Mi Hijo, por medio de este Beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás.

La Virgen dijo: Quien lleve con fe y confianza estos objetos
que he besado aquí, pasará su purgatorio sobre la tierra.

Los objetos besados por la Santísima Virgen tienen gran importancia ahora y en el futuro.

Sábado 13 de Noviembre de 1965.

Escribe Conchita:

Estando un día en la iglesia, la Virgen me ha dicho en una locución que la vería el 13 de Noviembre en los Pinos. Me dijo que esta sería una aparición especial para besar objetos religiosos y repartirlos después, ya que tienen gran importancia.

¡Yo estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios!

Estaba lloviendo, pero a mi no me importó. Subí a los Pinos y llevaba conmigo muchos rosarios que hacía poco me los habían regalado para repartirlos; y, como me había dicho la Virgen en la locución, los llevé para que los besara.

Subiendo sola a Los Pinos iba diciéndome, como muy arrepentida de mis defectos, que  no caería más en ellos, porque me daba apuro presentarme delante de la Madre de Dios sin quitarlos.

Cuando llegué a Los Pinos empecé a sacar los rosarios que llevaba; y estándolos sacando, oí una voz muy dulce, la de la Virgen, que se distingue entre todas, y me llamaba por mi nombre. Yo le he contestado:

-- ¿Qué?

Y en ese momento la he visto con el Niño Jesús en brazos. Venía vestida como siempre y muy sonriente. Yo le he dicho:

-- Ya he venido a traerte los rosarios para que los beses.

Y Ella me ha dicho.

-- Ya lo veo.

Yo traía masticando un chicle, pero cuando la estaba viendo dejé de masticarlo y lo he puesto en una muela. Ella ha notado que lo traía, y me ha dicho:

-- ¿Conchita, por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?

Y yo, con vergüenza, me lo he sacado y tirado en el suelo.

Después me ha dicho:

-- ¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu santo de que sufrirás mucho en la tierra?, pues te lo vuelvo a decir. Ten confianza en Nosotros y lo ofrecerás con gusto a Nuestros Corazones, por el bien de tus hermanos. Porque así estarás más unida a Nosotros.

Yo le he dicho:

-- Que indigna soy, Oh Madre nuestra, de tantas Gracias recibidas por Vos, y todavía venir hoy a mi para sobrellevar la pequeña cruz que ahora tengo.

Ella me ha dicho:

-- Conchita, no vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos, con el deseo de acercarlos a Nuestros Corazones.

Y me ha pedido:

-- Dame, para que pueda besar todo los que traes.

Y se lo he dado. Llevaba conmigo una Cruz y la ha besado, y después me ha dicho:

-- Pásala por las manos del Niño Jesús.

Y yo lo he hecho y El no ha dicho nada. Yo le he dicho:

-- Esta Cruz la llevaré conmigo al convento.

Pero no me ha dicho nada. Después de besarlos me ha dicho:

-- Mi Hijo, por medio de este beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás.

Claro, yo así lo haré. Después de esto me ha pedido le diga las peticiones para los demás, que me habían encomendado. Y yo se las he hecho. Y me ha dicho:

-- Dime, Conchita, dime cosas de mi hijos, a todos los tengo bajo mi manto.

Yo le he dicho:

-- Es muy pequeño, no cabemos todos.

Ella se ha sonreído.

-- ¿Sabes, Conchita, por qué no he venido yo el 18 de Junio a darte el Mensaje para el mundo? Porque me daba pena decíroslo yo, pero os lo tengo que decir para bien vuestro y gloria de Dios si lo cumplís. Os quiero mucho y deseo vuestra salvación para reuniros en torno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Verdad, Conchita, que tú me responderás?.

Y yo le he dicho:

-- Si estuviese siempre viéndote, si; pero si no, no lo se, porque soy muy mala.

-- Tú pon de tu parte todo y Nosotros te ayudaremos, como también a mis hijas, Loli, Jacinta y Mari Cruz.

Ha estado muy poco. También me dijo:

-- Será la última vez que me veas aquí, pero estaré siempre contigo y con todos mis hijos.

Después añadió:

-- Conchita, ¿Por qué no vas a menudo a visitar a mi Hijo al Santísimo. Por qué te dejas llevar por la pereza, no yendo a visitarle, cuando Os está esperando de día y de noche?

