Testimonio de Pilar González.

Por las pendientes más difíciles de la subida a los pinos y sin seguir sendero alguno, bajaban las niñas en éxtasis y de espaldas.

Pilar González con su hija, en 1971, diez años después de las Apariciones de las que fue testigo.

Cuando comenzaron las Apariciones, vivíamos en las Islas Canarias. Nos escribieron desde el pueblo, en junio de 1961, diciéndonos que la Virgen se estaba apareciendo allí. Unas niñas de mi pueblo viendo a la Santísima Virgen, me parecía asombroso.

En Octubre de 1961, regresé al pueblo por tres meses y ya era la época en que había muchas apariciones de las que fui testigo. Las niñas eran del todo normales pero en éxtasis eran más bonitas.

Íbamos con ellas por las calles y callejas y podíamos seguirlas bien cuando andaban a paso normal pero también me tocó seguirlas a paso más rápido pero tenía que correr y llegaba un momento que me era imposible seguirlas porque a veces iban en un vuelo de un sitio a otro.

Increíble era verlas subir a los pinos y por aquella calleja llena de piedras sin que se hicieran daño ni tropezasen aunque fuesen a mucha velocidad, especialmente cuando bajaban de espaldas, aquello era imposible, solo Dios podía hacer una cosa así. No sentían cansancio ni fatiga y al salir del éxtasis se las veía felices y sin cansancio alguno.

Las caras muy bonitas. A mi me gustaba especialmente Jacinta que, en éxtasis, era muy bonita, con un hermoso tono de color que no se cómo describirlo. Mari Loli también era sorprendente, cada una de las niñas en éxtasis tenía algo especial que daba gusto verlas. Aquella sonrisa, aquella alegría, hablando con la Virgen, aún cuando esto variaba según lo que estuviesen hablando.

Hablé con ellas frecuentemente y nunca noté nada anormal en ellas, me parecían unas niñas normales del todo.

Me quedé en el pueblo desde Octubre de 1961 hasta enero de 1962 que fueron unos meses en que hubo muchísimos éxtasis. Frecuentemente Conchita salía de su casa ya en éxtasis y es por eso que la gente la esperaba fuera, a la puerta, para seguirla nada más salir.

Salía recorriendo el pueblo, ya sea rezando el Rosario o dando a besar el Crucifijo o iba de un lugar a otro visitando a los enfermos y después subiendo a los Pinos y con frecuencia volvía al pórtico de la Iglesia. Todo esto, cada día podía ser de modo distinto ya que los éxtasis podían durar poco tiempo o varias horas.

¡Dios mío! ¿cuantas veces las he visto subir por aquellas piedras hacia los pinos sin que se fatigasen ni tropezasen mirando a lo alto y por aquellas pendientes. 

En una ocasión mi sobrina Belinda, familiarmente llamada Beliz, estaba enferma en cama. En aquel momento pensé:

-- Las videntes van a todas las casas pero nunca a la mía.

Tenían la costumbre de ir a visitar a todos los enfermos por lo que en ese momento pensé:

-- ¡Virgen Santísima, haz que vengan a mi casa!.

Sin decirlo a nadie, sin hablar en voz alta, apenas había hecho en mi mente esta petición cuando veo venir a las cuatro niñas corriendo, entran en mi casa y en la habitación de Belinda. Ceferino estaba con ellas pero yo estaba en la calle y no pude entrar hasta que todos salieron. Solo oí a Belinda decir: ¡Dios mío, Dios mío!. Cada cosa que hacían las niñas era por un motivo especial y esta carrera hacia mi casa fue porque la Santísima Virgen me escuchó que se lo pedía.

En una ocasión estaba Conchita cuidando de sus ovejas y estaba a punto de coger una de ellas cuando cayó en éxtasis.

Con una mano agarró la oveja y esta quedó inmovilizada. Inmovilizar a una oveja de unos 40 a 50 kilos es difícil pero ella lo hizo en éxtasis con una sola mano y esto yo lo vi delante de mí.

 Simón intentó quitarle la oveja pero no pudo, entonces Simón dijo: llamad a Mari Loli para que Conchita deje irse a la oveja. Entonces Mari Loli vino y la oveja se fue sin dificultad.

Conchita siguió en éxtasis. Me llamó la atención esto porque tener a una oveja quieta, de este peso y con un sola mano, es imposible.

 

Las niñas rezaban unos rosarios preciosos todo muy despacio. Aprendieron de la Virgen a rezarlo así.

Lo explica Conchita en su diario:

«Al día siguiente, casi a la misma hora, se nos volvió a Aparecer la Virgen y lo primero que nos dijo fue que recemos el Rosario y nosotras, como nunca le habíamos rezado delante, nos dijo Ella:

-- Yo voy a rezarlo delante y vosotras me seguís.

Ella, rezando muy lento. Ella decía "Santa Maria" y nosotras decíamos "Santa María", rezábamos así. Cuando nos tocaba "Dios te Salve María", pues igual que se reza el Rosario, pero todo muy despacio, y la Salve nos mandó cantarla y nosotras la cantamos.

Cuando terminamos de rezar el Rosario, Ella nos dio un beso y se marcha y nos dijo:

-- Mañana vendré.

Al día siguiente, como lo dijo Ella, vino y nos dijo igual que el día anterior:

-- Rezad el Rosario.

Empezamos el Rosario. Esa noche fuimos a los lugares que se nos apareció la Virgen al principio. Decía la gente, después de nuestro éxtasis, que habíamos subido a los pinos y anduvimos de pino en pino de rodillas. Hasta ahora, en todos estos éxtasis, hemos estado las cuatro juntas: Jacinta, Loli, Mari Cruz y yo, Conchita, pero ahora ya empezamos a estar cada una por separado».

Cuando ya las niñas aprendieron a rezar el Rosario ya lo decían por sí mismas y la Virgen les avisaba cuándo era el Gloria. Cuando rezaban el Gloria, la Santísima Virgen inclinaba la cabeza con extraordinaria reverencia. Daba gusto ir con las niñas rezando el Rosario porque lo decían tan bien que era como hablar con Dios y la Virgen. Se rezaba todo tan despacio y tan bien que íbamos pensado lo que decíamos. A algún sacerdote le bastó oir rezar a las niñas en éxtasis para convencerse de que las Apariciones eran verdad. Y mucha gente ha dicho que aquellos Rosarios eran inolvidables y, aunque durasen mucho tiempo, no nos cansábamos.