La curación del cáncer de Angela

........Y El camina conmigo

Escrito el 14 de julio de 1999

     Hola, mi nombre es Angela Szczepanski. Soy una esposa, madre de dos hijos. Soy hija, hermana, tía, prima, amiga también. Hasta hace poco, mi vida era bastante normal y agitada: criar a mis hijos, trabajar a tiempo completo con muy pocos días o noches libres. Ambos, mis padres y mis suegros son ancianos y parecen necesitar más asistencia en su vida diaria. Mi esposo y yo hemos sido criados como Católicos y hemos tratado de hacer los mismo con nuestros hijos. Asistimos a misa los domingos y la mayoría de los feriados. Nuestro accionar cotidiano estaba lleno de obstáculos, pero siendo una familia unida siempre nos ayudábamos unos a otros, y con mucha frecuencia decíamos, “Mientras gocemos de buena salud eso es lo único que importa”.

El cáncer diagnosticado:

En enero de 1995, empecé a sufrir cierto dolor de garganta. Fui al médico y me dio una medicación. Tres semanas después, el dolor persistía y me estaba sintiendo más débil. Me dieron una medicación distinta. Ya para mayo el dolor de garganta estaba afectando mi capacidad de comer, dormir, hablar, trabajar y cuidar de mi familia y mis padres. Pero mi actitud era bastante positiva y sabía que todo iba a estar bien.

    En junio de 1995, estudios más complejos revelaron que padecía de un cáncer en mi cuello. Cuando escuché el diagnóstico, me pareció por un momento que mi ajetreada vida hacía un alto repentino. La preocupación por todo esto hizo que mis familiares y amigos se sintieran confundidos,  desorientados y muy agobiados de tal manera que se comportaban  prácticamente de una manera irreconocible. Esto fue en realidad aún más insoportable que el diagnóstico mismo. Esa noche fui a misa y le recé a Dios para que me ayudara a solucionar todo esto, si es que esa era Su voluntad, y me diera fuerzas. Después de misa, hablé con nuestro cura párroco, quien había sido recientemente asignado a nuestra parroquia, y le pedí que hiciera una oración especial por mí. Me dijo que él siempre rezaba por la gente de nuestra parroquia, especialmente por aquellos que están enfermos y sufriendo, que todos rezábamos el uno por el otro en cada misa, y que Dios escuchaba nuestras plegarias.  Sus palabras fueron como un relámpago de luz, pero muy apaciguadoras, y a pesar de que yo sabía esto y había rezado siempre por otras personas, nunca me tocó ser la que estaba enferma y asustada. Sabía en mi corazón que Dios estaba conmigo y que no debería tener miedo. El me dio la fortaleza.

   Después de misa hablé con mi marido y mis niños, y les dije que todo resultaría bien, y también que bajo ninguna circunstancia mis padres debían enterarse porque les causaría demasiadas penas y angustias.

   Mi tratamiento de quimioterapia comenzó el 14 de julio de 1995. A la primera semana de mi tratamiento, podía hablar, comer, trabajar y sonreir. Sabía que todo iba a estar bien. Mi familia, amigos y hasta los doctores no podían creer lo bien que me encontraba. Cuando alguien me preguntaba si había algo que podía hacer por mí, yo sonreía y le decía “ Sí, ¿puedes hacer una oración por mí?” Me devolvía la sonrisa y me decía: “con todo gusto”. Mis tratamientos finalizaron el 1 de Noviembre de
1995. ¡Mi cáncer estaba en remisión!.

    En Junio de 1996, sentí un inusual dolor de oído y sentí que debía consultar al respecto. Mi cirujano dijo que no parecía algo bueno y me dio una nueva orden de biopsia. En dos semanas, se me diagnosticó de nuevo cáncer y fui remitida al Hospital Princesa Margarita en Toronto, un hospital especializado en el tratamiento del cáncer. Dos semanas después de eso, empecé una jornada más agresiva de quimioterapia ya que mis posibilidades de sanar se habían reducido enormemente. No había otra alternativa. Les aseguré a mis doctores y a los que me cuidaban que no se preocuparan, si hacían su máximo esfuerzo, era eso lo que contaba. Pensaron que yo me había entregado.

