Jaroslava Julianna Borzemsky.

Puse la medalla en mi ojo, poco después sentí una paz celestial,
me dormí y cuando desperté estaba curada.
 
 

Por el beso que he dado, mi Hijo hará prodigios.
 

12 de noviembre de 2003.

Esto me sucedió en el otoño del año pasado, el 2002.

Cada dos años paso revisión de mis ojos. Como ya me tocaba revisarlos, fui a mi cita en la clínica del prestigioso oculista, Dr. Dello Russo.

Es difícil obtener una cita con el propio médico porque él usualmente está de visita por otras clínicas, operando casos difíciles y complicados.

Los exámenes son hechos generalmente por otros médicos, oftalmólogos cualificados, con la ayuda de sus ayudantes técnicos.

Ese día, una joven ayudante puso gotas en mis ojos para dilatar los iris para el examen. Ella debía poner una gota en cada ojo pero, accidentalmente, vació la mitad del frasco en mi ojo derecho.

Enjugué rápidamente el líquido y no pensé más en ello. El examen del ojo fue muy bien y fui a casa. Era de noche. Después de cuatro horas, tenía problemas al mirar la luz; el ojo me dolía y sentía picores. Me dormí en estas condiciones.

Me desperté alrededor de las dos de la mañana. Con mi ojo derecho veía el cuarto como si hubiese humo gris que se espesaba cada momento. Con ese ojo veía cada vez más oscuro. No podía volver a dormir porque el ojo empezó a dolerme.

Comencé a rezar porque me sentía impotente. Después de media hora, ya no podía ver con mi ojo derecho, se quedó ciego. El dolor aumentó y se volvió insoportable. Estaba asustada, solo podía ver con un ojo. Me di cuenta de que esto podría terminar en un pleito con la clínica. Pero yo no quería indemnización. ¡No, en absoluto! ¡Quería mi vista! ¡Quería ver!

Recé con fervor a Dios:

 ¡Dios misericordioso, Señor todopoderoso, yo confío solo en Ti, dame mi vista, la salud de mi ojo! ¡Te daré gracias cada día, mientras viva!.

El dolor era cada vez más horrible y estaba sola. Me acordé de la medalla de Nuestra Señora de Garabandal que poco tiempo antes recibí del Dr. Michael y Helen Rozeluk de Toronto.

La medalla estaba en el joyero, pero me temblaban las manos, estaba asustada. Pedí ayuda a la Madre de Dios y mi Madre. Busqué en el joyero.

¡De repente sentí algo pequeño y plano, era la Medalla! ¡madre María, Ella misma la había levantado hasta mis dedos!. Puse la medalla en mi ojo o en la cuenca del ojo porque es como si no tuviera mi ojo allí, no lo sentía.

Inmediatamente sentí una paz celestial, me entró el sueño y, como si un suave calor me envolviese, me quedé dormida. Cuando me desperté, ya estaba amaneciendo. Miré el reloj despertador y veía claramente con ambos ojos, eran las cinco de la mañana. ¡No tenía dolor!

Pensaba, ¿esto es un sueño o realidad?. Toqué mis ojos, ambos ojos estaban allí y en el ojo derecho estaba mi medalla. ¡Fui curada! ¡Milagrosamente curada! ¡Qué alegría! Tomé la medalla y la besé repetidamente una y otra vez.

Me arrodillé junto a mi cama y me santigüé con la medalla. Di gracias a Dios, a Jesús, a Madre María de Garabandal por esta curación maravillosa. En mi entusiasmo, no encontraba palabras para expresar mi gratitud a Dios; arrodillada le di gracias con lágrimas de alegría.

Por la mañana, notifiqué a la clínica lo que me había sucedido. Esta vez, al ser un asunto grave, el Dr. Dello Russo estaba presente. Me pidió ir a la clínica en seguida y que le explicase todo.

El doctor examinó mis ojos de nuevo. Todo estaba completamente bien. Mis ojos estaban normales, ilesos. Le mostré la medalla. ¡Admitió que esta curación, sin un médico o una intervención médica, era un milagro!

Por el diagnóstico, el glaucoma agudo habría dejado mal el ojo. Me dio gracias cuando le aseguré que no tomaría ninguna clase de acción legal.

Ya pasó un año. Mi ojo está muy bien. Cuanto prometí a Dios, así lo hago: dar gracias cada día por esta gracia tan especial.

Jaroslava Julianna Borzemsky
New Jersey, EE.UU.