Andrea González

Andrea González.

La primera vez, el mismo día o al otro, fui a enterarme. Se lo pregunté a Jacinta, y Jacinta me dijo que sí, que era verdad. Yo pensé que era verdad, porque las niñas eran inocentes. Yo había leído cosas de Bernardita de Lourdes y pensé:

-- aquí, algo hay.

Tenía confianza en ellas; nunca pensé que podían mentir. Además, decía yo:

-- Esto no es del mundo ni del diablo; esto es de Dios.

Eso pensé cuando la gente empezó a hablar de los acontecimientos. La primera vez que vi a las niñas en éxtasis, no sabía qué pensar de aquello, porque se quedaron de una forma que ¡parecían ángeles!.

Donde las vi por primera vez era en la «calleja»; estaban allí las cuatro niñas. Como yo no podía andar bien, iba antes que ellas a ponerme allí. Las ví llegar y cayeron en éxtasis. Tenían caras de ángeles, guapas, muy guapas. Como ángeles, siempre como ángeles. Cuando se acabó el éxtasis, ninguna marca de nerviosismo o de fatiga, nada.

Varias veces entraron en mi casa en éxtasis. Una noche, estaba yo en la cama y pensé:

-- ¡Ay, Virgen Santísima, haz venir a Loli con la Cruz, que me la ponga aquí, en la cabeza, a ver si se me quita ese dolor.

Estaba yo muy mala, ¡con un dolor de cabeza!. Era un pensamiento que tenía pero no lo dije a nadie. Me escuchó la Virgen; Loli vino y me puso la Cruz. Levanté la cabeza y la quería besar. Y en vez de ponérmela en los labios me la puso en la cabeza, sin que yo le dijese nada, ni ella a mí. La tuvo allí un rato y después se fue y mi dolor de cabeza desapareció del todo.

Otra vez vino Jacinta, bendijo esta cama y entró allí donde la otra. Pero yo habia cambiado la almohada ese día y una persona extraña no podía saber dónde se encontraba la cabecera. Veía que Jacinta estaba allí como si buscase algo. Es que le estaba preguntando a la Virgen que dónde la hacía la cruz, que allí no había almohada y le dijo la Virgen donde estaba la cabecera de la cama y le hizo la señal de la cruz.

Cuando dijeron que la gente daba las medallas a besar, allí me fui. Era de noche. Voy a la entrada del pueblo. Me paré en la plaza, la primera del pueblo. Jacinta estaba en éxtasis más abajo.

Me acuerdo que me dijo una hija:

-- Venga acá, madre, a darle la medalla a besar a Jacinta.

-- No, yo no voy, ¡que me busque!.

Dije yo a mi hija Luzdivina.

Y alli me fue a buscar. Vino donde mí, con la medalla, la puso así, y se fue sonriéndose y volvió otra vez. Volvió seis o siete veces.

Entonces, dice María, la madre de Jacinta:

-- ¡Ay, tía!. ¿Todavía no has besado la medalla?.

No, no la he besado. Cada vez que la iba a besar, se volvía sonriendo. Con esto, ya me entra un nerviosísmo que me daba mal. Creía que la Virgen estaba enfadada conmigo; y entomces yo decía para mí:

-- ¡Ay, que gorda!. ¡Ay, Dios mio, que mala soy, que la Virgen no quiere que yo la bese!, ¡que mala soy!.

La Virgen, viendo que ella al principio se hizo de rogar y no quería ir donde Jacinta, le hizo pasar esta pequeña prueba para que lo desease de verdad.

Entonces viene Jaeinta y me da la medalla a besar tantas veces como me lo había negado. Me quedé que no sabía qué hacer de emoción que tuve. Esto no se me olvida nunca. Vaya emoción que me dió. Y luego dije:

-- Pués nó, ¡la Virgen no está enfadada conmigo!.

Tenía unas medallas, se las di a Jacinta y le dije:

-- Ahora se las vas a dar a Santa María para que me las bese.

La Virgen las besó, una por una, todas las medallas que yo le dí. Todo lo que hacía la Virgen con las niñas era precioso y, si nos portábamos mal, nos corregía con amor de Madre.


       

e Madre.