Aniceta González

Aniceta, en el centro de la foto, con sus cuatro hijos. De izquierda a derecha: Miguel, Aniceto, Conchita y Serafín, año 1965.

 
Aniceta González:

Aniceta es la madre de la vidente Conchita González.

Mi hija es una muchacha muy buena. La llevaba a la Iglesia conmigo. Después del rosario hacíamos un Vía Crucis y rezábamos.

18 de Junio de 1961.

A Conchita le tenía dicho: tienes que venir a casa siempre de día, nunca de noche. Ese día estaba preparando la cena, era el mes de junio. Serían sobre las nueve o así, todavía era de día; pero es que, aunque era de día, a mí me parecía un poco tarde. Cuando vino estaba pensando: si hoy me vienes un poco tarde, mañana me vendrás más tarde, has de venir aquí a la hora.

En esto, entra Conchita y traía los ojos de llorar. Se arrima aquí, a la puerta, a esta mano izquierda según entro:

-- Mamá, hoy he visto al Ángel.

-- ¿Al Ángel?. ¿Además que viniste tarde, ahora me vienes a mí con esas tonterías?. ¡A mí no me hables de eso, eh!.

Pensé que me venía engañando para que yo no la regañara. Ella se quedó arrimada a la pared. Yo no le dije nada, pero me dio un escalofrío por dentro, sentí una cosa rara. Me dije: ¿Qué será esto?. Pero bueno, nada le pregunté. La aparición fue un domingo.

El lunes estábamos ayudando a una señora. Aquí, siempre, cuando hay una señora que no puede o que ha dado a luz o que está un poco enferma, tenemos costumbre de ir a ayudarle todas. Precisamente estábamos sallando en esa tierra de ahí adelante, una tierra de maíz, de panojas, que era de esa muchacha hermana de María. Estábamos allí como unas 14 o 15 señoras y jóvenes, todas juntas.

Y decían:

-- Desde luego, algo pasó, tenían una cara que daba pena verlas, de pálidas que se quedaron.

Y yo callar; yo lo que quería es que no se supiera nada, nada. Tenía una cosa dentro, pero no quería que nadie supiera esa cosa. Al venir de la aparición se tropezaron con la maestra y fueron a la iglesia a rezar una estación y luego fueron por el baile a donde estaban las otras. Yo no lo vi, pero lo contó Conchita. Conchita vino a casa con miedo de que la regañara.

Entonces yo les dije a esas señoras:

-- No seréis vosotras tan niñas como ellas. Ya sabéis que las niñas, a veces, van corriendo por ahí y dicen: ¡Ay, hemos visto un "tiu"!. Eso es lo que ha pasado, y no es otra cosa. Vosotras creéis eso y eso no se debe de creer.

Un "tiu" le llamamos nosotros a una cosa que da miedo.

Yo tenía una cosa aquí dentro que no sabía lo que me pasaba; pero no quería que lo supieran. Todavía tardé unos días en ir a verlo; me daba vergüenza.

Donde está ahora la casa de Serafín, en esa casa, yo tenía ahí el cerdo, que llamamos el marrano, y le iba a cebar allá. Las apariciones estaban allí donde aquel manzano de la casa del sevillano. Cuando fuimos allí, Conchita estaba conmigo, nunca se separaba de mí, y, al ir a cebarle, dice:

-- ¡Mamá, mira la gente que hay ahí arriba!.

Me daba vergüenza que me vieran. Había allí gentes de los alrededores, de los pueblos.

-- Cállate la boca.

Decía yo. Y en esto Conchita se fue para allá, para donde estaban las otras. Decía:

-- Mamá ven, ven que hay mucha gente.

Yo no quería que nadie me viera y me echaba para un lado para que nadie me viera. Pero no pudo ser; me vieron y me vine a casa. Pero después ya había aquí tanta gente que me había visto que ya fui allá y la vi en éxtasis totalmente, y yo dije:

-- Esto es verdad.

Una persona inconsciente, como estaba yo, pues no sabía lo que era; no sabíamos ni qué eran éxtasis, ni que existieran ellos. Pues aquí algo hay. Me acordé  de Lourdes y de Fátima. ¿Por qué, lo que ha pasado en otro sitio no puede pasar aquí?. Ese día estaban las cuatro niñas allí.

