Angel Uría Álvarez

Angel Uría Álvarez:

Voy a hablaros un poquitín de Garabandal tal y como me pasó a mí.

A mis treinta y nueve años fue cuando por primera vez fui a Garabandal. No iba a Misa, no tenía ninguna FE, se puede decir, porque no me acordaba de Dios ni de la Virgen para nada, pero un buen día me habló un buen señor que es Manolo Lantero, me llamó y me dijo que si quería ir con él hasta Garabandal. Fui hasta allá, descreido por completo, y el primer dia no tuve experiencia ninguna. Volví de aquel viaje muy tranquilo, sin notar nada de nada. Al poco tiempo me habló de que si quería volver.

Me acerqué con él hasta Garabandal otra vez. Para mí hubo un milagro grandísimo porque fue una FÉ enorme la que tuve desde aquel día. Subiendo por la calleja arriba, uno de los que subían dice "mirad al sol" y miré al sol como los demás, por curiosidad, vi el sol como si fuera la luna, que no me quemaba la vista, yo estaba muy tranquilo. Como sabeis, el sol, si no hay nubes, quema la vista. A una señora que estaba delante de mi le digo, oiga señora, ¿usted está mirando al sol? . La señora mira para arriba, se queda mirando, cae de rodillas y dice: Virgen Santa, perdónanos.

Cuando empezé de verdad a sentir algo dentro fue a la semana desde que regresé a casa. Para mi, por la forma de vida que llevaba, el ir a Misa era un hazaña porque los compañeros sabían la forma que pensaba, cómo era y hasta tenía temor de ir a misa. Pero qué fuerza no me daría la Virgen que yo pensaba: no voy a ir a misa a La Calzada donde me conocen todos, voy a ir a misa a Gijón(Asturias), donde no me conoce nadie. Pero después pensé y ¿qué clase de católico soy yo si voy a misa a Gijón y no voy a La Calzada, donde me vean todos, que sepan que soy católico de verdad. Fuí a Misa a La Calzada, donde resido yo. Aunque para otros no sea gran cosa, para mí fue una valentía enorme. Fuí a Misa y me encontré a gusto en ella. Desde la Primera Comunión no había ido a Misa nada mas que para casarme.

Tenía mucha ansia de volver a Garabandal. Volví varias veces y con mucha fé. Después tuve mi compensación una vez en Covadonga (Asturias), que yo se lo atribuyo a la Virgen. El dia de la festividad de Covadonga fuí con mi mujer. Fuimos a la procesión cuando bajan la Santina desde la Basílica a la Cueva. Iba emocionadísimo escuchando los cánticos y cuando llegamos a la Cueva, había una imagen a mano derecha, antes de entrar en la cueva, que estaba mirando para mí continuamente. Yo estaba encantado de la vida mirando para la Virgen, teníala de frente, emocionadísimo. Pero lo mas extraño fue que cuando se termió la misa y la gente fue andando yo ví que la imagen no estaba de frente a mi, sino mirando para hacia donde yo estaba, a la parte de atrás de ella. Este fue el mejor regalo que me dió la Virgen, por lo menos el que mas me agradó en mi vida. Comprendí que me compensaba de alguna manera de la forma que la quiero.

Por los frutos se ve la grandeza de Dios y los frutos fueron maravillosos; frutos espirituales de amor y de bondad para la familia, porque yo era muy déspota. Mis hijos, como no lo veían en el padre, pues no iban a Misa tampoco, ni se preocupaban. A mi me gustaba mucho más el chigre que cualquier otra cosa. Hoy mi vida ha cambiado completamente, para mi mujer, para mis hijos y para todo, esto sí que es una maravilla y todo esto se lo debo a la Virgen; tengo el convencimiento de que este cambio mio empezó en Garabandal. Si creen en la Virgen como creo yo, verán qué satisfacción se siente dentro.

