Doña María Josefa Herrero.

Doña María Herrero, conocida también como Marichu Herrero, Marichu, redactó en francés, para el Santo Oficio de Roma, Congregación para la Doctrina de la Fé, un memorándum de lo que ella misma había podido presenciar. Lo hizo por consejo del sacerdote belga P. Laffineur. De este memorándum y de otros escritos son estos testimonios.

Dice María Herrero:

Siempre he ponderado con gran calor y admiración este hecho de la perfecta modestia de las niñas en sus caídas y trances. No sólo la postura de sus cuerpos era de verdad bella y dignísima, sino que sus vestidos les caían siempre de la forma más conveniente, incluso con un correrse o deslizarse que parecía contrario al movimiento natural. Era como si una mano invisible estuviera allí para no dejar nada mal puesto; todos sentíamos gran respeto ante aquellos cuadros.

Sólo refiero aquí algunas de las muchas apariciones a que yo asistí en San Sebastián de Garabandal, a partir del 17 de agosto de 1961. Me esforzaré por dar una idea de aquellos acontecimientos, aunque es imposible expresar todo lo que yo he visto y sentido. Quisiera hacer este trabajo pensando en algo que me confió Loli el 7 de octubre de 1962: Si se supiese lo que la Virgen nos quiere, no tendríamos más remedio que quererla también muchísimo a Ella.

Eran las dos de la tarde cuando yo llegué por primera vez a San Sebastián de Garabandal. Entré con mi hermana en el bar o taberna de Ceferino, padre de Loli. El local estaba vacío porque las apariciones tenían lugar, de ordinario, bastante más tarde, hacia la hora del crepúsculo. Pedimos de comer, y la misma Loli se dispuso a servirnos. Debía de ser la primera vez que lo hacía, porque me pidió que la instruyera sobre el tenedor y el cuchillo. Por entonces, las pequeñas, en sus familias, comían de un puchero sin utilizar cubiertos. Apenas habíamos acabado de comer, cuando Loli llegó corriendo de fuera, toda sofocada, y dijo a su padre: Papá, ven de prisa, que Jacinta ya tiene aparición.

Corrimos todos hacia la pequeña plaza que está en el centro del pueblo. Allí, bajo el día luminoso y cálido, estaba Jacinta, andando muy despacio, con su gran muñeca en la mano, la cabeza echada hacia atrás y esa sublime expresión de todo el rostro que no hay manera de describir. Su familia la seguía, en actitud del mayor respeto. María, su madre, quiso en un momento dado arrancarle de las manos la muñeca; pero Jacinta, sumergida en su visión, se lo impidió con un movimiento firme y brusco. Instantes después, vimos cómo la niña alzaba su muñeca hacia la visión, empinándose cuanto podía sobre la punta de los pies, ayudada por sus dos compañeras Loli y Conchita, que la levantaban. Loli, que estaba como loca de alegría al ver a su amiga en trance, la tomó por el brazo, y al punto, con una rapidez de relámpago, cayó ella misma en éxtasis.

Las dos pequeñas, inundadas de felicidad, apretándose la una contra la otra, empezaron a recorrer el pueblo. Fue entonces cuando yo escuché por primera vez ese reír de Loli en éxtasis, que tanto me ha conmovido siempre. Era un reír de gloria, pleno de dicha, pero al mismo tiempo, silencioso, respetuoso, místico. No tenía nada de este mundo, ni del aire festivo de la tierra: estaba como embriagado de cosas del cielo. Las dos escuchaban y respondían a su visión, con un hablar lleno de misterio, apenas perceptible.

Hacia las ocho de la tarde, ya entre dos luces, las niñas, que estaban en éxtasis, atravesaron el pueblo y se dirigieron al camino que baja hacia Cosío. Ha sido la primera vez que yo las ví marchando en tal dirección. No las seguí porque estaba muy fatigada de tanto correr detrás de ellas de un lado para otro en una tarde bastante calurosa.

