Clementina González González.

Clementina es esposa de Pepe Díez, el que fue albañil del pueblo de Garabandal.

Cuatro dias después de la primera aparición, las niñas vinieron a buscarme a casa y me pidieron que fuera con la demás gente para que vieran y creyeran.

Les dije que eso era imposible, que me tomarían por loca, porque el pueblo todavía no creía en las niñas. Yo creía en las niñas. Ellas lo sabían y por eso vinieron a mí. Les dije que avisaran al maestro, Don Francisco, y a su esposa, la Señora Concesa.

Después de llegar a la Calleja, Concesa y yo nos encontramos con Aurelia, la esposa de Ciriaco, quien nos dijo que iba con nosotras a ver a las niñas y de ese modo habría mas testigos.

Las cuatro niñas estaban rezando el Rosario y de pronto pararon por un momento y yo dije a las otras señoras:

-- ¡No están rezando!.

Las niñas tuvieron un éxtasis muy corto; vieron como un cuadro grande de luz pero sin poder ver qué había dentro. Continuaron rezando una Estación a Jesús Sacramentado. Cuando terminaron, tuvieron un éxtasis. Era sobre las 8:30, como cuando la primera Aparición. Cayeron en éxtasis y duró hasta las diez de la noche.

Empezé a llamarlas, primero a Mari Loli, en voz alta, pero no me contestó. Yo estaba conmovida; también llamé a Mari Cruz con voz muy fuerte y tampoco me contestó. Las otras mujeres se estaban riendo. Eran Oliva, Aurelia, Concesa y yo. Quise llamar a Jacinta pero no sé lo que me pasó, me quedé sin voz, por la emoción, y dije:

-- LLámala tú, Aurelia, que yo no puedo.

Aurelia dijo en alta voz:

-- Jacinta, levántate, que viene un rebaño de ovejas.

No era verdad; era para que se moviera de allí. Entoces yo llamé a Conchita muy fuerte. Mi hijo mayor, Manolín, corrió hacia mí, tenía diez años de edad; vino con Angelita y Serafina.

No las veíamos las caras porque estábamos más abajo que ellas. Entonces yo creía y dije:

-- Conchita. Pregúntale a Nuestra Señora del Carmen y al Sagrado Corazón de Jesús que qué quieren de nosotras.

Al decir esto, la gente se reía y me dijeron:

-- Tina, no estés tan segura, puede ser que sea obra del demonio.

Entonces me puse muy nerviosa y dije:

-- Iré a llamar al párroco y a todo el pueblo porque ¡si no creeis en esto, no creeis en Dios!.

Francamente, estaba muy impresionada. Cuando yo dije esto, oimos a Conchita:

-- ¡Oh Virgen Santísima, ellas no nos creen!.

 Yo contesté:

-- Sí, Conchita, nosotras te creemos, todo el mundo te cree.

Con el pasar del tiempo todas fueron empezando a creer y quedando impresionadas. Angelita quiso pasar delante de ellas para ver las expresiones de sus caras pero sintió una fuerza que se lo impidió y dijo:

-- ¡Oh, no puedo pasar!.

Ahora todas estaban con un profundo respeto. El éxtasis terminó sobre las diez de la tarde.

Ellas nos dijeron que habían visto al Angel pero que él no les habló. Le preguntamos a las niñas si el Angel estaba triste. Ellas nos dijeron que cuando Conchita dijo: ¡Oh Virgen Santísima ...!, el Angel sonrió e inclinó la cabeza. Después fuimos a casa; cada una dijo lo que vió. Al día siguiente ya vinieron todos y mucha gente de los pueblos cercanos.

En esta primera época fue cuando todos creían más y sobre todo después que el párroco, don Valentín, dijo:

-- Hasta ahora, todo parece de Dios.

En una ocasión, me sentía muy mal y tenía duda si sería la Virgen quien se aparecía a las niñas. Le pedí a la Virgen:

-- Virgen Santísima, si eres Tú realmente la que te apareces, por favor, ven a mi casa con las niñas.

Apenas había formulado esa petición, cuando llaman a la puerta. La abrí  y era Mari Loli, en éxtasis, seguida de su padre y de mucha gente. Algunos no podían entrar y se quedaron fuera. Al ver a Mari Loli empecé a llorar y su padre, Ceferino, me preguntó por qué lloraba. Le dije de la duda que tenía por cosas que habían sucedido y la petición que había hecho a la Virgen. La respuesta fue tan clara e inmediata que me dí cuenta que realmente era la Santísima Virgen quien se aparecía.

Inmediatamente, Mari Loli, todavía en éxtasis, cayó de rodillas delante de mí y, cuanto más lloraba, mas fuerte ella ponía el Crucifijo sobre mis labios y, antes de irse, me santiguó con el Crucifijo.

En una ocasión, los Guardias Civiles pusieron a las niñas, una en cada casa y ellas llegaron a la Calleja exactamente en el mismo momento. Lo vi con mis propios ojos. La llamada de la Virgen fue simultánea y la llegada a la Calleja también.

En otra ocasión, en casa de Ceferino, Mari Loli tenia una mesa llena de anillos, medallas, rosarios, y más cosas, todo mezclado. Cayó en éxtasis y después de dar todo a besar a la Virgen, la niña devolvió cada objeto a su dueño sin una sola equivocación. Esto tuvo lugar delante de mí. La niña desconocía completamante quién era el dueño de cada objeto.

La noche de los gritos yo estaba allí. Los gritos y llantos de las niñas realmente eran terroríficos. Recuerdo que la gente pedía al monje que estaba allí, que rezase. Los gritos paraban cuando el monje rezaba pero, cuando paraba de rezar, los gritos eran mayores y mas horribles.

Después las niñas bajaron mas abajo de la calleja y nosotros nos acercamos a ellas. Recuerdo que Mari Loli gritaba con sus brazos extendidos hacia el cielo y decía:

-- ¡No, no, espera a que se confiese la gente... da tiempo a que se confiese la gente... lleva primero a los niños!.

Al dia siguiente era la fiesta del Corpus Cristi y fueron todos a Confesar y Comulgar.

Después del éxtasis, las niñas lloraron mucho tiempo porque no querían asustarnos diciéndonos lo que iba a suceder. Nos dijeron que iba a venir algo que era peor que si nos pusiesen en el fuego. Era el Castigo que va a venir sino nos convertimos;  nos dijeron que era peor que si nos quemasen.

En otra ocasión, en la Calleja, Mari Loli y Jacinta, mientras estaban en éxtasis, pidieron a la Visión que realizase un Milagro para que todos creyesen. Ellas repetían lo que la Virgen les decía y lo pude oir bien:

-- ¡Ah, cuando nadie lo crea... cuando nadie crea que te vemos... ¿entonces vendrá el Milagro?!.

Oí estas frases varias veces porque las niñas pedían con frecuencia a la Virgen que hiciese un Milagro para que la gente crea.

Una noche, después del Rosario, mi madre, Aurelia y yo fuimos con Mari Cruz y sus padres, Escolástico y Pilar, a la Calleja. Mari Cruz cayó en éxtasis. La Virgen venía con el Niño Jesús y Marí Cruz decía con ansia:

-- ¡Déjame el Niño un poco, solamente un poquitín!.

La Virgen le dejó el Niño. Mari Cruz le tomó en brazos, le besó y le decía al Niño:

-- Mira, mañana te traeré unos caramelos y algunos dulces.

Estuvo un rato acunando al Niño. Este éxtasis fue precioso. Cuando terminó, Mari Cruz lloró mucho. Mari Cruz lloraba con frecuencia, casi después de cada éxtasis.