Angel cuenta cómo la Virgen le salvó de un naufragio:

Yo venía para tierra y había una mar muy mala. Entonces me dió vuelta la lancha, vino una ola grande y me dió vuelta la lancha. Al darme vuelta la lancha, yo quedé por la parte de abajo. Como no sé nadar me cogí a la bancada. Entonces en la lancha queda un hueco de aire. Venía mi cuñado detrás que se cansaría el hombre de llamarme al verme desaparecer y la lancha boca abajo. Pero no podía hacer nada por mí porque estaba muy distante y había unas olas enormes. Las olas me fueron llevando a tierra hasta que ya dí con los pies en el suelo, saqué la cabeza y ya pude salir a tierra. Yo no sabía nadar y además, que mas dá que yo sepa sostenerme un poquitín en el agua, pero yo estaba con botas de goma, ropa de agua, etc. si caigo de otra forma iba al fondo igual que una piedra.

Cuando salí me dije: ¡un milagro!, porque justo quedé debajo, junto a la bancada y porque lo mismo te puede dar la lancha un golpe en la cabeza con aquellas olas, y aunque perdí toda la pesca y los aparejos, lo principal es que yo estaba bien. Al dia siguiente encontré parte de los aparejos. Después de salir le dí gracias a la Virgen. Yo, cuando iba a la mar, siempre pensaba en la Virgen.

Cuando sales de la mar y sales con una pesquina curiosa, como sabes que vas a sacar cuatro perrines de ella -- cuatro perrines: en dialecto regional asturiano significa un poco de dinero -- que era una ayuda que tenía con ese marisquín, pues decía: esto se lo debo a la Virgen que me ayuda mucho. Estoy muy agradecido de Ella.  

Angel en la cuenca minera. La Virgen saca a Angel de la bebida.

Habíamos terminado de hacer una medición de madera con los mineros. Son gente muy buena toda aquella de la cuenca minera. Empezamos a recorrer los chigres. Salió la conversación de la Virgen y yo me erigí en defensor de la Virgen. Pero, entre vaso y vaso, llegaron las dos de la mañana o mas tarde. Yo estaba cargadísimo por el vino. Me encontraba mareado y salí fuera. De pronto ví algo como una bola de fuego que bajaba y de repente desapareció, pero al mismo tiempo se me quitó todo el mareo, aquel mal sabor que deja la bebida y el tabaco y se me fué la borrachera. Con las mismas entro otra vez al bar y digo:

-- ¿vísteis como salía?.

-- hombre, pues muy cargado.

-- y cómo me véis ahora.

-- ahora, muy normal.

estaban admirados de verme normal, porque es que antes casi no me tenía de pié.

Estaba un poquitín nervioso; salgo para fuera y después de un rato me volvió de nuevo la borrachera. Durante unos veinte minutos se me fue y después me volvió. Fue como un aviso de la Virgen. Lloré mucho y le decía a la Virgen: ¿por qué me haces esto?. No acababa de entender. Era como un aviso para que no bebiese así.

Dice Encarna, la esposa de Angel:

Después de lo de Garabandal, fue con Don Manuel a Oviedo y confesó y comulgó con el Padre Sojo y entonces empezó a ir a Misa y yo encantada. Empezó a cambiar y a dejar de ir al Bar. Él nunca fue malo para mí, lo que pasa que era un borrachín. Después cuando veía a don Manuel le decía: Don Manuel, todo esto se lo debo a usted que fue quien me lo hizo cambiar.

Desde que don Manuel Lantero le llevó a Garabandal empezó todo el cambio para Angel. Después me llevó a mi también a Garabandal y a los chiquillos. Eran últimos de septiembre; llegamos ya de noche y don Manuel me dejó una zamarra suya porque había algo de frio y llovisqueaba. Lo primero fue ir a los Pinos y cuando pasamos el pueblo senti un olor a perfume y donde el manzano, donde el cuadro, me volvió otra ráfaga de un olor muy rico, como a violetas, a flores.

Digo a Don Manuel:

-- Don Manuel, ¿esta zamarra suya estará perfumada?.

-- No, no, si esa zamarra la traigo yo para trabajar, para andar en la madera, huele a madera.

Cuando vamos llegando a la Capillina otra vez, más fuerte. Empezamos a olernos unos a otros a ver quién era y no era nadie. Vamos más arriba y todavía más fuerte el olor.

Estos perfumes emanan en ocasiones de los objetos besados por la Virgen, son gracias personales y especiales de la Virgen.

