¡Qué Madre más buena tenemos en el Cielo!

La actuación de la Virgen como madre y maestra se ve en los pequeños detalles, algunos muy personales y otros en grupo.

 

Dr. Jean Caux, P. Turner O.P. y profesor Jacques Serre.

 

El Doctor Jean Caux, que se convirtió en Garabandal, ha dicho que para él Garabandal es un Arco Iris, lo contrario de la desesperación.

El Padre François Turner O. P. ha dicho que: "el conocimiento de aquellos hechos de las Apariciones me llevaría a vivir la mas hermosa historia de mi vida".

El profesor Jacques Serre, catedrático de la Sorbona, Universidad de París, ha dicho que después de un profundo estudio "no hay aspectos negativos de las Apariciones en sí mismas". Las dudas y negaciones fueron una profecía de la Santísima Virgen desde el principio, cuando todos creían.

 

Creyéndolo aún más que las propias niñas.

D. Valentín el párroco fue relevado por un tiempo y vino un sacerdote llamado D. Amador para hacer las veces de párroco en ausencia de D. Valentín.

Este día decía Conchita a la Virgen:

-- Ha venido un Sr. Cura que viene a relevar a don Valentín.

Después quita las gafas al nuevo Sr. Cura, Don Amador, para persignarle. Para ser el primer día que subía a Garabandal, recibió muchas pruebas; y cuando de nuevo vino don Valentín y D. Amador regresó a su destino, el Sr. Obispo, viéndole tan convencido, le dijo:

-- Le había mandado para que viese que lo de Garabandal no es nada y resulta que viene más convencido de que las Apariciones son verdad, creyéndolo aún más que las propias niñas.

 

Lo sucedido al Sr. Damián con una cruz.

Lo cuenta el brigada D. Juan Álvarez Seco:

El Sr. Damián, de Barcelona, había dado una cadena con una medalla y una diminuta cruz de oro a Conchita para que cuando estuviera en éxtasis la diera a besar a la Virgen.

Conchita tiene la visión y todos la seguimos, y en la puerta de la iglesia vemos cómo da a besar a la Virgen todos los objetos de Damián, y después le coloca la cadena al cuello, extasiada, y regresamos para casa de Conchita; el Sr. Damián notó que sólo tenía la medalla y que le faltaba la cruz de oro.

Cuando Conchita se encontraba fuera del éxtasis y en estado natural, el Sr. Damián le dijo que le faltaba la cruz.

Respondió Conchita:

-- Pues es verdad, que me dijo la Virgen que estaba caída a la puerta de la iglesia.

En mi presencia y la de varios, vimos cómo una cosa tan diminuta se podía encontrar, aun cuando a nosotros nos dijeran en la puerta de la iglesia está; sin embargo Conchita fue derecha al sitio y la recogió, no sólo en mi presencia sino en la de los que allí se encontraban.

 

Me persigna como yo jamás lo hubiera hecho.

El Brigada que suscribe se hallaba junto a la cocina de Conchita, y varios curiosos, en espera de ver en aparición a Conchita; de pronto se queda extasiada; y entre todos se dirige al Brigada y con la Cruz va a persignarme.

Comienza diciendo:

-- Por la señal ...

En ese momento se para y me pide las gafas; de momento no accedí, mas ella espera que se las diera a la mano. Entonces, a petición de los presentes se las di, pero con el temor de que me las rompiera; las coge, las cierra y me las devuelve.

Me persigna como yo jamás lo hubiera hecho; nuevamente me pide las gafas, me las coloca en el rostro como yo tampoco me las he puesto. Mientras viva, creo que cada vez que me persigne, lo recordaré. La Virgen le dijo que me quitara las gafas para así persignarme mejor.

 

Dice en una carta doña María Josefa Lueje Lueje, residente en la hermosa villa asturiana de Colunga:

Fui por segunda vez a Garabandal el 18 de diciembre de 1961; fue con unos amigos, parientes de Manolo Lantero, un empresario de Gijón: ocupábamos tres coches y éramos 14 personas. Desde Cosío hicimos la marcha a pie, pues eran los tiempos heroicos en que el camino estaba intransitable.

Poco antes de llegar al pueblo, reunimos en una bolsa de plástico todo lo que llevábamos para que lo besara la Virgen: rosarios, medallas, crucifijos. En cuanto vimos a Loli, se lo entregamos; pero ella no estaba nada segura de que fuese a tener aparición porque todavía no había tenido "llamadas". Esto nos dejó bastante mustios; pero había que resignarse; y nos aprestamos a pasar la noche en vela, como era de rigor. Al ver que no éramos muchos, Ceferino se compadeció de nosotros y nos invitó a entrar en la cocina para no pasar tanto frío.

Ya de madrugada, alrededor de las 4, Loli pegó un salto de donde estaba sentada y cayó de rodillas sobre el suelo, haciendo un ruido impresionante; pero esto no era nada, al lado del cambio de su rostro, porque el rostro de la pequeña, regordete y digamos aldeano, se transformó y afinó de forma indecible, hasta parecer un ángel.

Salió luego por el pueblo, acompañada de su padre y de todos nosotros. Subió a una casa donde había, nos dijeron, un anciano casi moribundo, inconsciente desde hacía varios días; cuando Loli le santiguó con su crucifijo, el hombre recobró el conocimiento y reconoció a sus hijos; la vimos luego bajar por aquella escalera, desigual, pendiente, sin barandilla, con la cabeza totalmente echada hacia atrás, y no nos explicábamos como no caía y se mataba. Nos llevó luego al pórtico de la iglesia, donde rezamos un rosario, como creo no haber rezado otro en la vida.