Loli, Conchita, Jacinta y Mari Cruz.
Aniceta, detrás de Mari Cruz, mira atentamente a su hija Conchita.

Yo tenía costumbre, en el mes de mayo, de ir a la iglesia a hacer una visita por las tardes. Había Misa, porque entonces había sacerdotes todos los días. En el mes de junio estaba más atareada con la hierba, con la tierra de sallar y ya no podía ir a la iglesia.

Era el Corazón de Jesús y le rezaba en casa. Según iba haciendo la cena, estaba así de rodillas con el libro ese que se pasaba de casa en casa un día al mes. Ese día, en el libro, había un imagen del Niño Jesús. Estaba Conchita arrimada a mí y, al yo darle vuelta a la hoja, dice:

-- ¡Ay mamá!. Igual que esa estampuca que tú tienes ahí, es el niño Jesús; es el que vemos.

Yo, sin darle color a las cosas, sencillamente le dije:

-- Pues esto es una miniatura, ¡es chiquitísimo!.

-- Ah sí, es un poco mayor, pero es de ese color.

El niño sobre la imagen era un angelucu muy mono. El libro ese lo tropecé yo al otro día, pero ya la imagen no estaba allí.

Yo vi todos los éxtasis de Conchita a los que pude ir, todos, aparte de uno o dos, de tantísimos que vimos. No me quedaba por nada. Como yo pensaba que era la Virgen, yo decía:

-- Ella también ha seguido la Pasión, yo también sigo por aquí a mi hija por donde la Virgen la lleva; ¿por qué no?, que esto no me cuesta nada.

Conchita más bien tenía las llamadas en casa y tenía los éxtasis en casa y después salíamos a los Pinos, al cementerio, a las calles por el pueblo, a la iglesia. Con frecuencia salía sobre las 2, 3, 4 y 5 de la mañana. Después del mensaje, Conchita no tenía más que cuatro apariciones a la semana, una a cuatro por semana.

En éxtasis, se le ponía una cara guapísima. Andaba sin cansancio ninguno, sin agotamiento ninguno y salía del éxtasis con alegría. Cuando esas carreras tan grandes, los chicos y los mios, que eran fuertes, venían a casa chorreando agua como si se hubiesen metido en una piscina, de sudor, y ella estaba fresca, normal; tenía el pulso normal y todo.

Las otras tres niñas también entraron en mi casa, en éxtasis. En una ocasión las separaron, para ver si coincidían. Aquí estaba la mía, las otras estaban en sus casas, que las tenían separadas, y salieron corriendo y se encontraron juntas en el mismo momento. Eso lo ví yo.

Conchita decía a la Virgen:

-- Mi madre es muy fea, es muy negra, está cana...

Y estaban allí unos cuantos sacerdotes y decían:

-- Nó, cana nó.

pero algo cana si que lo era.

Decía ella:

-- Hace un minutín que estás aquí... ¿una hora ya?...

Le decía a la Virgen. Y entonces los señores miraron a un sacerdote que dijo:

-- Exacto, una hora.

Hablaban bajito, pero todas dijeron al mismo tiempo:

-- ¿Una hora?.

A mi hija la vi caer en éxtasis muchas veces, incluso del fogón, en la cocina. Si tenía el éxtasis cuando estaba sentada en el fogón,  se tiraba abajo de rodillas y no le pasaba nada. Sonaba como si cayera un hueso encima de una piedra y se oía perfectamente y, al salir del éxtasis, normal, sin ningun dolor ni daño en las rodillas.

Yo, a Conchita, la ví dar medallas y objetos besados y todo eso sin mirar a quienes les daba, así muchos casos, a montones. Una vez veníamos por las casas de los Marinas, y resulta que, al venir por ahí, una señora metió una alianza en el bolsillo de Conchita; cuando iba andando un poco más para adelante, dice:

-- ¡Ah!, ¿que traigo una alianza?. No..., que no la traigo...

Al parecer la Virgen le decía que sí. Conchita mete la mano en el bolsillo y saca la alianza; la dió a besar, se vuelve para atrás y se la dió a un señor que me parece que era de Bilbao, que era maestro.