Este día del dulce Nombre de María era mi fiesta onomástica y naturalmente, la de Aquella que había llevado como nadie este hermoso nombre; por eso yo había dicho a Conchita que felicitase de mi parte a la Santísima Virgen. Me había emocionado saber que en una ocasión Ella había hecho llegar su felicitación, en su fiesta, a cierto señor que frecuentaba devotamente San Sebastián de Garabandal.

Aniceta tenía prohibido a Conchita salir por el camino vecinal fuera de la vista del pueblo, entonces ésta, viéndose impedida de seguir a su visión y a sus compañeras, empezó a llorar a gritos, pidiendo a su madre que la permitiera continuar adelante. Aniceta quedó tan impresionada por la voz llena de dolor de Conchita, que tuvo la seguridad, según me lo ha dicho ella misma, de no encontrarse simplemente ante la voz de su hija, sino ante una fuerza extraña que salía de ella y de su voz.

No tuvo más remedio que dejarla partir; y entonces las cuatro niñas emprendieron una vivísima marcha hacia Cosío, tan rápida, que la gente que las seguía no podía darles alcance. Entonces me decidí yo a correr también detrás de esta gente; pero me sentía extenuada, y de cuando en cuando tenía que detenerme para tomar aliento. Afortunadamente, también las niñas se detuvieron, para ir rezando en alta voz, acompañadas de la gente.

Al llegar al puentecillo de madera que había sobre el barranco por cuyo fondo corre como en cascada un arroyo, ellas se pararon del todo y, vueltas hacia los Pinos, continuaron allí con sus rezos. Bajo el cielo puro, ya tachonado de estrellas, en la noche clara, transparente, las avemarías se iban desgranando lentamente, como transidas de una unción infinita. Los quince misterios del rosario se recorrieron así, el uno detrás del otro, sin prisas y todo invitaba a la meditación.

Yo, al menos, comprendí entonces como nunca la frase de Conchita que llamaba al "Cuadro" su "cachito de cielo". Este cachito de cielo lo tuve yo ese día 12 de septiembre de 1961, en aquella oración de la noche, tan arropada de silencio y soledad.

Un atardecer, después de la aparición, yo me encontraba a solas con Conchita, en su casa. Aproveché la ocasión y le dije: Háblame de la Virgen, Conchita.

¿Qué quieres que te diga?. Hoy la Virgen ha venido sin el Niño. Tampoco traía corona. Sus cabellos eran largos, morenos, con una raya en medio. Nunca la hemos visto con velo sobre la cabeza, y sus cabellos se mueven ligeramente, como al paso de una brisa.

¿Algo más?: ¡Hay tanto!, pero yo no acierto a hablar. Cuando la Virgen reza el "Gloria", baja la cabeza con extraordinaria reverencia. La Virgen daba la impresión, al mirar, de que más que a tí, miraba al mundo. ¡Y de qué modo!. Nadie podría mirar así.

-- ¿La has visto alguna vez vestida con el hábito del Carmen?.

-- Ella viene siempre vestida de blanco y con un manto azul. Sólo el día de la fiesta del Carmen, 16 de julio, la he visto con hábito de carmelita.

-- ¿Y qué me dices de San Miguel?.

-- Que por él empezó todo. Vino la primera vez el día 18 de junio, precedido de un relámpago y de un retumbar de trueno, que nos impresionó mucho.

--Esto no me extraña, Conchita, porque ¿no sabes tú que San Miguel es el Príncipe de la Milicia Celestial, porta-estandarte de Dios, triunfador de Satanás?.

-- Pues no, yo no sabía nada de eso.

En otro momento de la conversación, hablando del Niño Jesús, Conchita trataba de explicar cómo iba vestido:

-- ¡Es muy difícil explicar el color de su ropa!. Es como si se vistiera de un poco de cielo, pero no precisamente azul; no sé de qué puede estar hecha su ropa.

-- ¿qué me dices de San José?.

-- Él es el más grande de los Santos del Cielo.

El 24 de septiembre, doña María Herrero de Gallardo escribía desde Santander a su hermana Menchu, residente en Madrid, y le decía sobre la noche de los gritos y la visión del Castigo:

Estuve mucho tiempo hablando a solas con la madre de Jacinta, y me dijo que las vísperas del Corpus habían sido terribles. Las niñas se fueron al "Cuadro", después de avisar a la gente que nadie se acercara más que a cierta distancia, que no pasaran de un lugar del camino desde donde no se las podía ver.