Cuando ya volvíamos para casa, nos cruzamos con Jacinta y su padre, que iban a rezar el rosario al "cuadro", como todas las madrugadas. Era impresionante ver a aquellas criaturas, tan desabrigadas, de rodillas sobre la nieve y soportando unas temperaturas bajísimas aún en plena noche. En el Garabandal de entonces, había verdadero fervor y se hacia penitencia de verdad.

 

El 1 de enero de 1962, cuenta el doctor Ortiz de Santander:

Me encontré en el pueblo con la señorita Margarita Huerta, que venía de Madrid con un grupo de gente. Tres niñas entraron en éxtasis y, mientras caminaban juntas por la calleja de arriba de la plaza, en dirección a la iglesia, a uno de los que las seguían, que iba bastante alejado, se le ocurrió de pronto:

-- Si esto es sobrenatural, que la niña de en medio venga ahora a darme a besar el Cristo.

Al instante, la niña se queda retrasada de las otras y va a darle a besar el crucifijo, ¡sólo a él! Nos lo contaba después, muy emocionado.

 

A estos días de enero de 1962, los más crudamente invernales, pertenece este episodio del que Aniceta da testimonio:

Una noche, Conchita tenía ya dos "llamadas", por lo que la entrada en trance de la niña podía esperarse de un momento a otro. Aniceta nunca la dejaba sola en tales circunstancias, y menos de noche; pero en aquella ocasión se le arreglaba muy mal el quedarse ella misma pendiente de Conchita; rogó entonces a su hijo Cetuco que se quedara al lado de su hermana.

Hacia las dos y media, Conchita cayó en éxtasis y salió de casa. Cetuco tomó una linterna y la siguió. Era una noche blanca a causa de la mucha nieve y rigurosamente fría. Como volando por encima de toda aquella blancura, Conchita hizo presurosa el camino de los Pinos. A Cetuco se le quitó el frío con su esfuerzo por seguirla.

Un rato más tarde, Aniceta, bien abrigada, se echó igualmente a la calle para ver de reunirse con sus hijos. Era impresionante el frío; pero más aún, el silencio de todo y el apagado resplandor de la nieve.

Cuando, al fin, jadeante, llegó a los Pinos, se quedó como muda ante la escena que veían sus ojos: allí estaban, sobre la nieve, sus dos hijos, de rodillas y rezando. Conchita absorta en su visión dirigía el rosario; Cetuco, con toda piedad iba respondiendo. Y ahora su madre Aniceta se agregó a los rezos.

Al cabo de un rato, la niña dio señales de ponerse en marcha; y entonces la madre se adelantó a bajar, para prepararle de algún modo el camino, apartando la nieve en los pasos más difíciles. Fue una precaución inútil, pues la niña, ¡de rodillas y de espaldas!, se deslizaba hacia abajo sobre aquella capa blanca, como siguiendo una trayectoria que invisiblemente se le trazase. Tan extraordinaria marcha extática fue a terminar detrás de la casa materna, en la calle que meses más tarde había de ser escenario del "milagro" de la comunión visible.

Un día de aquellos, después del éxtasis, le preguntaron a María Dolores: "¿Qué te ha dicho la aparición?" Respondió:

-- La Virgen me ha dicho, que haga sacrificios por la santidad de los sacerdotes, para que lleven muchas almas al camino de Cristo; que el mundo está cada día peor y necesita sacerdotes santos, para que hagan volver a muchos al buen camino.

En otra ocasión, la Virgen me ha dicho que pida especialmente por los sacerdotes que quieren dejar de serlo, para que sigan siendo sacerdotes. De lo contrario, ¡qué pena sería para Ella!.

 

Dice Maximina en una carta:

«Ya saben que el día 27 tenía aparición Conchita. Vino mucha gente, de Madrid, de Barcelona, de Valladolid, ¡qué sé yo!, de muchos sitios.

Tuvo una aparición linda. Visitó en éxtasis a todos los enfermos. Había un chico de fuera, que por lo visto iba poco a la iglesia, y ella le siguió mucho en el éxtasis, y le persignó dos veces, hasta que el chico terminó llorando.

 Después tuvieron aparición Loli y Mari Cruz, y anduvieron mucho las tres juntas; traían muchas cadenas al cuello de unos y de otros, para que se las besara la Virgen. Esa misma noche pidieron mucho por todos los enfermos, más en especial por los que les mandaban pedir»

 

Debemos aprender a tratar a la Virgen como lo hacen las niñas.

El sacerdote jesuita Padre Luis María Andréu fue el primer sacerdote que vio a la Virgen de Garabandal al mismo tiempo que la veían las niñas,  también vio el Milagro que viene.

La Virgen le dijo que pronto estaría con Ella en el Cielo y cuando bajó del pueblo dijo al párroco D. Valentín:

-- Hoy he recibido una prueba ciertísima; lo que las niñas dicen es verdad.

También dijo:

-- Debemos aprender a tratar a la Virgen como lo hacen las niñas. No debemos tener miedo al mundo sobrenatural.

Durante el viaje de vuelta a Reinosa, dijo:

-- Para mí ya no hay duda de que lo que dicen las niñas es verdad, qué gracia mas grande me ha dado la Virgen, qué Madre mas buena tenemos en el Cielo, hoy es el día mas feliz de mi vida.