Daniela Cuenca González.
Daniela es hermana de Eustaquio Cuenca, llamado Taquio, el indiano que es citado en los libros por las historias que acá ella cuenta.

Vivo en Los Corrales de Buelna, cerca de Torrelavega. Nací en Garabandal y permanecí allí hasta los 21 años de edad. Subía con frecuencia a Garabandal porque tenía allá a mi madre. Antes de las Apariciones, conocía bien a las niñas videntes y eran igual que las otras de su edad.

Uno de mis hermanos me preguntó si subiría al pueblo. Le dije que pensaba ir. Me dijo:

-- Vete porque yo creo que la Virgen se está apareciendo allí.

Yo me eché a reir pero mi hermano me dijo:

-- No te rias, algo está sucediendo allí, no sabemos qué es, pero algo hay.

No le presté mucha atención, era la primera vez que oía hablar de esto. Cuando vine, no me causó mucha impresión porque veía a las niñas desde lejos. Pero después, cuando las ví de cerca, cayendo de rodillas, me emocioné tanto que pasaba noches enteras siguiendo a las niñas en éxtasis. Al caer de rodillas sobre las piedras es como si quedasen allí congeladas con una mirada fija hacia el cielo.

Las luces mas fuertes no las hacían pestañear. Ellas corrían y corrían y al final quedaban tan frescas y tranquilas mientras que los muchachos llegaban sudando y agotados. Todo ello me impresionó mucho porque allí todo sucedía de manera admirable en sus movimientos y expresiones.

Lo que mas me emocionó fue lo que sucedió con mi medalla, que era  una de las que nuestra madre dió a cada hijo para que la llevásemos puesta. La tengo colgada del cuello.

Le dí mi medalla a Mari Loli y le dije:

-- Dásela a la Virgen esta noche para que la bese.

Me dijo:

-- ¿Te vas esta noche?.

-- No, voy a quedarme dos o tres dias.

-- Bueno, ¡es que hay tanto para dar a besar!.

Entonces fui a Jacinta que me dijo lo mismo. En aquel momento cayó en éxtasis delante de mí. Me dijo mi hija:

-- Mamá, pon ahí la medalla.

Asi lo hice; puse la medalla donde ya había una pila de objetos para dar a besar. Jacinta no me vió poniendo la medalla en la mesa. Cuando llegó a dar a besar mi medalla, empezó a hablar y sonreir sin yo comprender lo que estaba diciendo ni el por qué se sonreía.

Antes de irme tomé la medalla besada de la mesa y la puse en mi cuello. Tenía mucha devoción a esa medalla y la besaba con frecuencia.

Después de un mes, pensé que la Virgen ya no se acordaría de haberla besado y se la puse a Mari Loli entre las cosas que tenía en una mesa para dar a besar a la Virgen. No hice bien, pero, Dios me perdone, fue sin mala intención.

Había mucha gente en la cocina. Mari Loli tomó las medallas para darlas a besar y cuando llegó a la mía, dijo:

-- ya está besada, ¿se la pongo en su cuello?... ella está aqui...

Ella pasó entre toda la gente, me dió la medalla a besar por ambas caras, y me puso la cadena con la medalla en mi cuello. Para mí fue un acontecimiento inolvidable. Sentí una emoción grandísima.

Una noche me sentía mal y no querían que saliese, les dije:

-- Mientras esté aquí tengo que ver las Apariciones.

Fui a casa de Mari Loli. Había un médico que le dijo a Ceferino que quería examinar a su hija; Ceferino le dijo.

-- ¡No, usted no toque a mi hija!.

Entonces le mostró sus papeles que indicaban que era en verdad un médico.

Dijo Ceferino:

-- Si es usted un doctor, examínela.

Me fui a mi casa para comer y le dije a mi madre.

-- Madre, hay un médico que parece más un granjero que un doctor.

Estaba horrorizada de su conducta. Volví donde Mari Loli, pero ya la conducta de este señor había cambiado completamente. La madre de Mari Loli me dijo:

-- Mira, ha cambiado de opinión.