Transplante de médula ósea:

   La quimioterapia parecía no surtir muy buenos efectos, así que conjuntamente con radioterapia los médicos recomendaron un transplante de médula ósea. Recé a Dios para que guiara a los doctores y los ayudara a cuidarme. El 13 de febrero de 1997 fui internada para el transplante. Era un procedimiento arriesgado que me puso muy débil y convaleciente.

     Debido a la seriedad de mi enfermedad y al tratamiento, creí que sería sensato contárselo a mis padres. Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Cuando comencé a decírselo a ellos, les pedí que no me interrumpieran hasta que terminara y que recién después podrían hacer las preguntas que quisieran. Mi madre se sentó y escuchó, cuando acabé, se inclinó hacia mí, me tomó en sus brazos, me miró a los ojos y me dijo, “Rezaré por ti”. Mi madre solo iba a la iglesia para las bodas y los funerales, pero supe por sus palabras que Dios había tocado su corazón. De nuevo sentí un gran sosiego dentro mío, y supe de vuelta que todo iba a estar bien.

     Estuve en el hospital por un mes, regresé a casa débil y con mis remedios a cuestas. Debía buscar apoyo en mi familia en todo. Nunca hice esto en mi vida. Todavía estaba recibiendo tres transfusiones de sangre por semana y no podía caminar sin ayuda, pero sabía que me pondría más fuerte cada día aunque cuando me miraba al espejo no podía reconocerme a mi misma. Había perdido mucho peso: Pesaba sólo 48 kilos. No tenía cabellos, ni energía, ni apetito, ni siquiera pensamientos y había perdido mi audición. Sólo sabía que Dios estaba conmigo y a El no le importaba como yo lucía. El me dio fuerzas y amor.

    Lentamente mi salud mejoraba y a los cinco meses ya era capaz de valerme por mi misma. Sin embargo, la radiación cobró su cuenta con mis dientes. Mis dientes normalmente sanos comenzaron a doler y luego a quebrarse en pedazos, cortándome la lengua y la boca.  Comer, hablar y, lo más importante, sonreir se hizo muy difícil. Mi dentista limaba los bordes filosos pero esto solo proveía un alivio temporario.

  La situación empeoraba diariamente. Retorné al dentista del hospital quien manejaba casos de post-radiación y post-quimioterapia. Su evaluación sinceramente me dejó preocupada. Todos mis dientes debían ser extraídos. En adición a esto, no solo iba a perder todos mis dientes sino que el seguro médico tampoco cubriría todos los costos que esto implicaba. Entré en un estado de estremecimiento. Esto era una prueba muy dura, en lo físico, en lo emocional y también en lo económico.

  Se me dijo que las extracciones no podía ser hechas todas de una vez. A causa de mi tratamiento irradiante mis encías y mis huesos podían no cicatrizar. Por lo tanto ellos solo se podían arriesgar a remover un diente por vez. Ni siquiera me podía imaginar cómo yo sobrellevaría todo esto. Aparentemente esto nunca había pasado antes con otros pacientes de cáncer y nadie podría asegurar con propiedad si el resultado sería o no exitoso.

    Rápidamente me sumergí en un estado de depresión y confusión. No podía imaginarme cómo, habiendo sobrevivido un trasplante de médula ósea, iba ahora a perder toda mi dentadura.  Busqué una segunda opinión, y una tercera, y parecía que nadie tenía idea de cómo tratar mi caso. Ninguno se mostraba prometedor acerca de los resultados a largo plazo.