Me decía la madre que se las oía llorar con tales voces y tal horror, que ella quiso correr hacia su hija, para ver qué le pasaba; pero la echaron hacia atrás. Cuando terminó la visión, las niñas vinieron a donde estaba la gente, y las vieron anegadas en lágrimas: pidieron que confesara y comulgara todo el pueblo, que iba a pasar una cosa muy horrible. María, la madre de Jacinta, pasó tal miedo, que no podía dormir.

Meses más tarde pudo hablar con Loli el domingo día 7 de octubre, fiesta del Rosario, y le preguntó, entre otras cosas, por lo que ellas habían visto cuando la fiesta del Corpus:

¡Oh! Aquello era horrible de ver. Nosotras estábamos totalmente espantadas y yo no encuentro palabras para explicar aquello:

Veíamos ríos que se convertían en sangre, fuego que caía del cielo y algo mucho peor aún, que yo no puedo revelar ahora. El mensaje que dimos entonces dice que no esperamos el Castigo, pero que, sin esperarlo, vendrá.

La Virgen pidió a todos que se confesaran y comulgaran.

En este apunte, Marichu recoge lo oído a don Valentín Marichalar, el párroco:

Ya ve, señora, a veces le cuento a usted cosas que no cuento a nadie, porque sé que usted las recibe bien y piensa en ellas, mientras que otros muchos las encontrarían ridículas.

Me acuerdo del día del Apóstol Santiago. Era ya casi medianoche y una veintena de personas asistían a un éxtasis de las niñas. Yo contemplaba a veces el cielo, un hermoso cielo de verano, brillante de estrellas, con alguna que otra nubecilla blanca que atravesaba la atmósfera.

De pronto, ¡yo lo vi con estos ojos!, y también lo vieron las personas que digo, apareció nuestro Santo Patrón Santiago, sobre hermoso caballo blanco, tal como nos lo muestra la tradición histórica española; por unos minutos pareció hacer la ruta celeste, despareciendo a veces detrás de alguna nube y volviendo a aparecer de nuevo. Era de verdad admirable.

El Apostol Santiago indicaba así nuevas batallas por la FE, en el orden espiritual, para la Iglesia y el mundo. La Virgen triunfará finalmente de una manera maravillosa por el poder de Dios.

En otra ocasión Marichu le pregunta a Mari Loli:

-- Dime, Loli: ¿qué Virgen es la que ves tú?.

-- No hay más que una Virgen, aunque pueda tener diferentes advocaciones, como Virgen del Carmen, Virgen del Rosario, Virgen del Pilar.

-- Pero, ¿cómo es la Virgen que tú ves?

Loli hizo una vez más la descripción de la Virgen que ella y sus compañeras habían visto tantas veces, y concluyó con entusiasmo:

-- Pero no hay nada como sus ojos. No se parecen a nada ni a nadie en el mundo. Yo no soy capaz de describirlos, sólo puedo decir que son tan bellísimos, que una no puede hacer otra cosa que mirarlos.

Horas después de esa charla, hacia la una y media de la noche, llegó el éxtasis de Loli:

Cayó de rodillas allí en la cocina, pegada casi a la pared de la izquierda: su cara estaba verdaderamente transfigurada y sus cabellos caían sobre las espaldas de forma muy bonita; sus ojos miraban absortos hacia arriba, hacia el techo, de donde pendían ristras de ajos, cebollas y chorizos. Era una escena del todo doméstica y, sin embargo, llena de encanto, de elevación sobrenatural.

Durante el éxtasis, Loli se levantó y estuvo dando a besar a la visión, como tantas otras veces, muchos objetos que habían puesto allí los visitantes. Hubo aquella noche una especial atención para los misales de mano. Era emocionante ver cómo la Aparición parecía ir besando estos misales página por página, deteniéndose especialmente en algunas; también besaba las hojitas y estampas que había en ellos. Supimos después que la Virgen hablaba a la niña sobre los dueños de aquellos objetos que besaba, dando incluso algún mensaje personal, como en el caso de una joven mejicana que había allí, para la cual hubo algo sobre la muerte de su padre.

