Ocho años de constante dolor terminaron para un dentista Canadiense, al ser el bendecido con una medalla besada por Nuestra Señora de Garabandal.

UNA NUEVA VIDA
Dr. Michael Rozeluk

MAS DE 8 AÑOS HAN PASADO.
El año 1986 empezó muy bien para mi familia y yo. En mi consultorio dental, tenía buen éxito, nuestros dos hijos, Natalka de diez años y Andriy de seis años iban muy bien en la escuela. Todos gozábamos de buena salud. Yo practicaba toda clase de deportes, a saber: Hockey, base ball, tenis, squash, racquetball, natación, patinaje en agua, golf etc. Mis hijos y yo nos divertíamos jugando pelota durante las tardes de verano. Yo hacia un poco de voluntariado, como Presidente Canadiense de la Asociación de la Juventud Ucraniana. Mi esposa Helen enseñaba a tiempo parcial en una escuela Ucraniana y se encargaba de llevar a nuestros hijos a sus prácticas de música y deportes. Mientras tanto Helen y yo, habíamos entrado a formar parte de un coro que se estaba preparando para su primera actuación bajo un nuevo conductor en el mes de Marzo. Mirando todo, éramos una familia activa, saludable y feliz.

El 19 de Febrero de 1986, fui a practicar en el coro como siempre. Helen no se sentía bien, por eso no fue conmigo esa tarde. De regreso a mi casa, detuve mi auto en una intersección, preparándome para voltear hacia la izquierda. Por el espejo retrovisor, vi dos faros de otro automóvil que volteaba a gran velocidad dirigiéndose en dirección mía. Lo ultimo que yo recuerdo, son esos dos faros del carro el cual estaba ya casi encima del mío. Hasta el día de hoy, yo no recuerdo como salí de mi auto, lo que si recuerdo es que yo estaba parado fuera de el y sujetándome en la carrocería, el cual había sido impulsado con el tremendo impacto del choque, hacia la otra vereda de la interseccion/pista. Recuerdo que me sentía muy débil y con nauseas. Eventualmente llegó la policía, la cual culpó al chofer del otro auto de manejar en forma irresponsable. Había una estación de ambulancias en la esquina cerca del accidente, pero ni los técnicos de la ambulancia ni los policías pensaron en llevarme al hospital y me dejaron irme a casa, manejando mi propio auto.

No se como, pero pude regresar a mi casa esa noche. Al día siguiente me sentí muy mal, no me podía mover, el dolor que sentía en la cabeza, cuello, hombros y en la espalda era tanto que tuve que cancelar las citas a todos mis pacientes e ir a ver a mi médico. Así comenzaron ocho larguísimos años de consultas a médicos, abogados, terapeutas físicos, quiropractas, especialistas médicos, radiógrafos, y hasta a un médico psiquiatra para exámenes y varios tratamientos, los cuales me ayudaban solo algunas veces por un corto tiempo y nada más. Tuve muy malas reacciones a muchas de las medicinas que se me prescribían, razón por la cual no podía ni tomarlas. Lo único que pude tomar fueron pastillas de tylenol- 3 para el dolor, ya que eran las únicas que no me producían malos efectos ni reacciones.. Como reloj, por los siguientes ocho años, mi esposa Helen bajo prescripción medica, compraba 100 tabletas de Tylenol-3 cada tres semanas. ¿Cuál fue el diagnóstico de todos esos médicos?, Que había daño permanente a mi cuello y mandíbula (TMJ). Nada se podía hacer. Lo que me esperaba en el futuro era un incremento de artritis al cuello y espalda, y el dejar de trabajar dentro de unos cinco años debido a la creciente desabilidad.

Un Modo de Vida Diferente.

Después del accidente yo sufría continuamente de fuertes dolores siete días a la semana, las pastillas de Tylenol-3 no siempre surtían efecto. A menudo habían períodos de dolores intensos que solían durar por 40 horas o más y ninguna pastilla contra el dolor me podía ayudar. Cuando esto pasaba, yo tenia que acostarme de espaldas en el suelo, incapaz de moverme, incapaz de comer. Muchas veces el dolor intenso me hacia vomitar.