Casos así a montones. Otra vez, llegó aquí un joven con una señorita, unos novios. Este chico iba de tal forma que me parecía un bandolero. Yo creía que eran, pues eso, dos jóvenes novios. Llovía muchísimo, estaba lleno de gente aquí. Conchita, en éxtasis, entra en la casa. Estaba ahí mi hermana, entre muchísima gente. Y le dice a mi herrnana el señor ése:

-- Déle esta Cruz a la niña.

Y dice mi hermana:

-- ¿Para qué se la voy a dar si no cogen nada?. En éxtasis no coge nada.

-- Pues désela usted a su madre, para que su madre se la dé.

Viene mi hermana y me dice:

-- Toma, dice ese señor que le des esto a Conchita.

-- ¿Para qué se la voy a dar si no la coge?.

Entonces me vino una idea. Era una cruz colgada de un cordón; me vino la idea de colgarla a Conchita en los dedos, ya que Conchita tenía las manos juntas. Conchita insistía con la Visión:

-- Que no traigo nada. Que no traigo nada...

Esto se lo oía bien, aunque lo decía bajo; yo estaba muy cerca de ella.

-- Pues cógelo, si traigo algo.

En esto, Conchita dió un paso para adelante, tiró las manos abajo y, al tirar las manos, cayó la cruz, y, al dar el paso, pisaba la cruz.

-- ¡Ah!, ¿que la piso?.

Baja y coge la cruz, en éxtasis, se la dió a besar a la aparición, se vuelve para el señor ése, le persignó con la cruz y se la dió a besar. Y vuelve otra vez a dar la cruz a besar a la Visión, y dice:

-- Con un hábito tan bonito que es el de los dominicos, ¡qué pena que vengan así!.

Entonces, vuelve al señor, le quita las gafas y se las coloca en las manos; el señor tenía miedo y le digo yo:

-- No tenga miedo de que se las rompa.

Le persignó, le dio a besar la cruz y luego se la colocó al cuello; y, al colocársela al cuello, en vez de poner la imagen para fuera la puso para dentro.

-- ¡Ah!, ¿que la puse al revés?.

Le quita otra vez el cordón, le dá la vuelta y se lo volvió a colocar. Luego le abre la mano, le coge las gafas y se las pone. Y volvió a decir:

-- ¡Qué pena que vengan así, de esta manera!.

Era un padre que venía fingiendo, vestido de paisano, con una señorita que era su hermana y venían como dos novios, pero eran un hermano y una hermana, tenían la tienda ahí mismo, al lado. De estos casos podría contarle muchísimos, muchísimos.

Un día, en mi cocina, tuvo una levitación, pero yo no lo ví. Estuvieron aquí hablando de eso el Brigada Juan Seco, Don José Ramón, el doctor Ortiz y muchos que estaban aquí, unos cuantos sacerdotes también.

Doña Mercedes Salisachs interviene en este momento:

-- Yo oí que hubo una levitación; yo no la llegué a ver porque había tal cantidad de gente; pero todo el mundo decía:

-- ¡Se está elevando, se está levantando del suelo!.

pero yo no lo ví. A quién ví fue a Loli, a Loli la ví en levitación. Era muy corriente eso.

Conchita, la primera noche de los gritos, no estuvo, porque estaba enferma en casa; tuvo el éxtasis, pero no salió. Incluso escribió una carta que yo no sé para quién era. Sin mirar y en el aire, escribió la carta perfectamente. Había muchísima gente que lo vió; el papel en el aire, sin apoyar en ningún sitio.

Tampoco ví el milagro de la Forma. Me dijo ella una noche:

-- Mamá, si quieres, te digo el milagro, el milagrucu.

Lo había anunciado a otras en el pueblo, pero a mi no. Yo de esas cosas nunca quise saber nada antes que otros, porque me parecía una cosa tan grande. Yo quería esperar como todo el mundo; nunca le pregunté nada, nunca jamás; pero decía ella:

-- Te lo puedo decir.

Aquí mismo estaba mi hermana, y dice:

-- Dí que sí, dílo.

-- Dí que no, no lo digas, a mí no me digas nada, ya lo veré.

Y entonces me dice.

-- ¡Mamá!, me ha dicho la Virgen que te lo diga.

-- ¡Ah!. Pues si te lo dijo la Virgen, entonces haz lo que quieras; pero a mi no me interesa porque yo quiero ser una como todo el mundo, como si no fuera yo nada, cuando lo vean los otros lo veo yo también.

