Testimonio de D. Andrés Otero Lorenzo 

16 de Julio de 1961, fiesta de Nuestra Señora del Carmen.

No había llegado a la plaza, cuando ví que Conchita pasaba ya, rauda, como traspuesta, y mirando hacia arriba. El señor Otero, hombre fuerte y joven, en sus treinta y tantos años, se fue detrás de ella, dispuesto a mantenerse a su lado.

Dice D. Andrés Otero:

Impresionaba su figura, todo su aspecto. Yo no había visto, ni he vuelto a ver, cosa igual. La cara, totalmente hacia arriba, con una bellísima expresión; los labios entreabiertos, yo no sé si para rezar o para hablar, o para ambas cosas; las manos juntas delante del pecho, y moviendo entre los dedos las cuentas de un rosario. ¡Y su andar!, aquello sí que era único por su gracia y ligereza; parecía llevar un paso normal, y uno tenía casi que correr para no quedar rezagado.

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<>Conchita y Loli en éxtasis.
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Cuando estaban llegando a la altura de la casa de Ceferino, salió de ella Loli, también en éxtasis, con la misma actitud y expresión de Conchita; sin mirarse, se emparejaron perfectamente ambas y continuaron hacia la iglesia, no cogidas del brazo como en tantas otras ocasiones, sino sueltas y sujetando cada una su rosario con las manos ante el pecho.

El templo se llenó rápidamente de fieles; las dos videntes llegaron en su marcha extática ante la misma barandilla del presbiterio, y allí, con una de aquellas caidas que tanto impresionaban y estremecían, se hincaron de rodillas en el suelo.

Según costumbre, dirigió el rezo del rosario una mujer del pueblo y las niñas siguieron en su éxtasis durante él hasta el fin. Cuando los rezos acabaron, ellas se pusieron en pie, salieron majestuosamente de la iglesia y empezaron una marcha extática hacia los Pinos.

No volaban, como a veces se ha dicho por personas que veían las cosas de lejos y en la oscuridad; no volaban, lo pude comprobar bien. Sus pies se apoyaban en el suelo, pero era de un modo que no sé cómo decir. Mirando siempre y sólo a lo alto, jamás tropezaban con nada, ni resbalaban, ni daban contra ninguna piedra, ¡y cuidado que había piedras y cantos por aquellas calles y caminos de Garabandal!.

Sobre todo entonces, porque luego el público que subía iba quitando poco a poco las piedras peores. Yo mismo he quitado no pocas en mis diversas subidas. Ellas marchaban como en volandas, sin volar, y los demás, dando tumbos y resbalones, porque ¡hay que ver cómo está aquello!, sobre todo para recorrerlo a oscuras o con poca luz.

Las niñas pisaban como si los pies tuvieran ojos para acertar a ponerse exactamente en el punto que convenía: siempre sobre las piedras o guijarros, o lo que fuera, nunca chocando contra ellos y con una ligereza y un aire, y un ritmo que no se pueden describir. Yo caí varias veces y tropecé muchísimas más; pero, aunque sudoroso y jadeante, logré no despegarme de ellas: no podía perderme aquella maravilla.

Antes de entrar en "la calleja", a la altura de las últimas casas del pueblo, en medio de la calle estrechada por sus paredes, las niñas tuvieron una de sus "caidas de rodillas". A mí se me paró el corazón con el ruido del golpe que dieron sus rodillas: ¡Ay, Dios! Estas criaturas se han destrozado las rodillas y roto las piernas, me dije. Pero nada de eso, como pude comprobar luego.

Había oscurecido bastante pronto, porque en las últimas horas de la tarde unos nubarrones que venían de la sierra que hay detrás, ensombrecieron bastante el cielo; la gente marchaba como podía, pero en silencio, detrás de nosotros, cuando de pronto, inesperadamente, se produjo la caída. Yo lo veía por primera vez, y me estremeció, porque había que ver cómo se desplomaban de golpe, con las rodillas desnudas sobre aquel suelo de piedras y guijarros: el golpe sonó secamente, como un crujir de huesos.

De rodillas sobre los cantos permanecieron un ratito. Miraban fijamente a algo que estaba delante y por encima de ellas: sonreían, ¡y qué sonrisa más preciosa!, movían los labios como si hablaran o rezaran, pero en un susurro, de modo que apenas se les entendía alguna palabra que otra. Allí era imposible dudar de que ellas estaban con Alguien.