Yo era también un barómetro andante, ya que podía sentir los cambios del clima 48 horas antes y mejor que la oficina del tiempo. Aun hoy, prefiero no acordarme de los dos días antes de que un tornado golpeara una comunidad aledaña a nuestra ciudad hace unos años.

No sentía la antigua satisfacción y alegría yendo a los mítines del grupo de Jóvenes Ucranianos. Cuando iba, era solo porque necesariamente debía estar allí presente y pasaba todo ese tiempo tendido de espaldas en el suelo. Me era tremendamente doloroso el hecho de levantarme cada mañana y tratar de cargar a mis hijos. Ellos se preguntaban porque estaba yo siempre enojado con ellos. Yo estaba siempre de mal humor y los rechazaba diciéndoles, que me dejaran en paz.

Nuestra vida social casi había desaparecido y durante el transcurso de ese tiempo cancelamos tantas invitaciones y ceremonias que perdimos muchas amistades. En mi oficina, yo no hallaba forma de trabajar, debido al intenso y constante dolor. Muchas veces tuve que ser conducido a mi casa por alguien de mi oficina porque no estaba en condiciones de manejar mi vehículo. Seis semanas después de mi accidente, dos de las empleadas de mi oficina renunciaron porque no podían soportar la situación. Helen tuvo que reemplazar a una de ellas mientras buscábamos una asistente de reemplazo. Doy gracias a Dios que muchos de mis pacientes comprendieron mi problema y entendían porque tenia que cancelarles sus citas dentales, muchas veces con poca anticipación. Esto pasaba en forma tan frecuente, que algunos de mis pacientes telefoneaban antes de salir para mi oficina, para ver si yo estaba todavía allí. Entre Febrero de 1986 y Abril de 1994, perdí entre un día y medio y dos días y medio de trabajo por semana, lo cual no tardó en afectar nuestra situación económica. Solo doy gracias a Dios que no perdí mi práctica dental del todo, y que Él nos protegió durante todo lo peor.

Debido a todo esto, caí en un estado de depresión terrible, con solo mi familia (mi esposa Helen, mi madre Irene y mi hermano Jerry) como apoyo. Muchas veces le pedí a Helen que cogiera un machete y me diera con el en la cabeza y cuello para ya dejar de sufrir tanto, porque cuando yo estaba en absoluta agonía dolorosa, no había quien pudiera hablarme o ayudarme de alguna forma.

Sumándose a todos los problemas que esto estaba causando en mi oficina, tuve que dejar todo trabajo de voluntariado, me replegué en mi mismo, Para mi la vida no tenia ningún sentido, ningún valor.

Un Cambio de Actitud

Aunque yo no era una persona muy religiosa, sentí que habían ciertos cambios en mí. Todo esto era debido principalmente al tremendo apoyo que estaba recibiendo de mi esposa, Helen y mi madre eran personas muy religiosas. De pronto me encontré rezando todas las noches. Comencé a leer la Biblia y prometiéndole a Dios que la leería todas las noches por el resto de mi vida. Sin nin guna condicion.

Yo rezaba principalmente por mi madre a quien yo quería profundamente, ella había sido recientemente diagnosticada de cáncer. Y mientras yo rezaba por ella, ella estaba constantemente rezando para que Dios me ayudara a mí.

Fue debido a mi madre, que Helen y yo, nos encontramos yendo a Garabandal. Ella era una persona que vivía su Fe, dedicando una buena parte de tiempo a la Iglesia, a la Asociación de Mujeres, cocinando para gente enferma, visitándolos aún cuando ella ya no se sentía bien de salud, iba frecuentemente a Retiros durante el fin de semana, con la Liga de Mujeres de la Iglesia.

