Jesus fue mis pies

Otra curación de la peregrinación a Roma y Garabandal en 1999!

Por Mary Dierking
August 24, 2000

    Mi nombre es Mary Dierking. (Foto: Helen Rozeluk con Mary Dierking en Roma 1999) Vivo en Ponca, Nebraska. Fui criada en una granja. Todavía me dedico a un jardín verdaderamente grande y a veinticuatro árboles de manzana en mis extensiones de acres. En 1962, dos días después de mi boda, lastimé mi espalda en un accidente automovilístico. De ahí en más hube tenido que sobrellevar increíbles problemas de espalda. En los primeros cinco años tuve que usar unos sostenes dorsales completos y en todo ese tiempo sufría un dolor agobiante y constante en la zona inferior de mi espalda. Sentía como que estaba siendo azotada por un mazo de hierro. Desde ese entonces he estado también muy propensa a los accidentes. A lo largo de los años he sufrido separación de los cóndilos articulares en ambos hombros, cirugía para reparar uno de ellos, costillas rotas, pulgares rotos en el pie, desgarro de ligamentos en ambas rodillas y tobillos (en dos ocasiones por separado) y otras lesiones que ya no puedo recordar.  Tres veces estuve en una silla de ruedas por varios meses. El dolor de espalda resultante con frecuencia me dejaba postrada en el suelo. Fue solo después de varias sesiones de tratamientos quiroprácticos que las cosas comenzaron a medianamente estabilizarse. Luego me caía o tropezaba de nuevo y mi cuello y espalda perdían balance una vez más. Así, tenía que comenzar los tratamientos todo de vuelta,  desde el principio.

    Estas numerosas lesiones en la espalda resultaron luego en artritis en mi cuello y espalda. No importaba donde fuera o cuan tibio estuviera el ambiente, si había alguna brisa en algún lado,  tenía que usar una bufanda alrededor de mi cuello y mi cabeza. En el verano cuando la temperatura alcanza los 80 grados F. (25 grados Celsios), se pensaría que la artritis no debiera molestar, pero aún a los 80 grados, la más mínima briza me causaba un dolor terrible. Tenía que usar la bufanda alrededor de mi cuello y un suéter en cualquier sala con aire acondicionado. Un día caluroso de verano tuve que abandonar el jardín y
entrar a la casa porque la suave brisa me producía un dolor insoportable.

    La primera lesión severa en mi tobillo y rodilla fue por 1974. Esto me dejó en silla de ruedas por dos meses. Más tarde tuve un desgarro en el tobillo y la rodilla de la otra pierna, resultando en una complicación en la cadera. También, una vaca pisó y se apoyó sobre mi pie izquierdo. Esto causó que un enorme, atroz, y doloroso coágulo sanguíneo se formara. La presión fue tan severa que el empeine de mi pie llegó a infectarse por falta de circulación y entonces los tejidos blandos empezaron a descomponerse en profundidad hasta el hueso. Esta fue la peor lesión que alguna vez hube tenido: era una pesadilla viviente. Finalmente, luego de cuatro meses en silla de ruedas y tres meses con muletas, mi pie se las arregló para curarse.  Aún así, se puso muy sensible a las más mínimas presiones. Ni siquiera el pie descalzo de un bebé podía pararse en el mío sin causar un severo dolor.

    Un día hace tres años atrás me detuve en una estación de servicio.  En la entrada del edificio yacía una lámina de madera terciada. Como pisé sobre ella,  cedió, se agujereó, y caí en un pozo (no señalizado) dejado por unos constructores.  Por suerte para mi, solo rompí tres dedos de los pies, pero era en el pie enfermo que la vaca había lastimado. Estuve de vuelta en silla de ruedas por seis semanas, viviendo la misma pesadilla de vuelta. Luego, dos años atrás, caí de nuevo.......y rompí algunas costillas.

    Ligamentos desgarrados en mi pie derecho requirieron una triple ortodesis (sic.),que se trata de una cirugía para reparar el tobillo que estaba saliéndose de su fosa (ubicación normal). La cirugía ayudó por algún tiempo, pero ahora las cosas están empeorando otra vez. Mi exceso de peso no está ayudando. El tobillo se está desplazando, lo cual causa juanetes y callos en mi pie.  Debido a todas mis lesiones, los únicos calzados que darán a mis tobillos el apoyo necesario son botas de trabajo para hombres, de caño largo. Todos estos perjuicios  a mi espalda y pies han convertido también hasta al hecho de caminar, una tarea difícil y dolorosa.