Yo tenía una posición privilegiada, casi pegado a las niñas, y pude observar a gusto. Incluso me permití hacer algunas pruebas: hice ademán de meterles los dedos por los ojos, pasé repetidamente la mano por delante de ellos, ¡ni una contracción, ni un parpadeo!. Estaban totalmente absortas en algo que nosotros no podíamos comprender.

A mi lado, un médico, le ví bien, aunque él trataba de disimular, se atrevió a más que yo, y repetidamente las estuvo pinchando con una aguja en los brazos: tampoco apareció en ellas una mínima señal de que lo hubieran sentido. Y conste que estas pruebas las repetimos en otras varias "caídas" que tuvieron durante la "marcha" de aquella tarde.

Al fin, se levantaron y siguieron hacia arriba, hacia los Pinos. Nosotros las seguíamos como podíamos por aquella larga y difícil "calleja" de las apariciones. Yo no acertaba a explicarme cómo ellas,que no apartaban un momento la vista de lo alto, seguían el camino sin desviarse absolutamente nada, ni a la derecha ni a la izquierda. Y cómo sorteaban toda clase de obstáculos, especialmente en el último repecho, tan empinado, con tantos matojos y plantas espinosas.

<>La Virgen María cuidaba de todos los detalles y de que todo, cuando estaban con Ella, en éxtasis, lo hiciesen bien. Por esto las niñas en sus éxtasis eran felices de estar con su Madre del Cielo.
 

Cayeron de rodillas ante los Pinos, como si alguien las posara delicadamente allí: sin rasguños, sin sudores, sin la más leve muestra de fatiga. En cambio, ¡cómo llegábamos los demás!: sudorosos, jadeantes, con las marcas de nuestras caídas, resbalones y pinchazos. No me extraña que bastantes personas se fueran quedando por el camino.

De rodillas ante uno de los pinos, creo que el del centro, estuvieron un buen rato, rezando, hablando y sonriendo con alguien invisible. Pegando mi oído a su cara, pude captar algunas palabras sueltas; creo que lo que más repetían, cuando hablaban, era esto: ¡Qué bien, qué bien!... Ah, ¿sí? ¡Ay, qué bien...!"

En aquel rato de los Pinos fue cuando mejor pude darme cuenta de lo extraordinario del reír o sonreír de las niñas en éxtasis. Reían con toda su persona, no había allí nada de eso que decimos y que es tan frecuente: reír de dientes para fuera; su risa les desbordaba de dentro, porque yo creo que estaban entonces llenas de una alegría que nosotros desconocemos.

La gente en torno, empezó guardando un religioso silencio, y luego se puso a rezar, dirigida por alguien. Era ya de noche, pero se veía bastante bien a la luz de las linternas. Yo, que no quería perderme detalle, estaba también allí para proteger a las niñas, con Ceferino y su hijo; para eso, de rodillas como estábamos, extendimos los brazos y nos cogimos de la mano, formando como un pequeño valladar en semicírculo, que impidiera a los curiosos echarse encima de las dos niñas.

En un momento dado, yo, para hacer más fuerza, alargué la mano izquierda, que tenía libre, para agarrarme de una de las ramas del pino, entonces había algunas muy bajas, cuando oí exclamar a Loli: "¡Ay, que toca a la Virgen!". Fue muy emocionante.

El descenso de los Pinos tuvo, poco más o menos, las mismas características que la subida. Las niñas, siempre en éxtasis, tuvieron aún alguna otra "caída", bien distinta de las nuestras. Y todo terminó a las puertas de la iglesia.

Cuando las niñas volvieron en sí, pude comprobar más a gusto y más despacio, que ellas, ni se habían roto ningún hueso, ni tenían siquiera una marca en las rodillas. Si esto no es un milagro, que vengan los listos y me digan qué es.

Para colmo de mi sorpresa, ví que las niñas, después de todo aquello, que nos había dejado hechos polvo a los demás, estaban más frescas y enteras que nunca: sin cansancio ni pesadez, como si acabaran de salir del más reparador y feliz de los sueños. Yo estaba, que no me tenía, y el vestido y calzado, daba pena verlos. Yo había ido con unos zapatos casi del todo nuevos, de buena calidad, y al día siguiente, o a los dos días, tuve que comprarme otros.

También me sorprendió mucho en las niñas, que ellas no se habían dado cuenta alguna de las cosas que pasaban a su alrededor y que tenían la impresión de que todo aquello, a lo largo de unas dos horas, había durado sólo unos momentos y que les parecía que apenas se habían movido.

En visitas posteriores a Garabandal, tuve la suerte de ver muchas mas cosas; pero es como si se me hubieran quedado más grabadas las que vi el primer día. Nunca podré olvidar aquello.