   Mi autoestima y mi confianza ya prácticamente no existían. No me podía mirar al espejo. No podía hablar con  mis amigos y familiares sin esconder mi boca. Fui remitida a un cirujano bucal para otra evaluación, y me tomó toda mi fuerza y coraje tratar de asistir a la cita. Se mostró muy amable y humanitario, pero me di cuenta, cuando miró mis radiografías y mis dientes mismos, que sentía gran preocupación. Pero creyó que podía extraer todos los dientes superiores, y los cuatro dientes inferiores de delante, de una sola  vez en el quirófano del Hospital. Planeó la operación para tres semanas después.

  Todavía no tenía un dentista de cabecera para hacerme los paladares, si ni aún todavía podía aceptar que esto me estaba pasando. Estaba al borde de la desesperación. No tenía más energías para lidiar con mi condición. Me recuerdo claramente  reposando en mi cama sin saber cual sería el siguiente paso a tomar, en quien confiar, ni cómo pagar todo el tratamiento. A esta instancia, comencé a hablar a Dios como si El estuviese en la habitación conmigo. Le pedí por favor que manejara esto, porque ya no sabía qué hacer. No tenía fuerzas. Estaba desesperada. No había llorado durante las primeras tribulaciones, pero ahora no podía parar de hacerlo.

La verdadera Curación comienza:

  En ese momento mi teléfono sonó. Era mi cirujano bucal personalmente preguntándome cómo me encontraba y si no había encontrado un dentista todavía, le dije que no y que tenía mis dudas sobre si sería capaz de hacerlo porque me estaba sintiendo muy deprimida y terriblemente apenada. Entonces me dijo, “llama al Dr. Michael Rozaeluk, es un trabajador de milagros. El, estoy seguro, puede tener todo listo a tiempo para el día de la cirugía”.

  Llamé a la oficina del Dr. Rozeluk, y me dijeron que recién podía tener una cita para dentro de una semana. Esto no me sorprendió en absoluto, ya que estaba convencida que resultaría ser como todos los otros dentistas. Me acosté de vuelta preguntándome cómo posiblemente podría aguantar otra semana. Media hora más tarde recibí una llamada del consultorio del Dr. Rozeluk, preguntándome si podía  ir al día siguiente ya que tuvieron una cancelación. ¡ No pude creerlo! Acepté inmediatamente.

  Al día siguiente, mientras estaba esperando por el Dr. Rozeluk sentada en el sillón dental, me sentí muy nerviosa y asustada. No sabía si tendría el coraje de abrir mi boca y mostrarle mis dientes tan descompuestos. Era bastante embarazoso para mí. Entró a la habitación y me saludó con una cálida sonrisa diciendo, “Tu crees en los Angeles!” Estas fueron sus primeras palabras para mí. Todo lo que pude hacer fue asentir con la cabeza e instantáneamente comencé a sollozar y sollozar. En medio de las lágrimas, traté de explicar que yo nunca lloro y que no entendía porqué estaba haciéndolo y no podía parar. El Dr. Rozeluk solo sonrió y dijo que era bueno llorar y no había que preocuparse por ello.

   Empezó contándome sobre su accidente automovilístico y todas las dificultades que había atravesado y su curación en Garabandal, España. Todo el rato me pasé llorando y llorando y no sabía porqué. Luego el Dr. Michael me mostró el medallón de Nuestra Señora de Garabandal. Mis lágrimas se detuvieron y una sensación de calma me invadió. Todo lo que pude pensar era querer besar ese medallón. Luego el doctor me preguntó si quería yo besarlo. Me sorprendió tanto, pensé que estaba
leyendo mis pensamientos. En ese momento se disiparon todas las sombras de la duda y supe que quería que el Dr. Rozeluk llevara a cabo todos mis problemas dentarios y que todo iría perfecto. Me sentí tan segura en mi decisión que ni aún me preocupaba la manera en que iba a pagar por todo ello.

   El doctor Rozeluk también me sugirió ir a misa en la Catedral de San Josafat al día siguiente. Después de misa, habría unción de enfermos y oraciones de sanación para quienquiera asistir.

