Doctor D. Félix Gallego.

No conseguí despegar sus rodillas ni siquiera para pasar un papel entre ellas y el suelo, en tanto que ellas se levantaban con toda facilidad.
 
 

Doctor D. Félix Gallego con su esposa
María Josefa Villa y sus nietos.

En Agosto de 1961, el doctor D. Félix Gallego, médico de Polanco y su esposa María Josefa Villa, vieron a Loli y Jacinta en éxtasis por primera vez.

Dice María Josefa:

Nos encontrábamos mi marido y yo en Garabandal acompañados de un compañero de profesión y su esposa, y ese día coincidió que se puso enfermo un hermano de Loli; su padre, enterado que este médico estaba en el pueblo, acudió a él, pues le conocía de haber asistido a otro hijo suyo.

Le pidió que viera a su hijo que se encontraba con un fuerte dolor de vientre; este médico que era traumatólogo le sugirió que mejor le iba a diagnosticar mi marido que era médico de medicina general.

Aprovechando la ocasión de entablar amistad, subí al piso con mi marido; allí me encontré con Loli y Jacinta que estaban jugando en una habitación muy larga que había a la subida de la escalera.

Mientras mi marido reconocía al niño, yo les pregunté:

-- ¿Veréis hoy a la Virgen?

 Me contestaron que sí; yo les dije que cómo lo sabían y me respondieron que tenían una llamada. Al terminar mi marido de reconocer al niño enfermo y comentarle a su padre el diagnóstico, en agradecimiento, éste le dijo:

-- Si las niñas tienen éxtasis y quieren verlas, yo les avisaré para que suban, pues hoy no las dejo bajar a la calle porque hay mucha gente y las atropellarían.

 Era cierto, había un gran gentío. Llegó el momento y cumplió su palabra; subimos los dos con Ceferino, ese era el nombre del padre del niño, y nunca volvimos a contemplar un éxtasis tan a gusto y sin que nadie nos molestase.

Estaban las dos videntes sentadas en el suelo, de forma paralela, mirando hacia el techo y entonando unos cantos a la Virgen que eran una preciosidad por las letras y la entonación, y su sincronización era perfecta. Nunca los habíamos oído.

Ellas no podían verse una a la otra pues sus ojos seguían fijos en lo alto. Al estar tan cerca de ellas nos dimos cuenta que no pestañeaban ni movían sus ojos; éstos estaban fijos en algo que veían y por su cara de felicidad se notaba que estaban ante la Santísima Virgen.

Después de un rato se levantaron y empezaron a andar; esto creo que se llaman marchas extáticas,  o sea, en estado de éxtasis; lo he oído repetir a teólogos muchas veces durante esos años.

Unas veces se detenían y otras daban vueltas por la habitación; en todos los movimientos de las dos niñas había una sincronización perfecta, y siempre con la cabeza inclinada hacia atrás.

Ceferino le dijo a mi marido:

«Si Ud. como médico quiere hacer alguna prueba con las niñas, tiene mi permiso».

En ese momento mi marido se acercó a una de ellas, estaban de rodillas, cogió a Loli por debajo de los brazos e intentó levantarla; le fue totalmente imposible, parecía que sus rodillas estaban soldadas al suelo, más bien era un bloque de piedra que una criatura.

Lo intentó varias veces, tiró del cuerpo de la niña con todas sus fuerzas, mi marido es fuerte y de una estatura normal y no consiguió despegar sus rodillas ni siquiera para pasar un papel entre ellas y el suelo.

Probó a continuación con Jacinta, y el resultado fue idéntico. Parece mentira que unas niñas de 12 años, en apariencia tan frágiles, pesasen en los momentos del éxtasis auténticas toneladas.

Nos causó impresión que al poco rato Jacinta cogió a Loli por las caderas, y como si en ese momento se hubiese vuelto una pluma, la elevó casi hasta dar con su cabeza en el techo, mientras la niña daba a besar a la Virgen unos rosarios que tenía entre las manos, según ella dijo después.

Si esto era cosa de la Virgen, estuvo bien claro que quiso damos una lección:

«Tú has querido hacer experimentos y no has podido; y con esto yo te voy a demostrar que estoy aquí y que las niñas no mienten; entre ellas, estando en éxtasis, sí se han podido levantar; las cosas pasan cuando yo quiero ¿Y no es bastante con lo que estáis viendo que aún queréis más pruebas?».

La verdad es que ese día tuvimos mucha suerte; con tantísima gente como esperaba, los privilegiados fuimos nosotros.

Luego llegó D. Valentín, el Párroco y solos los cuatro estuvimos contemplando aquella maravilla.

Ellas, durante todo el éxtasis estuvieron hablando, dijeron después que era con la Virgen y al final las oímos decir:

-- «¡No te marches, no te marches que es muy pronto!»

y volvieron a la realidad bajando la cabeza de la posición que la tenían a la normal, con una sonrisa en sus labios y en sus rostros reflejada la satisfacción. Este trance duró algo más de una hora.