Y entonces va y dice ella:

-- Pues es que se me verá la Forma el día que comulgue.

- ¡Uy!, ¿y eso me dices que es un milagrucu?. Eso es el mayor milagro que puede haber en el mundo, lo mayor que hay: la Eucaristía.

-- Pero entonces, tú, después que se dé este milagro, ¿creerás?.

-- Sí, sí, totalmente.

Me puede decir el Padre Santo: pues no es verdad, que esto fue un fenómeno a algo así. Yo me quedaré con lo que dijo el Padre Santo pero para mis adentros yo me quedo con que tú comulgaste de las manos de un Ángel.

Asi le contesté, pero yo no lo vi. Estaban tres hijos fuera de casa, uno estaba en casa con las vacas. Yo pensé para mis adentros, y dije: si vienen los cuatro hijos y se juntan, yo me voy a la iglesia y, mientras el milagro, estoy ahí rezando. Que lo vea otro.

Quería hacer un sacrificio. Serafín, el mayor, no vino porque hacía poco había marchado a un trabajo. No me interesé en correr a verle. No lo ví pero sentí los gritos desde casa; había mucha gente. Yo sentí los gritos, unos gritos y digo:

-- ¡Ay, ya me la mataron!.

Pensé así, que me la mataban o que me pegaban a los hijos; había Guardia Civil y toda la gente. Yo la pensé muerta. Y digo:

-- pero, ¿qué pasa?, ¿qué pasa?.

-- ¡Que lo ví, que lo ví!.

Vino una señora y me cogió por un brazo, me llevaba arrastras:

-- ¡Que lo ví, que lo vi!.

--Pero, ¿qué fue lo que viste?.

-- ¡Ví la Forma!.

-- ¡Ah!, bien, si viste la Forma, entonces, ¡gracias a Dios!.

Yo ya quedé tranquila totalmente. Entonces quedé con una felicidad tan grande que para mí ya se acabó todo.

Aniceta tiene un recuerdo especial para Pepe Díez porque fue el que estuvo al cuidado de Conchita durante el día del Milagro:

Es que ese Pepe, como faltaba uno de los muchachos y quedaba el otro, el mis chico, aquí con las vacas, le dije yo que a ver si por favor protegía algo a Conchita. El vió mucho, mucho de lo que pasó. Y era la mía con la que andaba, porque la protegía, con la gente que había y cuando lo de la Comunión visible también estaba allí él. Yo se lo pregunté a él y me lo contó. También estaba Benjamín, que entonces yo no conocía.

Un día me dice uno de los muchachos, Aniceto, el que murió:

-- Madre, hay un señor ahí que quiere coger a Conchita. Yo no le dejé, le dije que te lo pidiera a tí.

Iba ella en éxtasis para arriba, para la Calleja, y él me dijo quién era Benjamin. Y entonces yo le dije a Benjamín:

-- Oiga, puede cogerla ahora mismo; Conchita está allí de rodillas en la calleja, puede cogerla.

No sé por qué permití que la cogiera, porque yo no quería que anduviesen con ella. Pero Benjamín era un señor que me parecía bueno y con una cara seria. Se puso a cogerla y no la levantó. Y dije yo, después de que se acabó el éxtasis, que vino aquí a la cocina:

-- Oiga señor, ¿puede volver a cogerla?.

-- Nó, nó; para mí ya hubo bastante.

Una noche, andaban unos que tenían mala pinta y Serafín le dijo a don Valentin:

-- Voy a meter a Conchita en casa, no puedo con la gente esta noche.

-- Pues métela, métela en casa.

Llegó Conchita en éxtasis; va Serafin, le abre la puerta, que traía la llave, y la coge aquí. Dice que en su vida ha cogido un peso tan bárbaro, y Conchita tenía 12 años. Que la subió; pero dice que un peso como ese en su vida lo ha visto, pero no la subió nada más que ahí mismo.

Decía Conchita, en éxtasis:

-- ¡Ah!, ¡me quieren cerrar!... pero yo ya ves que me voy contigo.

Serafín al oir esto dijo:

-- ¡Anda, vete, bendita de Dios!.

La niña se sentía completamente segura estando con la Virgen. Esto también lo oí yo porque al abrir la puerta me metí para adentro.