  Cuando regresé del consultorio a casa, todavía estaba tratando de acostumbrarme a este maravilloso sentimiento de que todo iba a salir bien. Cuando mi teléfono sonó, apenas podía creer mi buena suerte. Un trabajo que hube estado realizando estaba por llegar a su término y habría suficiente dinero para abonar al dentista y un poco más todavía. Todos mis miedos iban desvaneciéndose. Mi sonrisa iba retornando. No podía esperar para ir a misa el día siguiente. Sabía en mi corazón que en este trajín de penas, temores, soledad y oscuridad nunca había estado sola. Dios me había guiado y protegido.

  La Catedral era tan hermosa y me dio una sensación de paz. Después de misa, seguí a todos hasta el frente del templo donde el Obispo Danykak estaba ungiendo a todos los presentes, el Dr. Rozeluk y su esposa Helen se encontraban orando sobre el gentío con sus medallas. De alguna manera me sorprendió cuando algunas personas que recibían la oración de mi dentista caían al suelo y luego se levantaban de nuevo en perfecto estado. Yo era la próxima en la fila y estaba un poco preocupada por
caerme. (sólo había visto esto por televisión y no estaba completamente segura como proceder). Antes de saberlo, cuando rezó sobre mí, caí al piso y fue un sentimiento pleno de paz.

     Finalmente el día de la cirugía llegó y me sentí muy confiada. Solicité a la enfermera sujetar con una cinta adhesiva la pequeña medalla – relicario de Garabandal que el  Dr. Rozeluk me había regalado, a mi muñequera. Dijo que era un pedido algo inusual pero asintió en hacerlo. Mi cirujano entró para verme y nos deseamos los dos buena suerte. También recé para que Dios guiara sus manos y nos acompañara en esa sala de operaciones.

    Cuando desperté, mi hermano y hermana estaban ahí para llevarme a casa. Recibieron instrucciones específicas para mi cuidado de las próximas doce horas. No sentía dolor, pero asumía que mi boca estaba todavía insensible y que el dolor con seguridad vendría después.

   Mis nuevos dientes estaban en mi boca. Me sentía un poco cansada, pero no tenía hinchazón, ni sangrado ni dolor. Varias horas más tarde pude tomar una sopa y hablar; era como si nada hubiese pasado. Tenía una receta para analgésicos pero no necesitaba ninguno. El único dolor que tenía era por sonreir tanto.

       No podía alejarme del espejo, y no sabía si mi corazón podría soportar toda la alegría que estaba sintiendo. El día después de la cirugía me sentí de lo más felíz que hube estado en meses, y fui a mi oficina. Mis colegas no lo podían creer. Hicieron el comentario de que parecía haber cierto resplandor alrededor mío. Les aseguré que sí lo tenía porque sentía que había sido verdaderamente bendecida.

   Esa tarde, llamé al Dr. Rozeluk para agradecerle todo lo que había hecho y para contarle que me encontraba en mi trabajo. El no podía creer que era yo la que estaba en el teléfono, que podía hablar tan claramente, que no tenía dolor y que me encontraba trabajando. Dijo que regularmente un paciente necesita como mínimo una semana para poder sanar y poder acostumbrarse a la nueva dentadura e ir a trabajar. Pero ambos sabíamos que yo había sido en verdad bendecida y tenía un montón por lo cual estar agradecida.

      En mi cita subsiguiente, los dos, mi cirujano bucal y el Dr. Rozeluk, ambos, no podían creer lo rápido que mis encías estaban sanando y la gran diferencia que esto había hecho en mi apariencia, pero lo más importante, no necesitaba ningún ajuste. Mis dientes nuevos calzaban perfecto!