Cuando el largo éxtasis hubo acabado, yo pude acercarme a Loli y le dije:

-- Loli, cuando tú pasabas las hojas del misal, las pasabas demasiado a prisa; me temo que la Virgen las haya besado también un poco precipitadamente.

-- ¡Oh, no!, replicó en seguida la niña con la mayor viveza. La Santísima Virgen no lo ha hecho precipitadamente, Ella todo lo hace bien.

Con fecha de 7 de octubre, escribía Marichu a su hermana:

Anteayer, viernes, estuve otra vez en Garabandal. No había nadie y durante todas las horas que pasé allí, me contaron las niñas y sus madres tales maravillas, que esto parece un pozo sin fondo, de donde se va sacando poco a poco multitud de cosas. ¡Cómo disfruté y cómo te recordé!.

Fuimos ver a Conchita, en el momento en que ella salía con su madre para el rosario. Se le pegaron las dos señoras que iban conmigo y ya no pude preguntarle nada camino de la iglesia. Yo me cogí del brazo de Aniceta y me atreví a preguntarle que cuándo iba a ser el anunciado milagro.

-- No lo sé. Lo que sí le digo a usted es que la otra vez, cuando el milagro de la Comunión visible del 18 de julio, ella me decía: Mamá, va a ser un milagruco, y ahora me dice: ¡Va a ser un milagro muy grande!.

El día del Primer Mensaje fue muy especial para Marichu que tiene de este día recuerdos inolvidables que ella vivió personalmente.

El 18 de octubre de 1961 amaneció lloviendo a cántaros en toda la provincia de Santander. Nosotros salimos a buena hora de la capital de la Montaña, y ya en el alto de Carmona, pequeño puerto de unos seiscientos metros de altura, tuvimos que ponernos en caravana, una larguísima caravana de coches, que nos precedían, y que sin duda iban, como nosotros, hacia San Sebastián de Garabandal.

La lluvia, que no paraba, había convertido todo el camino de subida a Garabandal en un lodazal. Sosteniendo en una mano el paraguas y manteniendo libre la otra para los resbalones, emprendimos la marcha a pie. Había trayectos en que lograbas dar un paso, y luego, por el suelo resbaladizo, retrocedías, a lo mejor, dos.

Recuerdo aquella ascensión como un verdadero camino del Calvario, buen símbolo del sacrificio y la penitencia que se nos iban a pedir a todos con el mensaje. ¡Más de tres horas duró nuestra penosísima marcha, a pesar de que la quisimos acortar tomando un atajo, que luego nos resultó bastante más duro que el acostumbrado camino!.

Llegamos hacia la una y media de la tarde. La muchedumbre lo invadía todo en espera del "acontecimiento". Porque yo creo que todos esperábamos no sé qué, algo verdaderamente extraordinario; confieso que yo también lo esperaba, a pesar de que pocos días antes me habían advertido Loli y Jacinta, que no había qué esperar "milagro" alguno, porque a ellas lo único que les había dicho la Virgen era que tenían que hacer público el mensaje, según tantas veces habían anunciado.

Al ver cómo esta todo, me lamenté de no haber ido a misa antes de salir de Santander. Entonces alguien me dijo: "Vete a la iglesia, que están celebrando misas, casi sin interrupción, desde esta madrugada". Corrí, bueno, quise correr, pues era tal la aglomeración, que con dificultad pude ir abriéndome paso hasta la iglesia. Efectivamente, se estaba celebrando una misa, era la última, pues se acababa el tiempo hábil; me quedé asombrada de la cantidad de religiosos y sacerdotes que había allí. Me alegré de no quedarme sin misa, pues aunque no era día de precepto, tenía algo de distinguido, por celebrarse la fiesta de San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de la Virgen.

