ¡Ah! Una hora y veinticinco minutos".

Los espectadores comprobaron por sus relojes la exactitud del tiempo que dijo la Virgen. Las niñas lanzaron besos al aire, a la Virgen, y abrieron y cerraron la mano con gesto expresivo de despedida. De golpe, las cuatro bajaron a la vez vista y cabeza, y quedaron en estado o expresión de absoluta normalidad. "Vamos a rezar el Rosario", dijeron. Y así acabó una jornada más de la extraordinaria historia de las Apariciones.