Desde la República Argentina
BOSQUEJOS DE GARABANDAL

Los Milagros o Favores de Nuestra Madre de Garabandal , Maria Josefa Villa de Gallego

Era al atardecer y ya se iba el último día del pasado mes de agosto. Yo estaba sentado en una tajuela, bajo el manzano, cuando llegó Tino. Venía de segar y traía en un carretillo una pequeña sarcia de verde.

- Hoy no hemos hecho nada, me dice; por la mañana, ya ve, salió lloviendo y ahora mire que torres se levantan hacia poniente.

- Pero mire que sol tenemos, le digo. No se queje.

- ¡Que más da! La tarde ha refrescado y el agua caída no se la quita el sol a la braña; veremos mañana, a este paso no hacemos el verano.

En aquel momento por la calleja bajaba Julia. Traía en la mano las abarcas y bajo el brazo la garrota y el paraguas. Ya tiene años Julia, cerca de 70, pero a pesar de los años y como a buena montañesa no le abruman las escarpaduras de los montes que sube y baja como si tal cosa.

Subían en aquel momento medio rezando y de callada dos peregrinos. Parecían padre e hijo. Al pasar saludaron y siguieron su camino.

- Mucha gente ha subido hoy, comenté al verles.

- Esta mañana, dice Julia, tropecé en los pinos a una mujer; me dijo que habla venido aquí desde la Argentina.

- ¿Es Ud. de acá? Me preguntó al verme.

- Si, señora, le contesté.

- ¿Sabe Ud. cuál es el pino en el que dicen que puso los pies la Virgen? -Volvió a preguntarme.

- Pues sí, señora, que yo estaba presente y se lo oí a la cría que lo parlaba con la aparición: "¿Pues cómo te posas en esa caña? ¿No ves que está seca? ¿No ves que se puede romper y te puedes caer?". Eso se lo decía la cría a la aparición y yo se lo oí así, tal como se lo digo. Ahí en ese pino fue.

Vi que la mujer no podía contener las lágrimas.

- ¿Por qué llora, mujer? -le pregunté. Ella me contestó:

- Mire, yo tenía una hija y la tengo gracias a Dios. Entonces tenía 29 años, estaba casada y tenía esta niña. Mire que linda, me decía enseñándome la foto de la nieta. Un día cayó enferma esta hija mía, la llevamos al médico y éste nos dijo que era un cáncer lo que tenía. Comenzó entonces el calvario de los médicos mientras ella, mi hija, iba de mal en peor. Ocho médicos la llegaron a ver y todos dijeron lo mismo y al final todos coincidieron en el mismo tratamiento: "aliviarle los dolores, la ciencia ya nada tenía que hacer, sólo un milagro la puede salvar"

- Así quedaba mi hija desahuciada. Fue entonces, créame Ud. cuando en el dolor que sólo Dios sabe, perdido todo recurso humano, me hablaron de Garabandal. Y acudí, como a una última tabla de salvación, a la Virgen de Garabandal y le supliqué que sanara a mi hija, prometiéndola que si lo hacía vendría a visitarla aquí, al lugar de sus apariciones, para darle las gracias.

- Desde aquel día empezó a mejorar, la vieron los médicos y no querían creer lo que veían: "el cáncer había desaparecido; no puede ser decían, no lo entendernos". Lo cierto es que estaba curado, la Virgen la había curado, la Virgen de Garabandal. Por eso cumpliendo la promesa, estoy aquí. Y comprenderá ahora porque lloro. ¿Qué otra cosa puedo hacer aquí en Garabandal?

Al llegar a este punto de la historia sacó Julia del bolsillo un rosario de cristal.

- Tome, me dice, está hecho pedazos. A ver si lo puede arreglar. Lo encontré a los pies del pino.

- Trataré de arreglarlo, le digo.

Echó una carta la mujer en la capilla y me preguntó si la leería el párroco. Yo le dije que no la leería el párroco, que no sería el párroco quien la recogiera de allí. Allí pues quedó la carta.

Cuando Julia se fue le digo a Tino:

- Voy a ir por esa carta que dice Julia.

- Es lo mejor que puede hacer, porque ya sabe, la cogen los críos y la rompen.

- Me servirá de testimonio, le digo.

Ni corto ni perezoso subí a la capilla. Allí estaba la carta y no estaba cerrada; la desdoblé y decía así:


"Madre Milagrosa 31-8-73.

Desde la República Argentina vengo a arrodillarme a tus pies, pues Tú mejor que nadie sabes del milagro que hiciste al salvar a mi jovencísima hija de una mortotonía total. A coro todos gritaron ¡milagro!

Gracias mi divina Madre y aunque España te desconoce yo ruego con esta humilde esquela que te vean como lo hace mi corazón de Madre tan agradecido.

Tu hija, Josefina".


Firmado: Jaime García Llorente San Sebastián de Garabandal, 4 de septiembre de 1973.