     A las pocas semanas siguientes, se  me extrajeron los dientes remanentes, y en cada ocasión, sin dolor, sin necesidad de ajustes. Para julio de ese año, todos los dientes habían sido removidos y reemplazados. El doctor Michael dijo que esto no había ocurrido con ninguno de sus pacientes nunca, y que jamás una placa confeccionada por él funcionó tan maravillosamente como lo hacía la mía. El doctor había rezado por mí para saber qué hacer con  mi situación, y esa idea le vino a la mente
mientras estábamos en la misa. Este procedimiento era totalmente nuevo.

        Es muy difícil poner en palabras lo agradecida que me siento. Creo que Dios está con nosotros en todo momento, y escucha nuestras oraciones diarias, creo que siempre nos dará todo lo que necesitamos, no precisamente lo que queremos, sino lo que necesitamos, aunque a veces podemos no entender esto en su debido momento.

  Durante todo este tiempo, continué asistiendo a misa regularmente en la Catedral de San Josafat. Gozaba el sentimiento de paz y bienestar que me embargaba durante la misa y también mas adelante cuando el obispo Roman Danylak me ungiría. No le comenté al obispo, y todavía no lo hice, sobre las cosas maravillosas que escuché sobre él de boca del Dr. Rozeluk y su señora esposa Helen.  Algunas veces después de misa, un grupo de personas cruzaban la calle, hasta la casa del obispo, para una plática, rezos o un café. En los comienzos de Agosto de 1998 me entristeció escuchar que el obispo fue llamado a Roma y partiría a mediados de Septiembre de ese mismo año.

    Aproximadamente en esa misma fecha, tuve que regresar al hospital para un seguimiento con scanner CT.  Una semana más tarde, un día miércoles, regresé por los resultados. Mientras estaba en la sala de espera, mi ansiedad estaba carcomiéndome, aunque sabía claramente cuales serían los resultados. El doctor apareció. Nos saludamos y conversamos por unos minutos, pero sentí que estaba eludiendo hablar sobre mi escaneado CT.  Finalmente se lo pregunté, y dijo que habían encontrado unas manchas en mi abdomen, para lo cual harían falta pruebas más extensas y precisas así como un tratamiento. Miré a mi médico a los ojos y le dije con toda sinceridad que sentía que los resultados no eran precisos y que no quería más estudios ni nada. Bajo la insistencia de él, asentí hacerme pruebas más detalladas y profundas, me las harían el viernes siguiente.

      El Miércoles a la noche fui a misa y me pasé largo tiempo pensando en la conversación que hube tenido con mi doctor. No le comenté a nadie lo que había ocurrido ese día. No habría sabido qué responder. El diagnóstico era devastador. Mientras estaba arrodillada y rezando mis pensamientos se empecinaban con los focos cancerosos en mi abdomen, lo cual me estaba causando gran preocupación.  Se me ocurrió que sería estupendo pedir al obispo que ungiera también mi abdomen.

Unción especial:

  Después de que la misa terminara, nos alineamos todos para ser ungidos por el obispo. Cuando me acerqué al obispo, ungió mi frente, orejas, nariz, cuello y mis palmas. Luego me miró y preguntó. Creo que dijo, “¿hay otro lugar más que quieres que te unja?” Pero eso no podía ser posible. Dije, “Perdón, no escucho muy bien”. Me miró directamente a los ojos y dijo “HAY OTRO LUGAR MÁS DONDE QUIERES QUE  TE UNJA”

    No podía creerlo, el obispo había leído mi mente. Estaba aturdida. Escasamente pude articular palabra. Despacio respondí “SI”.  Me miró directamente y dijo “¿dónde?”. Parecía que todo estuviera pasando en cámara lenta. Levanté mi camisa y señalé mi abdomen. Me ungió y me invitó a unirme al grupo para un café en su casa después de la misa. Apenas pude esperar que Michael y Helen terminasen de rezar por las personas, para contarles la experiencia asombrosa que me acababa de
ocurrir.

