Angelina González.

Angelina González.

Conocía bien a las niñas, iguales que las otras. Antes de las Apariciones nada de especial en ellas.

Cuando las niñas iban por el pueblo, corriendo con velocidad, no tropezaban con nada. Y, cuando la nieve, subían por ahí arriba y por aquí, por lo malo, no siempre buscaban el mejor camino, subían igual de bien por las piedras.

Cuando iban con velocidad, ¡ay, Dios mío, ¡cualquiera las seguía!. Muchísimo me costaba. Y cuando se les terminaba el éxtasis, no parecían cansadas después de esas carreras. Se veían frescas, muy bien.

Un día, en casa de Aniceta, María Dolores dice al salir del éxtasis:

-- ¡Ay, madre mía!, ¡qué oscuro está y qué claridad había!.

Entonces interviene una señora que dice:

-- Una vez, también allí en la «calleja», dijo lo mismo.

Cuando andaban por las piedras y el barro, no tenían heridas o marcas. Las piernas estaban limpias. Y cuando andaban de rodillas por ahí, no noté nada. Se manchaban mucho, pero no se les pegaba el barro. Estaban limpias del todo.

Cuando vino el médico de cabecera, Dr. Gullón, le ponía las manos en la cara a la niña a ver si le podía torcer la cabeza y no podía.

Una vez estaba mi hermano en la cocina, sentado a la lumbre; andaba malo. Entró María Dolores y se arrodilló; estuvo un rato allí al par de él. Estuvo un rato rezando y se marchó estando en éxtasis.

¡Ah!, también me emocioné mucho cuando la niña iba al Cementerio. Conchita iba al cementerio y por entre las rejas daba el Crucifijo a besar. Fuí con ella más de una vez.

Las noches de los gritos, ¡ay, qué espantoso!, ¡no quiero ni recordarlo!. ¡Yo pasé unos miedos!. Nos dijeron del Castigo que va a venir si no nos convertimos. Pensaba que el Castigo ya venía ese día.

Estábamos en la «calleja», y había un Padre franciscano allí. Oí decir que iba a Liébana, pero se confundió de camino y vino aquí; Dios nos lo envió para que nos confesásemos con él. Los del pueblo, todo el mundo, nos quedamos allí, haciendo fuego con palos.

Se oía a las niñas dar unos gritos terribles y, en el momento que ellas gritaban, ese Padre se ponía a rezar y paraban los gritos. Las crias gritaban y lloraban mucho. Me daba muchísimo miedo, y la verdad que no quería ni acercarme. Las otras personas también tenían mucho miedo, ¡oh, sí!. Decían:

-- ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! ... ¡Ay, Virgen del Carmen!...

En la primera linea estában: María, mi madre y Maximina. Mi madre lo pasó mal; ¡daba unos gritos!. Fueron dos noches. Me acuerdo que decían los mozos:

-- Yo mañana, que era el dia del Corpus, voy a confesar.

Yo me acuerdo que aquella noche vino mi hermano del monte y yo no me atrevía ni a ir a casa; al otro día me fui a confesar como todo el mundo, como si nos fuéramos a morir; buena, buena confesión.

Vi muchísimas veces los objetos que daban a besar a la Virgen. Sin mirar, los devolvían a sus dueños, era algo maravilloso. Yo les dí el rosario y me lo devolvieron después.