Cuando varios tratamientos médicos contra el cáncer no lograron los resultados deseados, ella aceptó esto con resignación. Esto ocurrió en el verano de 1993. Helen y yo decidimos que tal vez una peregrinación religiosa le haría mucho bien a mi madre, pero que ella no podía ir sola. Así, yo le dije que pensábamos ir a Garabandal y le prometí que todos iríamos juntos. Ella estaba felicísima y tenia la esperanza de poder vivir lo suficiente para realizar ese viaje.

Sin embargo, durante los meses de Septiembre y Octubre de 1993, su salud empeoró rápidamente. Ahora cuando yo rezaba, era para pedirle a Dios por ella y que se hiciera Su voluntad. Dios se la llevó el 14 de Noviembre de 1993. Para mi, fue enormemente penoso pero a la vez estaba contento por ella- pero la extrañaba mucho. Me olvidé completamente de la planeada visita a Garabandal.

El Viaje

Poco después del Año Nuevo y nuestra Navidad Ucraniana, sentía que algo me inquietaba. Recordé entonces la promesa hecha a mi madre de ir a Garabandal y este pensamiento me ponía muy nervioso. Le dije a mi esposa Helen lo que me pasaba y juntos decidimos irnos de viaje con Los Trabajadores de Nuestra Señora del Monte Carmelo durante Semana Santa y Pascua de Resurrección.

Debíamos volar desde Toronto hacia Nueva York donde nos encontraríamos con el resto del grupo; pero antes de nuestra partida yo hablaba de ir solamente a España, mas no a Garabandal. Aún durante el viaje a Nueva York yo le seguía diciendo a Helen que yo no sabia el porqué iba. Yo no era una persona muy religiosa, ni tampoco el tipo de persona que caminaba con una Biblia en la mano, o de andar rezando todo el tiempo. Le comenté a Helen que seguramente seríamos los mas jóvenes del grupo y me llevé una novela de misterio y espías para leer cuando me sintiera aburrido. ¡Que tal error el mío! ¡Que sorpresa me llevé al ver a la gente que iba a Garabandal! Y este viaje fue la mejor cosa que yo halla hecho en mi vida. Me salvó la salud mental, mi familia, mi vida, mi matrimonio, mi carrera y más importante que todo, me salvó el alma.

En el aeropuerto de Nueva York, Helen y yo reconocimos inmediatamente a Joey y Marilyn Lomangino ya que habíamos visto bastantes fotos de ellos. Rosemarie Melenchuck, la guía del tour, nos dio la bienvenida, pero tuvimos reparo de acercarnos a Joey. Pero estábamos muy contentos que él estuviera en la peregrinación.

Llegamos sin novedad al pueblito de San Sebastián de Garabandal y era precisamente como lo había imaginado; tranquilo, sereno y pintoresco. Nos sentíamos muy bien allí, pero mi dolor seguía, de todas maneras. Seguí tomando el Tylenol-3 el cual había traído conmigo, como un reloj para calmar el dolor.

Una vez llegados al pueblecito, anunciaron que Joey iba a dar una charla acerca de sus experiencias por la tarde del día siguiente en la iglesia del pueblo. Por supuesto que Helen y yo planeamos esta presentes allí.

Después de la charla de Joey, nos pusimos en la fila como todo el mundo, para venerar su medalla (besada por Nuestra Señora de Garabandal). Yo me sentía como siempre, con dolores en el cuello, hombros y la mandíbula. Pero cuando besé la medalla de Joey--y aún hoy no lo puedo explicar-- fue como si súbitamente toda la energía de mi cuerpo, salió otra vez de mis pies. Todavía puedo recordar ese sentir, aún hoy. Apenas me podía mantener de pie, y hubiera caído si es que no me hubiera apoyado en la banca de la iglesia. Helen estaba arrodillada rezando cuando regresé a nuestra banca, pero yo solo tuve fuerzas para sentarme junto a ella. Lentamente recuperé mis fuerzas y así, solo así, pude arrodillarme a rezar. Aún tenía el dolor de siempre. allí presente. Nunca antes en mi vida, había experimentado un sentimiento similar. Pensé que tal vez sería la falta de aire en la iglesia o que estaba muy cansado No era un sentimiento de desfallecimiento común.