    Ya había tres personas en la casa del obispo cuando llegamos. Me presentaron formalmente al obispo. Me pidió que me sentara a su lado y que compartiera con todos lo que había acontecido en la iglesia. Mientras se lo contaba, lloraba de alegría.

  Luego el obispo alcanzó una pequeña botella sobre la mesa y me la dio. Contenía aceite bendito, me dijo que me lo untara tres veces por día. Luego solicitó a todos rezar por mí en ese momento. Estaba yo rendida ante el Espíritu Santo. Cuando me recuperé tuve una grandísima sensación de paz y tranquilidad. El obispo luego se me acercó y me pidió que bebiera una cucharada de aceite bendito, lo cual produjo ciertas murmuraciones y comentarios en medio del grupo. Con gusto tomé mi cucharada, luego, el obispo pidió a todos los presentes tomar una también. Con cierta vacilación, todos lo hicieron.

   Cuando tomé los aceites benditos, sentí un ardor descender desde mi boca, lentamente por mi garganta hasta mi abdomen. El obispo me preguntó qué sentía, le dije que pareciera como que tenía un incremento en mi saliva. Hube tenido sequedad bucal desde mi recuperación de transplante de médula un año atrás.

     Con dificultad puedo recordar mi vuelta a casa ese día, ya que mis pensamientos me mantenían absorta en los eventos del día. Mis emociones habían cambiado de tristeza a alegría y gozo, a una velocidad tan alarmante que mi mente no podía asimilarlo todo. Sentí que Dios estaba verdaderamente conmigo y que había sido bendecida.

   Dos días después, el viernes, fui al hospital para la prueba concertada para mi abdomen sin ninguna preocupación en mi corazón. Una vez más sostenía el medallón de Nuestra Señora de Garabandal en mis manos y rezaba durante el período de lo prueba. Por 35 minutos tuve que quedarme muy quieta. Cuando terminó el test, le pregunté a la asistente técnica si vio algo. Ella contestó, “Todo me parece bien a mí, pero debo entregárselo al doctor”.  Regresó enseguida diciendo que el doctor quería realizar otra prueba, para tener una mayor amplificación de la zona. Tuvimos que repetir todo el procedimiento
otra vez. De nuevo sostenía mi medalla en las manos y rezaba.

      Cuando dejé el hospital, sabía dentro mío que los resultados serían favorables. Diez días después, regresé por los resultados oficiales y se me dijo que todavía no estaban disponibles. Estabamos todos esperando por ellos, y yo particularmente quería que el obispo los viera antes de partir para Roma. Llevó finalmente tres semanas conseguir un informe verbal sobre los resu tados. Mi médico algo renuente admitió que los estudios especializados arrojaban como resultado un abdomen libre de focos cancerosos.  Fue reconfortante tener la confirmación por parte del doctor, de lo que nosotros ya
sabíamos.

     Todavía asisto a misa en la Catedral, casi todos los Miércoles para rezar por otros y agradecer continuamente a Dios y a la bendita Virgen María por todas las gracias que me fueron concedidas.

Que Dios los bendiga!

Angela Szczepanski, Toronto, Notario
14 de Julio, 1999


Nota: Angela continúa libre de cáncer hasta la fecha (2001), y ha ayudado a muchos otros en su tiempo libre a sobrellevar el temor sobre el cáncer. Ella hace esto sugiriendo que vengan al encuentro de Nuestra Señora y de Jesús. Les cuenta sobre Garabandal. Angela los alienta a ir a confesión, a Santa Misa y luego a un servicio de Sanación. Ha traído a muchas personas a San Josafat en Toronto, Ontario para la misa de sanación. Muchas de éstas han sido curadas milagrosamente por la gracia de Dios. El día de Acción de Gracias este año (1999) ella viajó a Roma y Garabandal con otros trabajadores de Nuestra Señora, para la beatificación del Padre Pío. Ella conoce el poder de Dios.  Como decía el Padre Pío.
“Ora, ten Fe y no te preocupes”.

Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.