Los besos de Nuestra Señora sanan huesos rotos

    Mi historia empieza el 20 de febrero de 1998 cuando retornaba desde mi trabajo del turno noche a mi casa. Era casi medianoche. Cuando estaba cruzando la calle para alcanzar a mi hijo que había venido a buscarme, de repente, surgió un auto y me atropelló.

    Una ambulancia se apresuró a llevarme al Hospital Grace de Scarborough (un suburbio al este de Toronto). Los rayos X revelaron que mi hueso pélvico estaba roto en tres lugares. Mi hueso sacro (en la base de mi columna) también se había roto, pero, a Dios gracias, no se veía ningún daño permanente. No necesitaba una operación. Sin embargo, era muy poco lo que podían hacer los doctores a más de darme analgésicos y monitorear mi estado. No se puede enyesar la cadera.

    Después de una semana en el hospital, fui enviada a casa con los analgésicos y un andador. No podía colocar nada pesado sobre mi pelvis. Hasta el hecho de sentarme era extremadamente doloroso. Caminar era apenas posible. Necesitaba la ayuda de mi familia para moverme alrededor de la casa e incluso para levantarme y acostarme. Soy muy afortunada, ya que una amiga mía, María, era licenciada en enfermería. Venía a casa casi diariamente para controlar mi estado y ayudarme. Se suponía que mi
recuperación duraría varios meses ya que el hueso pélvico es el más grueso del cuerpo y tiene que soportar su peso entero.

    Mis amigos se quedaron muy consternados al recibir la noticia de mi accidente. Rápidamente contactaron con el Obispo Roman Danylak, quien se encontraba todavía en Toronto por aquel entonces. La semana después de retornar a casa, él fue tan amable como para venir a visitarme y traerme la Santa Comunión. Luego dijo una oración sobre mí.

    Una semana más tarde, otro amigo mío, Johnny McGillion, llamó al Dr. Michael y a Helen Rozeluk y les pidió si podrían venir a mi casa para rezar también por mí con sus medallas que fueron tocadas por el Besode Nuestra Madre Bendita en Garabandal. Nunca antes había conocido a Michael y Helen, pero quise verlos después de haber escuchado sobre la cura del Doctor Michael y La visita de Nuestra Señora a Garabandal. Hicimos arreglos como para que vinieran  la noche siguiente. Esto fue en marzo, el 11, de 1998.

    Cuando llegaron, María ( mi amiga enfermera) ya estaba allí. Me tomó una buen rato hacerme camino hasta la sala de estar donde mi hijo había recibido a Michael y su esposa. La novia de mi hijo también estaba presente. El dolor en mi cuerpo era atroz. María me ayudó a incorporarme entre Michael y Helen. Para aliviar la presión sobre mis caderas colocó un sofá-cojín bajo mis pies. Conversamos un rato. Me contaron sobre las apariciones de la Madre Bendita en Garabandal, sobre sus mensajes (vea los mensajes de Nuestra Señora), sobre la milagrosa curación del Doctor (vea Curación del Dr. Rozeluk). Luego les solicité que rezaran sobre mí con sus preciosísimas medallas que llevan el beso de Nuestra Señora en ellas.

    En adición a sus medallas, Michael también sacó de su bolsillo un crucifijo especial que contenía un pedacito de la Cruz Verdadera de Cristo. Cuando María lo sostuvo en sus manos, experimentó algo muy especial. (Esa historia se relatará en otro momento).  A causa de esto, el Doctor insistió en que debíamos llamar al Obispo Danylak inmediatamente después de la oración. Durante todo esto, yo estaba mitad sentada mitad acostada y, naturalmente con mucho dolor.

    Ellos colocaron sus medallas en mis caderas y hueso pélvico. Empezaron a rezar. Las medallas se tornaron calientes y luego el dolor súbitamente desapareció. ¡grité que el dolor había desaparecido! Helen de repente preguntó si podía pararme. Sin siquiera pensar al respecto e inclusive antes de que alguien pudiera reaccionar, simplemente me levanté sin ningún tipo de apoyo. Mi hijo estaba todavía agachado tratando de alcanzar mi bastón para pasármelo, y ahí estaba yo, parada ante él. Es imposible describir el semblante atónito en su rostro.

    En ese momento, Michael fue a la cocina para telefonear al Obispo Danylak. Mientras estaban conversando comencé a caminar. Fui hasta la cocina por mí misma, luego al comedor, a la sala de estar, y demás.....una vez y otra vez. Todos armaron un bullicio, gritando de alegría. El obispo Danylak quería saber que estaba ocurriendo. Cuando Michael se lo contó, pidió hablar conmigo inmediatamente.

    Tomé el teléfono y le repetí al Obispo precisamente lo que acabo de escribir. El alabó a Dios y le dio gracias. Luego nos pidió reunirnos todos alrededor del teléfono y hacer una oración de acción de gracias a Dios. Eramos seis alrededor del teléfono y el Obispo el séptimo. Luego me bendijo y nuestra conversación terminó.

    Como los Rozeluks ya estaban disponiéndose para partir, sentí suma urgencia en subir las escaleras de mi casa. Mi hijo no quería que lo intentara pero yo sabía que podía lograrlo. Hubo más gritos de alegría cuando caminé escaleras arriba sin siquiera usar la barandilla de las escaleras. Llegué a lo más alto, me di la vuelta y declaré no sentir dolor EN ABSOLUTO.  Después bajé esas escaleras otra vez. Lloré! Todos lloramos. Michael y Helen me pidieron realizar unas nuevas radiografías de mi pelvis. Estuve de acuerdo.

    Aquella noche me acosté totalmente libre de dolores y muy, muy feliz. La mañana siguiente, cuando María llamó a preguntar que tal me sentía, ya había estado levantada desde poco antes, cocinando un montón de cosas en mi cocina después de una muy sosegadora y maravillosa noche sin dolor.

    Una semana más tarde, me uní a Michael y Helen en la Catedral Católica Ucraniana de San Josafat para asistir a Misa, y subí las varias escaleras de entrada del templo por mí misma, sin auxilio externo. Me hice las radiografías de pelvis otra vez y mis huesos se habían sanado normalmente. Estoy bien, y le agradezco a Dios continuamente por mi salud y este milagro maravilloso en mi vida.

    Ya ha pasado cerca de un año desde que ocurrió este maravilloso milagro.  Obediente a mi querido Obispo, escribo esta historia y les estimulo a otros a que crean en verdad. Nuestro Señor Jesucristo tiene el corazón más maravilloso y misericordioso. Su Madre María puede e intercede por nosotros todo el tiempo, pero tenemos que vivir como Nuestra Señora lo requiere y obedecer las leyes de Dios. Agradezco a Jesús todos los días por Su amor y por los besos maravillosos que Su Madre hubo dejado en esas medallas y en muchos otros objetos benditos en Garabandal. Ella prometió aquella vez, que a través de Sus besos, Su Hijo realizaría varios milagros y prodigios. Ciertamente, Sus palabras se han hecho realidad una vez más. Amén.

Angela Bolcic
Scarborough, Ontario, Canadá

20 de Abril de 1999


Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.