Rezamos el Rosario en los pinos aquella noche. Bajamos y cenamos en casa de Ceferino. También, cerca de la cabaña de Don Manuel, volví a tener otra ráfaga de perfume. Después de esta visita, volví muchas veces a Garabandal.

Angel:

El Padre Sojo me ayudó mucho, ¡qué buenísimo es!. Para un hombre que va a confesar a menudo no debe ser nada pero para mi fue un trabajo enorme. Le dije al sacerdote : Padre, tiene que ayudarme; yo, desde que hice la Primera Comunión, no confesé nunca. Más que un confesor fue como un padre. Me fue preguntando y yo fui desahogando que salí de allí con una alegría, como aquel que quitó más de doscientos kilos de peso de encima del alma y ya pude Comulgar muy tranquilo. También fui a Santo Toribio cuando el Jubileo.

Cuando mi madre estaba muriendo de cancer, tenía muchos dolores y me acuedo que cuando llegué a mi casa me arrodillé delante de una imagen de la Virgen del Carmen de Garabandal. La encontraron los niños en la calle, de un calendario, y me la trajeron y yo la pegué a un cartón y la puse sobre la mesita. Yo, de rodillas, le decía: Virgina, que siempre llamo así a la Virgen, ¡quítale el dolor!. Al poco tiempo fui a verla y mi madre estaba mucho más tranquila y murió con paz. Yo estoy convencidísimo que la Virgen me oyó. Cada vez que me acuerdo de ello me emociono, porque son cosas que me llegaron muy adentro.

¡No hay cosa que la Virgen no pueda remediar!. Pero a la Virgen no se le puede hablar como imponiendo nuestros criterios, hay que ir humildemente, como hijos que somos, con humildad y con lágrimas en los ojos. Es la forma de escucharte Ella. No te puede escuchar la Virgen cuando vas a Ella como exigiendo, no. Hay que ir pidiendo, con las lágrimas en los ojos y diciéndole lo que te pasa. Entonces Ella se encarga de todos sus hijos. ¡No hay nadie en el mundo que la llame y que no le atienda!. Pero hay que llamarla de corazón. La Virgen siempre te escucha.

Un dia, estando en los pinos de Garabandal, me extrañó ver unos chabalinos jóvenes en los pinos, rezando. Empecé a contarles lo mio y ellos también se desahogaron conmigo. Me dijo uno de ellos que él no creía en nada pero que un día llegó casa, abrió la mesita y que le vino un perfume precioso.

Foto: Una pequeña imagen de la Virgen del Carmen de Garabandal en el pino de la Virgen. Este es uno de los nueve pinos que están en un altozano, cercano al pueblo, donde hubo muchas Apariciones.

Dijo a su hermana: ¿qué metiste en la mi mesita?, vienen unas ráfagas de olor maravillosas. Dijo ella: yo metí un Rosario que llevé a ese pueblín de Garabandal, que está besado por la Virgen, según dijeron las videntes, pero no te quería decir nada de que esto a mi me pasó ya varias veces y por esto lo metí en la tu mesita a ver si te ocurría a tí también.

Desde entonces yo tuve varias veces esos perfumes y vine aquí a Garabandal y desde entonces pertenezco a una asociación que se dedica a hacer el bien, pero que nadie puede saber el bien que haces. Cada necesidad se atiende, a poder ser, sin que se sepa de quién viene esa ayuda. Eran unos muchachos jóvenes maravillosos. Son estos frutos maravillosos los que te hacen creer que realmente aquí se apareció la Virgen.

La Virgen salva a Angel durante un accidente:

Veníamos en dirección a Gijón y chocamos con otro coche, del lado mío; rompí el parabrisas, salí despedido y quedé conmocionado. Me llevaron a la casa de Socorro, bastante mal herido pero andando por mis piés. Me hicieron unas curas y al volver quise ir con el taxista por el sitio del accidente. Cuando llegué dijo el taxista:

-- oiga, ¿este es el coche?.

-- Sí, este fué el accidente.

-- ¿cómo se pudo salvar usted?. Esto es para matarse.

Le enseñé una medallina que llevo yo colgada, de la Virgen de Garabandal y de la Virgen de Covadonga, y le dije al taxista: esto fué lo que me salvó.