Al llegar al pueblo y junto a la casa de Ceferino, desde debajo del paraguas levanté los ojos y percibí a Loli detrás de su ventana, en la planta de arriba. Nos miraba a todos con esa su mirada, tan transparente, tan pura, y parecía no admirarse mucho de las multitudes que no cesaban de llegar.

Poco después me encontré con Elena García Conde, de Oviedo, que me dijo: Estoy impresionada. Hablé antes con Loli y ella, de pronto, exclamó: "¡Ay!, Si supieran quién está hoy aquí, entre ellos". ¡Lo ha dicho de una manera impresionante!. Por favor, Marichu, pregúntales tú, a ver de quién habla.

Divisé a don Valentín el párroco; iba de un lado para otro, ajetreadísimo, nervioso. En una de sus pasadas, me acerqué a él, y después de los saludos, se desahogó en seguida: ¡Dios mío! No sé lo que va a pasar aquí. Estoy verdaderamente asustado de toda esta multitud. ¡Y que no les va a gustar el mensaje!".

-- ¡Ah! Pero ¿usted ya conoce el mensaje?.

-- Sí, desde ayer por la tarde, que me lo dio Conchita."

-- ¿Y qué dice, qué dice?.

-- Hay que aguardar. Tienen que leerlo ellas esta tarde. Pero no sé, a mí me parece, no sé, me parece como pueril, como de niño pequeño. Estoy muy preocupado, por la gente, que no sé qué espera.

Aproveché la ocasión para preguntarle lo de Loli. ¿A quién podría referirse la niña con esas enigmáticas palabras?.

Se quedó desconcertado de momento; guardó silencio unos instantes, como pensando, y luego me dijo: No sé; pero bien pudiera tratarse de San José, como hoy es miércoles. Entonces fui yo la desconcertada, pues no sé por qué había pensado que la persona misteriosa de que hablaba Loli bien podía ser el P. Pío de Pietrelcina, el conocidísimo y veneradísimo capuchino de las llagas.

También San José está presente como Patrono y protector de la Iglesia universal a quién la Iglesia le reza:

A vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Volved benigno los ojos a la herencia que con su sangre adquirió Jesucristo. Apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción. Asistidnos propicio desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas. Y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora defended a la Santa Iglesia de Dios, de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad.

El tiempo seguía empeorando, y la gente se cobijaba como podía en las casas y bajo los soportales. Hay que reconocer que los vecinos del pueblo se portaron con la gente lo mejor que pudieron. Y tuvieron que ejercitar no poco la caridad y la paciencia, pues la multitud, que todo lo inundaba, les estropeó sus sembrados, les machacó mucha hierba. A pesar de las considerables pérdidas que todo esto suponía, no oí quejarse a nadie, ni promover alborotos. ¡Podíamos aprender!.

El cielo parecía ensañarse con nosotros. A la lluvia, constante y fuerte, empezó a unirse un frío horrible, que culminó en una granizada y que hacia las cinco o seis de la tarde se convirtió en agua-nieve.

Aunque encontré refugio en una casa, donde me dieron de comer, no podía sustraerme al ambiente de las calles y callejas, animadísimas, en las que podían oírse diversos idiomas, aunque predominando, naturalmente, el español.

El comportamiento del público no era uniforme. Había bastantes mujeres que se portaban mal: bebían, estaban disipadas, sin espíritu de oración y algunas hasta se reían de lo que pudiese suceder, quitándole importancia o atribuyéndolo al demonio. Los hombres, en general, mostraban mayor respeto; y también los jóvenes, que se encontraban allí en gran número.

Era fácil comprobar que quienes habían subido con buena fe, estaban contentos, animados, con las mejores esperanzas; rezaban, y no se cuidaban mucho de las inclemencias del tiempo. Y, probablemente, muchos de ellos ni siquiera habían comido.

Ante cada una de las casas de las niñas videntes estaban apostadas parejas de la Guardia Civil a caballo, impidiendo la entrada de los innumerables curiosos que buscaban a toda costa conocer, hablar y besar a las niñas, verdaderas protagonistas de aquella concentración a escala internacional. En la única casa en que yo logré entrar fue en la de Jacinta, cuya madre, María, me apreciaba, y fue conmigo de una gentileza que nunca podré olvidar.