El médico tomaba el pulso de Mari Loli, examinó sus ojos y mientras hacía este examen, llega Jacinta en éxtasis y yo le dije:

-- Mire, esa es otra de las videntes, vaya y examínela.

El se volvió, estaba totalmente cambiado, corrió hacia ella, tomo su pulso y le examinó los ojos. Entonces, Mari Loli cogió su Crucifijo y le hizo la señal de la Cruz a este médico varias veces. Finalmente, la niña salió a la calle. La seguimos, éramos unas siete personas. Era una de aquellas noches que había poca  gente. A su vuelta a casa, Mari Loli le volvió a dar la cruz a besar al doctor.

Cuando terminó el éxtasis, el médico volvió a tomarle el pulso y dijo:

-- Exactamente el mismo, aunque estoy seguro que el nuestro es más rápido.

Yo le dije:

-- Esta tarde la niña no hizo nada de extraordinario.

El nos dijo:

-- El andar es suficiente para aumentar el pulso, pero la niña no experimentó ningún cambio. La niña se ha movido con total seguridad en la oscuridad tanto andando hacia adelante como hacia atrás.

El doctor, en lugar de irse, pasó toda la noche andando por el pueblo como sumido en una profunda meditación.

Yo tenía un hermano llamado Eustaquio, que era un Indiano que había estado en Méjico. Mi hermano había prohibido a su hijos y a su tutor, llamado Manín, acercarse a las videntes. Solía decir:

-- Si yo creo o no, no lo quiero discutir pero no quiero que vayáis donde las niñas.

Yo solía decirle:

-- Lo que te pasa es que no te gusta lo que dice la gente de tí, de que hipnotizas a las niñas. Eso no es lo importante, ni es verdad, porque los éxtasis comenzaron antes de venir tú aquí. Cuando la primera Aparición tú no estabas acá.

Un dia le dice mi madre:

-- Escucha Taquio, si tú no vas a los Pinos, entonces iré yo.

Mi madre estaba muy enferma; Eustaquio dijo:

-- Iré y veré a las niñas en éxtasis.

Las niñas estaban en éxtasis en los pinos y dijeron:

-- ¿Taquio viene a vernos?... pero si él nunca viene... ¿viene sobre un caballo blanco?, ... pero si su caballo es negro.

Efectivamente, Taquio no venía en su caballo negro sino en el caballo de un amigo, que era un caballo blanco. Los Guardias Civiles que estaban allí, en los Pinos, miraron desde lo alto y vieron a mi hermano subir con un caballo blanco. Yo no lo vi por mi misma sino que me lo contaron. Todos estaban emocionados ante tal escena.

Cuando mi hermano vino de Méjico, tenía una pequeña cicatriz en el pecho y por eso no quería llevar cadena con medalla porque el roce le irritaba la cicatriz. Su esposa era muy religiosa pero mi hermano era negligente. Con el tiempo se hizo buen católico, gracias a Dios, y esto se lo debemos a la Virgen.

Cuando cogió el avión en Méjico para venir a Garabandal, su esposa quería que llevase puesta la medalla de Nuestra Señora del Carmen pero él le dijo a su esposa:

-- No insistas, ya sabes que roza con la cicatriz e irrita la piel.

Sin embargo, cuando vino, consintió en llevar una medalla que nuestra madre nos había dado a cada uno de nosotros. Mi cuñada vino dos o tres meses mas tarde y un dia Taquio le dijo:

-- Mira, llevo puesta una medalla que me dió mi madre.

Ella no le contestó pero pensó para sí:

-- Ya que llevas una medalla, yo tomaré la tuya, la que no quisiste llevar en Méjico, la de Nuestra Señora del Carmen y yo la llevaré.

