Angelita Cosío

Dice Angelita:

Oí hablar de las Apariciones desde el principio. Decían que habían visto al Angel. Venían de donde estaba el manzano y venían como asustadas.

Ellas siempre decían lo mismo aun cuando al principio la gente no las creía. Incluso algunos muchachos fueron a tirarles piedras pero, a pesar de todo, ellas continuaron yendo varios dias al mismo sitio.

No presté mucha atención porque pensaba que no podía ser verdad. Unos días después fui a ver a mi prima Serafina y le dije:

-- Vamos a ver a las niñas en la Calleja, las que dicen ver al Angel.

Me dice Serafina:

-- ¡Por el Amor de Dios!, qué insensatez; ¿están todavía allí?.

Le dije:

-- Sí, vamos.

Me dice:

-- No, yo no voy.

Pero ella estaba intranquila y como decidida a ir. Por fín fuimos y nos encontramos con Clementina quien nos dijo:

-- Quien no cree en esto no cree en Dios.

y le dije:

-- ¡Dios mío!, qué extravagancia, ¿cómo puedes decir eso?.

Cuando nosotras llegamos, las cuatro niñas estaban allí de rodillas, en éxtasis, con la mirada hacia lo alto. Tina(Clementina) me dijo:

-- Ven, ya lo verás, vamos delante de ellas.

Yo estaba detrás de ellas y empezé a ir hacia adelante pero me era imposible ir más allá. Era como si álguien me hubiese cortado las piernas. No me podía mover.

Cuando terminó el éxtasis, las niñas empezaron a llorar, las pobres crias; se sentaron en el mismo lugar y lloraban porque algunas decíamos que no las creíamos. Unas decían que sí, que era verdad y otras que no.

Y era porque todavía no las habíamos visto de frente y la transformación de sus caras.

Les preguntamos a las niñas:

-- Donde vísteis al Angel.

Y yo, señalando a la rama de un arbol pequeño, un poco mas alto que la calleja, les pregunté:

-- Allí, ¿en ese arbol pequeño?.

 Me dijeron:

-- No, aquí mismo, frente a nosotras.

Les dije:

-- Bueno, rezad una "Estación" a Jesús Sacramentado a ver si vuelve la Aparición.

Quedamos allí, donde las niñas, y ellas rezaron una "Estación", pero el Angel no apareció. Sin embargo, pensé para mí:

-- Estas niñas no mienten. No tengo la impresión de que estén jugando o simulando.

Tenía la impresión de que estaban viendo algo extraordinario. Tuve una extraña sensación que no sé describir. Ellas tenían una expresión como de que realmente habían visto al Ángel.

 Cuando ya pude ver sus caidas de rodillas y sus caras, me impresioné muchísimo. No estaban nerviosas ni fatigadas; sus caras se ponían a veces preciosas. Salían de los éxtasis normales, pero radiantes de felicidad.

Después ví un gran número de éxtasis. Salía cada noche. Estaba ansiosa de rezar el Rosario con ellas. Aquellos rosarios me gustaban muchísimo porque los rezaban de una manera preciosa; me emocionaba.

En éxtasis, rezaban de un modo perfecto; despacio y pensando cada palabra, muy hermoso, como hablando con la Virgen a quien ellas veían. Además, aquellas caras radiantes de felicidad, sin cansancio, sin signos de fatiga, era digno de verse porque se sentía la presencia de la Virgen.

Había también, algunas veces, marchas extáticas a gran velocidad; las niñas se movían con una facilidad y una ligereza como si volasen, aunque iban andando. Era incapaz de seguirlas. ¡Dios mío!, era imposible.

Aunque se movían de un modo que parecía natural, para mí no hay explicación; es como que ellas tenían una fuerza interior que las llevaba. Era cosa de Dios porque todo allí era como de fuera de la tierra.

Una noche, mi hermano, que ahora vive en Méjico, quiso seguir a Conchita. En aquel entonces tenía 31 años y era muy fuerte; un hombre de montaña, acostumbrado a los caminos difíciles. Siguiendo a Conchita tuvo que parar porque se ahogaba de la fatiga, tuvo que quitarse la camisa por causa del sudor.

Durante los éxtasis, para las niñas no pasaba el tiempo. En una ocasión le decían a la Virgen:

-- Pero si has estado muy poco tiempo... ¿una hora?... pero si solo has estado un minutín.

Y era exacto, como la Virgen les decía; habían estado una hora con Ella.