Un par de días después, Bob House uno de los miembros del grupo, remarcó algo en mí. tal vez fue la expresión de dolor, o la manera de como yo caminaba, y se acercó a nosotros. Hablamos y yo le hablé acerca de mi accidente y el dolor crónico a consecuencia de esto. Bob me sugirió que le pidiera a Joey poner su medalla en mi cuello, pero yo le conteste que yo no había venido a Garabandal para eso. Yo había venido a Garabandal en honor a mi madre, por la promesa hecha de rezar por ella. También le dije que si algo iba a pasar, pasaría de todas maneras pero que yo no iba a pedirlo.

El Viernes Santo fue un día frío y húmedo, lo cual intensifico mi sufrimiento; el Sábado de Gloria fue aún peor. Yo tomaba my Tylenol-3 cada tres horas solamente para poder movilizarme cerca. Por la tarde la situación empeoro, No pude dormir nada toda la noche.

El Domingo de Pascua, 3 de Abril, no pude siquiera levantarme de la cama para ir a la procesión y Rosario por de las calles del pueblo. El dolor era tal, que no pude ni levantar la cabeza cuando los moradores del pueblo pasaron rezando el rosario por la puerta de la casa donde estábamos alojados. Después de tomar dos pastillas mas de Tylenol-3, nosotros pudimos como sea ir a la Misa celebrada por el guía espiritual de nuestro tour., el padre Thomas Blessin. El día pasó lentamente para mi, hasta que llegaron las 6:00 de la tarde cuando tomé mis dos ultimas pastillas de Tylenol-3.

La cura milagrosa.

A las ocho de la noche, fuimos a cenar, no me sentía con ganas de comer pero Helen me rogó que fuera. Cuando entramos en el comedor de Serafín, el hermano mayor de Conchita, la visionaria, Bob House vino y me preguntó si Joey ya había puesto su medalla sobre mi cuello. Le contesté que yo no se lo había pedido. Al escuchar mi respuesta, Bob me tomo del brazo y me llevó donde estaba Joey, en una esquina del comedor y le dijo, "Joey, aquí esta un hombre con dolor en la espalda." Joey siempre tan gentil sacó enseguida su medalla, me preguntó donde me dolía y que guiara su mano. Yo no sabía lo que él estaba diciendo, pero me imaginé que estaba orando.

Después me pidió que yo rezara también y (mientras me ponía su medalla) dijo, "Tal vez ayude o tal vez no; ya veremos". No sentí nada nuevo al momento, y seguí sintiendo el tremendo dolor que me aquejaba continuamente. Después de cenar, fuimos a empacar nuestro equipaje ya que debíamos partir de Garabandal muy temprano al día siguiente.

Dos horas mas tarde, después de empacar, por instinto fui a tomar mi medicina. Súbitamente, me di cuenta que no sentía el mas mínimo dolor ni en el cuello, espalda o la mandíbula. Mi cuello no había estado así, sin dolor, por muchos años, en realidad, no podía recordar la última vez que me había sentido así, totalmente sin dolor. Recé mis oraciones antes de acostarme y no tomé las pastillas para el dolor, pero siempre pensando que seguramente tendría que levantarme a medianoche a tomarlas. A las 2:00 a.m.; me desperté y fui al baño, después al sentare en la cama fui a coger mis pastillas para el dolor, pero, un momento, no tenia dolor! Me sentía de lo mas bien!. Estaba seguro que "me moriría" de dolor en la mañana, pero en esos momentos no tenia dolor alguno. Recé el rosario y le agradecí a Nuestra Señora y a Dios por esas horas que me estaban dando.

Al día siguiente me desperté temprano, y para mayor asombro, me sentía absolutamente bien. Agradecí a Dios y estuve a la espera que el dolor reapareciera mas tarde. Mi esposa Helen, no sabía nada de lo que me acontecía. Cuando nos embarcamos en el ómnibus estuve a la espera que reapareciera el dolor- pero el dolor no reapareció.