Mi cuñada cogió todas las medallas junto con las de mis sobrinos y la de Nuestra Señora del Carmen y fue a casa de Mari Loli que estaba en éxtasis. Empezó a dar las medallas a la Virgen para que las besase pero, cuando Mari Loli llegó a la de Nuestra Señora del Carmen, de repente baja las escaleras y sale de casa. Yo dije:

-- A donde irá; esa es mi medalla, la que Taquio no quiso llevar puesta.

Todos siguieron a Mari Loli. Fue a casa de mi hermano Taquio que estaba jugando a las cartas con algunos amigos en el comedor. Mari Loli subió y le puso a mi hermano la medalla en su cuello. Mientras hacía esto, Taquio decía:

-- No, no a mí, que ya tengo la mia.

La que tenía era una medalla de la Pilarica, de nuestra Señora del Pilar, pero, al mismo tiempo, vió que la que le ponía Loli era la medalla de Nuestra Señora del Carmen que el creía habia quedado en Méjico y dijo:

-- Pero si es mi medalla, la que quedó en Méjico.

Se la había traido su esposa, se la dió a Mari Loli y la Virgen llevó a la niña, en éxtasis, hasta su casa para ponérsela. Tanto le impresionó este acontecimiento que puso en la mesa una señal, una Cruz, en memoria de tan extraordinario suceso.

Un dia, siguiendo a las niñas por la calleja, les oí decir a la Visión:

-- Dicen que alguien nos hipnotiza, pero eso es falso, ¿verdad?... Dicen  que es Taquio quien lo hace... ¿es un hombre bueno, verdad?.

Cuando oí mencionar a mi hermano me emocioné muchísimo. Esto sucedió antes que lo dicho del caballo y de la medalla.

He visto muchos éxtasis, en ocasiones mas que muchos del pueblo porque ellos tenían que ir a recoger la hierba y muchos éxtasis sucedieron cuando ellos estaban lejos y nosotros constantemente seguíamos a las niñas.

El dia que murió la madre de Carmina, vi a Loli salir de su casa, en éxtasis y de rodillas, anduvo de rodillas hasta la casa de Carmina y subió las escaleras en éxtasis; dió el Crucifijo a besar a todos los parientes de la difunta y solo a ellos. Carmina era tía de la madre de Loli. De repente Loli exclamó:

-- ¡Ah bien, ya viene Conchita!.

Bajó las escaleras y en efecto, Conchita estaba en la puerta. Conchita subió y Loli se fue.

El Milagro de la Forma yo no lo ví pero mi hija María Stella, que entonces tenía once años, lo vió. Le pregunté a mi hija:

-- ¿Qué viste?.

-- Vi a Conchita sacar la lengua y allí no había nada. De repente la Hostia apareció allí.

Mi hija iba acompañada de su amiga Celina que también vió la Hostia  en la lengua de Conchita. Ambas quedaron impresionadas y lloraron de emoción. Como el Milagro había sido anunciado de antemano, yo vine aquí para verlo.

Tuve muchas pruebas, entre estas la de oler las fragancias que emanan de los objetos religiosos besados por la Virgen, entre ellos, especialmente, el Rosario de mi madre. Es una fragancia exquisita, que no se sabe de qué substancia es, como un delicado perfume.

Uno de mis hijos, el que menos creía me dijo un dia.

-- Mamá, ¿has echado perfume en tu Rosario?.

Le dije:

-- No hijo, es que, como no creías y no querías olerle, lo dejé ahí y es para que veas que te decía la verdad.

No está permanente allí el olor, sino que, en ocasiones y cuando la Virgen quiere, lo dá como prueba y como gracia que se siente en el alma.

Para mí, aquel pueblo de entonces era como del Cielo, aun cuando muchas casas estaban en tan malas condiciones que no sé si las habría peores en el mundo.

Aquella pobreza está llena del andar de las niñas con Nuestra Señora por el pueblo y, aunque ahora está todo más arreglado, no nos sentimos mejor que entonces, cuando caminábamos con las niñas y con nuestra Madre Santísima por aquellas calles pobres y pedregosas.