    A comienzos de 1999, mi amiga Dr. Peggy McGinty (vea.... the Rest of the Story) me invitó a unirme a los Trabajadores de Nuestra Señora – Canadá en su peregrinación a Roma y Garabandal.  El grupo iba a participar en la ceremonia de beatificación del Padre Pío de Pietrelcina, el 2 de mayo en la Plaza de San Pedro.  Me entusiasmé en la posibilidad de ir pero decidí que la única manera en que posiblemente lo haría, era si Dios me ayudaba y fuera El mis pies, mi sostén, para que yo pudiera caminar por Roma. No pedí por la curación de mis pies ni mis tobillos.  Solo pedí por lo otro.

    Peggy y yo volamos a Toronto el día antes de la partida. Ibamos a pasar la noche en lo de los Rozeluks. El vuelo de tres horas a Toronto fue insoportable por el dolor. Mi espalda estaba martillándome terriblemente. Helen Rozeluk nos esperó en el aeropuerto y nos condujo en auto hasta su casa.  La travesía en auto de media hora fue fatal. Apenas podía aguantar el dolor en mi espalda. Al momento de llegar a la casa de los Rozeluk, apenas podía caminar.  El dolor punzante en mi espalda era
terrible.

    Helen y Michael Rozeluk estaban muy preocupados por mí. Apenas pude subir las escaleras de su casa.  ¿Cómo posiblemente podría ser yo capaz de caminar por las colinas de Roma, o por las empinadas cuestas de Garabandal?  Helen y Michael decidieron entonces rezar por mi allí, con las medallas que tienen los besos de Nuestra Señora en ellas. Sabía que esas primeras oraciones me ayudaron un montón, porque cuando subí esas escaleras otra vez para ir a mi dormitorio, apenas podía
creer lo maravillosas que sentía mis rodillas que normalmente estaban tiesas y dolorosas.

    Al día siguiente estabamos en camino. Desde Toronto volamos a Montreal, donde cambiamos a un vuelo intercontinental a Madrid, luego a Roma. La espera en Montreal fue francamente larga, así que nuestro grupo se reunió en un lugar y rezó el rosario de La Divina Misericordia. Durante la oración, el Dr. Michael se sentó a mi lado, sacó su medalla besada por Nuestra Señora en Garabandal, y la colocó en mi espalda. La medalla se sentía bastante tibia en mi espalda. “¿Qué clase de calefactor tiene Ud. en esa cosa?” pregunté.

    El vuelo a través del océano no fue simplemente indoloro, oh, ¡fue espectacular!¡ Mi espalda se sentía de maravillas!  En Roma, el grupo entero,  más tarde a la noche, oraba por mi otra vez cuando nos reunimos para el Rosario.  A medida que rezaban, súbitamente caí al piso. Debí haber estado tendida por bastante tiempo. Más tarde, cuando estabamos preparandonos para dormir, quise bajar al hall para tomar una ducha.   Peggy dijo, “Porqué no te quitas las botas? Estoy segura que Dios tomó también cuidado de tus tobillos.” Así, desaté las botas de construcción y cuidadosamente puse los pies
en el piso......y bajé caminando al hall hacia las duchas......y de vuelta.......en mis propios pies descalzos!

    A lo largo de toda la peregrinación, no solamente fui capaz de ponerme a tono con el resto del grupo durante las caminatas turísticas, sino también pude perfectamente abrirme paso en medio del trafico de Roma, sin ningún problema, en absoluto, subiendo, descendiendo las muchas escaleras y colinas, inclusive escalando las montañas en Garabandal. Actualmente, a finales de Agosto de 2000, a mi cuello y espalda los siento de maravillas. La brisa ya no me molesta. Ya no necesito más las bufandas
alrededor de mi cuello. Los aires acondicionados o ventiladores pueden estar soplando y soplando sobre mí, y estoy perfectamente.  Mis hombros ya no me duelen. Puedo ahora dedicarme a la jardinería totalmente libre de dolor. El jardín (huerta) es muy importante para mi, porque lo que Dios me da “extra” en mi jardín, me gusta compartirlo con los necesitados en el comedor social de mi localidad.

    Desde esta sanación, no he necesitado visitar a mi quiropracta ni siquiera una vez, y he tropezado y caído varias veces desde aquella peregrinación.  Sólo mis tobillos y pies todavía me dan problemas, pero en ese entonces yo no había pedido que se curaran. Sólo había pedido que Dios fuera mis pies, mi sostén durante la peregrinación. Y lo fue!  He agradecido a Dios muchas, muchas veces por la curación que recibí. ¡Glorias y Alabanzas a El por siempre!

Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.