Conchita, al hablar en su diario de la aparición del día 4 de julio, tercera aparición de la Virgen, escribe:

La Virgen, siempre sonriendo, lo primero que nos dijo fue: "¿Sabéis lo que quería decir el letrero que traía el ángel debajo?", y nosotros exclamamos a la vez: "¡No, no lo sabemos!" Y dice Ella: "Quería decir un mensaje, que os lo voy a decir, para que el 18 de octubre lo digáis vosotras al público", y nos lo dijo. Es lo siguiente...

Luego nos explicó qué quería decir el mensaje y cómo lo teníamos que decir nosotras en el portal de la iglesia y que se lo dijéramos a don Valentín, para que lo dijese él en los Pinos a las diez y media de la noche.

Oscureció muy pronto; no sólo porque a mediados de octubre los días son ya notablemente cortos, sino también porque el cielo estaba del todo encapotado. A eso de las ocho, don Valentín ya no fue capaz de resistir más a las presiones de los comisionados y fue en busca de las niñas, para hacer las cosas, no según las instrucciones que ellas habían recibido, sino a tenor de lo que ellos acababan de acordar. Se suprimiría lo del portal de la iglesia y todo se haría rápidamente en los Pinos.

La voz corrió en seguida por todos los grupos: "¡A los Pinos!, ¡A los Pinos!", y hacia allá empezó a moverse la masa, bastantes estaban ya allí, bajo el terrible aguacero. Marchábamos a trompicones en la oscuridad, chapoteando en una especie de riada de lodo, piedras y palos que bajaba de la vertiente de los Pinos; nos caíamos, rodábamos a veces, gateábamos echando mano a las piedras grandes del suelo o a las zarzas de las orillas. Y a pesar de tantas caídas y trompicones, no supe de nadie que se rompiera un hueso o se lastimara en lo más mínimo. ¿No le parece asombroso?.

Debo confesar que yo acabé la subida de bastante mal humor. Entre el miedo que me causan las multitudes desordenadas, la lata que me dieron a lo largo del trayecto, preguntando y preguntando sin cesar, y la contrariedad de no encontrar allí un puesto a gusto, me fui enervando notablemente. Por fin, me situé arriba de los Pinos, como a unos setenta metros de ellos, en la pendiente de la derecha; la multitud me impedía acercarme más. No se veía del todo mal, porque había muchas linternas encendidas.

Al cabo de un rato, de improviso, entre una multitud que las envolvía, y protegidas por varias parejas de guardias a caballo, aparecieron a ciertas distancia las cuatro frágiles siluetas de las niñas. Cuando ya estuvieron arriba, el agua-nieve que nos calaba y casi cegaba, dejó de caer; las nubes negras y bajísimas empezaron a ser barridas por un vendaval, y apareció la luna. Una luz pálida iluminó entonces los Pinos y al grupo de guardias, niñas, sacerdotes, etc., que estaban bajo mi punto de observación. Confieso que aquello me resultó de pronto verdaderamente impresionante.

Las niñas dieron a don Valentín el pobre papel del mensaje, estaba firmado por las cuatro: Debajo del nombre, cada una había puesto su edad: Conchita González, doce años. María Dolores Mazón, doce años. Jacinta González, doce años. Mari Cruz González, once años, porque según las instrucciones de la Virgen, él debía ser quien lo proclamara en los Pinos.

Pero don Valentín, dice Conchita en su diario, lo "leyó para él solu, y después que lo leyó, nos le dio a nosotras, para leerle; y le leímos las cuatro juntas".

Yo distinguí claramente  la voz infantil de Conchita leyendo el mensaje. Después, porque a las niñas no se les había oído bien, repitieron la lectura en voz alta dos hombres.

Primer Mensaje

18 de Octubre de 1961.


 
 

Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia.

Tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia.

Pero antes tenemos que ser buenos.

Y si no lo hacemos nos vendrá un castigo.

Ya se está llenando la copa y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande.

La Virgen quiere que lo hagamos para que Dios no nos castigue.