Bob House, maravilloso y bondadoso, se acercó a mí cuando estábamos embarcándonos en el ómnibus, y sin saber lo que me había pasado, me dio su medalla que era una replica exacta de la medalla de Joey, diciéndome que la usara diariamente, lo cual he estado haciendo desde entonces y la llevo siempre conmigo.

Mientras el ómnibus iba camino al aeropuerto de Santander, me di cuenta que haría mal si es que no diera a saber a Joey y al resto del grupo, las pocas, pero maravillosas horas sin dolor de las que había gozado. Ocho horas sin dolor eran para mi algo fantástico y así se lo comuniqué a todos en el ómnibus.

Durante todo el trayecto estuve esperando que el dolor regresara, pero no fue así. Nuestros nuevos amigos venían a cada momento a preguntarme si yo todavía me sentía bien y la respuesta era "Si."

En el Aeropuerto Kennedy en Nueva York, perdimos el vuelo de conexión de Nueva York a Toronto, Canadá, y tuvimos que esperar aún mas de lo normal en un viaje ya de por si agotador. Llegamos a nuestra casa ya bastante tarde, hacia frío y estaba lloviendo, era la clase de clima que normalmente me afectaba de tal manera que no podía salir de la casa. Al día siguiente, las empleadas de mi oficina se sorprendieron enormemente de verme llegar a trabajar. El clima era terrible y ellas sabían que normalmente, en días como esos, yo no podía trabajar debido al dolor. Cuando vieron mi cara, me escucharon hablar, vieron la energía y la manera como caminaba, ellas no salían de su asombro. Que le había pasado a Mike?

Una Nueva Oportunidad de Vida

Desde ese tiempo casi todos mis pacientes han estado totalmente sorprendidos, maravillados del tremendo cambio en mi persona, Yo era otra ves el antiguo Doctor Mike de antes del accidente. Bromeaba, estaba feliz y radiante. El clima desde ese tiempo, tampoco me afecta ya, y Helen se queja que ha perdido su barómetro andante. Energía? Tengo tanta, que desde entonces, me las he arreglado para agotar de trabajo a mis empleadas en la oficina. Constantemente estoy relatando la historia de Garabandal.

Una de mis empleadas le había dicho a su madre una vez que "Mike está siempre tan feliz y contento que me siento envidiosa" , ella no sabía como era yo antes del accidente. Y otra cosa mas, ahora puedo manejar los palos de golf otra vez, empujar una carretilla pesada, cargar pesos pesados y hacer todas esas cosas que no podía hacer por ocho años. Es maravilloso!

Desde ese entonces, Helen y yo hemos dado un sinnúmero de charlas acerca de Garabandal hasta que podamos hacerlo. Doy gracias a todos aquellos que se han regocijado por mí y si está en los planes de Dios que ese dolor regrese otra vez, no tengan pena por mi. Yo he tenido uno de los mejore regalos que cualquiera pudiera tener. Me sentí con muchísima suerte después de pocas horas sin tener dolor, y ahora después de siete meses, cualquiera se puede imaginar cuan afortunado me considero.

Como resultado de este regalo inesperado, las vidas de mi familia, amistades y pacientes han sido cambiadas para bien, sin mencionar muchos otros que me vieron sufrir por muchos años. Helen y yo, vamos a rogar para que ellos también sean bendecidos y que todos podamos ver pronto el gran Milagro.

Hasta hoy yo me pregunto, Porqué me sucedió esto a mi? Pero no tengo respuesta alguna. Cuanto tiempo durará, solo Dios lo sabe. Pero doy gracias a Dios todos los días por las grandísimas bendiciones que El me ha otorgado.

Dr. Michael Rozeluk
Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.


Para obtener más informes, escriba a:

The Workers of Our Lady  - Canada
P.O. Box 76607
1661 Denison Street
Markham, Ontario, CANADA
L3R 0N5
e-mail:    webmaster@ourlady.ca