Cuando Conchita recibió la Comunión visible de manos del Angel, yo estaba allí pero no pude ver nada porque entre tanta gente no me pude acercar pero quedé convencida después de oir a los que lo vieron. Todo sucedió como lo dijo antes Conchita que llamaba a este milagro: el "Milagrucu", un milagro pequeño.

Mi hermano Inocencio leía todo lo que se escribía entonces tratando de explicar lo que sucedía aquí. Pero él dijo:

-- pueden decir lo que quieran sobre lo que hemos vivido aquí. No hay explicación posible para esto porque humanamente no tiene explicación. Es obra de Dios.

Inocencio siguió a las niñas en éxtasis muy de cerca y fue testigo de muchos éxtasis. Por eso, las cosas que se decían, tratando de explicar los éxtasis de modo natural, le enfadaban mucho. Él observaba y veía que la Visión era un realidad. Era la Virgen que estaba allí.

Un dia, el doctor don José Luis Gullón intentó levantar a Conchita. Estaban allí también Mari Cruz y Jacinta. Ceferino estaba al lado de su hija Mari Loli. El médico intentó levantar a Conchita pero no podía, aun cuando lo intentó con gran esfuerzo.

Finalmente lo logró, pero es como si la niña hubiese disminuido de peso para que pudiese levantarla, pero, cuando volvió a su peso normal, cayó de manos del médico violentamente contra el suelo, de un modo que el ruido del golpe me hizo sentirme mal y también cuando el médico intentó girar violentamente la cabeza de una de las niñas diciéndole:

-- Mira a tus compañeras.

Él intentaba que la niña no mirase tan fijamente hacia arriba, pero todo fue inútil. Esta escena me hizo llorar.

También, los doctores de la Comisión, hicieron varias pruebas pero las niñas no sentían nada. Miramos sus piernas después del éxtasis y no vimos ningún rastro de los pinchazos que les habían hecho. Yo misma lo ví.

Incluso, en alguna ocasión, dieron con la cabeza violentamente contra alguna piedra o el suelo sin que sintieran ningún dolor, continuaban como si nada pasase y lo puedo asegurar porque yo misma lo vi; no quedaba ningun rastro del golpe o síntomas de dolor. Y yo las ví, en una u otra ocasión, en sus caidas extáticas, en la bajada de los pinos, y también caminar en éxtasis entre espinos y matojos.

Esto me impresionó muchísimo porque eran sitios por los que yo misma, siendo mas mayor que ellas, no podía andar. Observándolas, uno tenía la impresión como que andaban por un terreno llano.

La subida a los Pinos, en el último repecho.

El último tramo de la subida a los pinos, si no se sigue el sendero transversal, es bastante pendiente. Las niñas bajaban por este repecho final directamente e incluso de espaldas, sin seguir el sendero. ¿Qué misterio encierra "el lugar de los Pinos" para que las niñas no le diesen la espalda?.

Las niñas bajaban mirando a los pinos, es decir, de espaldas al sentido de marcha. También lo hacían así delante del Santísimo en la Iglesia; nunca le daban la espalda al salir.

Dios ha señalado este lugar de los Pinos para que allí permanezca la Señal, después del Milagro, y todos los que después vengan, crean.

Dice Angelita:

Se puede comprobar que, aun siguiendo el sendero, el último repecho de la subida a los pinos no es facil para caminar y sin embargo las niñas no seguían este sendero sino más lejos, y mucho más difícil, por entre los matojos, e incluso de noche y de espaldas.

Los médicos también hicieron pruebas con potentes luces directamente sobre los ojos pero las niñas no lo sentían; mantenían sus ojos abiertos y ni siquiera pestañeaban. Es dificil, de noche, mirar directamente a las luces de los faros de los coches que vienen de frente; las luces que les pusieron a los ojos de las niñas eran más fuertes y no las hacían ningún daño; ni siquiera pestañeaban.

¡Madre!, era algo digno de verse. Durante estas pruebas pude ver bien los ojos de Mari Loli; sus ojos parecían venidos del Cielo.

 Ví con frecuencia a las videntes en posturas extraordinarias. Algunas veces, Mari Loli bajaba las escaleras estirada sobre sus espaldas, con la cabeza por delante, pero sus ropas siempre estaban en su posición correcta, la cubrían con toda decencia. Era en postura horizontal y como si la llevasen en brazos.

En todas las caidas extáticas de las niñas, las ropas las cubrían con decencia y sus posturas eran preciosas.

Vi a Mari Loli con más frecuencia que a las otras porque pasaba mas tiempo en la tienda de su padre, Ceferino. Esperábamos allí hasta la una o las dos de la mañana porque no se sabía la hora de la Aparición. Ellas tenían que esperar a cuando la Virgen las llamase.