Durante las explicaciones del mensaje que la Virgen les fue dando a las niñas, se les mostró una gran copa, dentro de la cual caían espesas gotas de tonalidad oscura, como de sangre. Las gotas de sangre significan los pecados, las ofensas a Dios y el sufrimiento de Dios por los pecados. Por ello la Virgen pide Oración, Penitencia y Reparación. Cuando la Virgen hablaba de la copa y del castigo, se oscurecía su semblante y se apagaba notablemente su voz.

Cuando acabó la lectura del Mensaje en los Pinos, mis amigas se empeñaron en volver en seguida y de prisa a Santander, sin detenernos más en el pueblo y así me perdí algo que por lo visto fue maravilloso: cuando las niñas bajaban de los Pinos, con la Guardia Civil, y la multitud asediándolas, al llegar al "cuadro", entraron súbitamente en éxtasis; dándose la vuelta, empezaron a mirar hacia los Pinos, pues su visión venía de allí, y andando hacia atrás bajaron al pueblo. Creo que todo acabó ante las puertas de la iglesia; y me han dicho que fue de verdad maravilloso.

Yo bajé con la multitud, y como muchos, en parte descontenta y en parte impresionada. Ya no se oía, como a la subida, a grupos que rezaban el rosario o cantaban himnos.

Por debajo del pueblo es cuando empecé a sentir más miedo; la avalancha de gente bajaba con prisas, a toda velocidad, resbalando por el barro y empujando. Para que no faltara nada, se desencadenó una tormenta como no he visto. Los truenos retumbaban atronadores por aquellos valles, y los rayos caían sin cesar, cegándonos de luz. ¡Cuánto invoqué a San Miguel!.

Como me resbalaba y perdía el equilibrio, y temía que la gente acabara pisoteándome, me senté en el suelo, a un lado del camino, abrumada por el miedo. Dos hombres, cuyo rostro no pude reconocer por la oscuridad, me tomaron cada cual por un brazo, y así pude llegar hasta Cosio. No sé quiénes serían; pero de todo corazón digo: ¡Que Dios se lo pague!. El último kilómetro tuve que hacerlo descalza sobre aquel lodazal de piedras sueltas; se me rompieron los zapatos y tuve que tirarlos. Sin embargo, crease milagro o no, no sufrí el menor roce en mis pies, se me quedaron tan intactos como si hubiese bajado sobre una alfombra.

Cuando a hora muy avanzada de la noche me encontré al fin en mi cuarto de Santander, lloré desconsolada. Me parecía que Garabandal había terminado para siempre. Yo no podía dudar de la verdad de las apariciones que había presenciado; me hubiese dejado matar por defenderlas. ¿Qué había pasado entonces en aquel decepcionante 18 de octubre?. ¿Es que habíamos defraudado a la Virgen, y ya no volvería?. Me partía el alma este pensamiento, y así fue aquella noche para mí una verdadera "noche oscura", quizás la única en lo que se refiere a Garabandal".

Dos días después, el 20, se le oyó a Jacinta en éxtasis: Ya no nos cree nadie, ¿sabes?... Así que ya puedes hacer un milagro muy grandísimo para que vuelvan muchos a creer..." La respuesta de la Virgen fue sonreír y decirle: "Ya creerán".

Estoy segura de que ese 18 de octubre tiene que estar plagado de anécdotas interesantes y más o menos inexplicables. De una cosa no puedo dudar: que los Ángeles del Señor tuvieron que velar sobre cada uno de nosotros, para que, como dice el salmo, "no tropezaran nuestro pies contra las piedras del camino". Creo que todos volvimos ilesos a casa; yo, por lo menos, no he sabido nunca de ningún accidente. Y esto me parece un grandísimo milagro.

Todo lo de aquel día se me ha quedado profundamente grabado en la memoria, dándome la imagen de un día de ilusión y de penitencia, quizá pálida imagen de lo que pueda ser el día del "Aviso", pues todo en el ambiente parecía estar para probarnos, y realmente fue una jornada de purificación. Nunca cosa alguna me ha dado tanta impresión del temor de Dios como lo sucedido en aquel día.