Como ya he escrito, estaba lloviendo mucho, y la Virgen y el Niño Jesús no se mojaban nada. Yo, cuando los estaba viendo no me daba cuenta de que llovía, pero cuando dejé de verlos estaba mojada.

Yo he dicho:

-- ¡Ay, que feliz soy cuando os veo! ¿Por qué no me llevas contigo ahora?.

Y me ha contestado:

-- Acuérdate de lo que te dije el día de tu santo: al presentarte delante de Dios tienes que mostrarle tus manos llenas de obras hechas por ti en favor de tus hermanos y para gloria de Dios, y ahora las tienes vacías.

Y nada más. Se ha pasado ese feliz rato que he pasado con mi Mamá del Cielo y mi Amiga, y con el Niño Jesús. Los he dejado de ver pero no de sentirlos.

De nuevo han sembrado en mi ánimo una paz y una alegría y unos grandes deseos de vencer mis defectos para conseguir amar con todas mis fuerzas a los Corazones de Jesús y de María, que tanto nos quieren.

Anteriormente, la Virgen me ha dicho que Jesús no mandaba el Castigo para hacernos sufrir sino para reprendernos de que no le hacemos caso y por ayudarnos. Y el Aviso nos lo manda para purificarnos, para hacernos ver el Milagro con el cual nos muestra claramente el amor que nos tiene; y por eso el deseo de que cumplamos el Mensaje.
 

 

Los misales besados.

Entre los objetos besados por la Santísima Virgen, están las hojas de los misales. María Josefa Herrero, Marichu, conversa con Loli antes de la Aparición en la que le da a besar un misal:

Dime, Loli:

-- ¿Qué Virgen es la que ves tú?.

-- No hay más que una Virgen, aunque pueda tener diferentes advocaciones, como Virgen del Carmen, Virgen del Rosario, Virgen del Pilar.

-- Pero, ¿cómo es la Virgen que tú ves?

Loli hizo una vez más la descripción de la Virgen que ella y sus compañeras habían visto tantas veces, y concluyó con entusiasmo:

-- Pero no hay nada como sus ojos. No se parecen a nada ni a nadie en el mundo. Yo no soy capaz de describirlos, sólo puedo decir que son tan bellísimos, que una no puede hacer otra cosa que mirarlos.
 

 

Horas después de esa charla, hacia la una y media de la noche, llegó el éxtasis de Loli:

Cayó de rodillas allí en la cocina, pegada casi a la pared de la izquierda; su cara estaba verdaderamente transfigurada y sus cabellos caían sobre las espaldas de forma muy bonita; sus ojos miraban absortos hacia arriba, hacia el techo, de donde pendían ristras de ajos, cebollas y chorizos.

Era una escena del todo doméstica y, sin embargo, llena de encanto, de elevación sobrenatural.

Durante el éxtasis, Loli se levantó y estuvo dando a besar a la Visión, como tantas otras veces, muchos objetos que habían puesto allí los visitantes.

Hubo aquella noche una especial atención para los misales de mano. Era emocionante ver cómo la Aparición parecía ir besando estos misales página por página, deteniéndose especialmente en algunas; también besaba las hojitas y estampas que había en ellos.

Supimos después que la Virgen hablaba a la niña sobre los dueños de aquellos objetos que besaba, dando incluso algún mensaje personal, como en el caso de una joven mejicana que había allí, para la cual hubo algo sobre la muerte de su padre. Cuando el largo éxtasis hubo acabado, yo pude acercarme a Loli y le dije:

-- Loli, cuando tú pasabas las hojas del misal, las pasabas demasiado a prisa; me temo que la Virgen las haya besado también un poco precipitadamente.

-- ¡Oh, no!, replicó en seguida la niña con la mayor viveza. La Santísima Virgen no lo ha hecho precipitadamente, Ella todo lo hace bien.

Muchas hojas de los misales besados por la Santísima Virgen fueron fueron cortados en pequeños trozos que se pueden ver en las medallas relicario. Son estas medallas, junto con los demás objetos besados por la Santísima Virgen, los que han hecho y continúan haciendo prodigios por todo el mundo.
 

 

Los objetos besados eran devueltos a su dueños por la misma niña, guiada por la Santísima Virgen.

El Doctor José de la Vega lloró emocionado al recibir su medalla, que fue para él una prueba personal de la delicadeza de la Santísima Virgen.

Dice D. José:

Conchita, charlaba con nosotros, medio dormida por la hora, las cuatro de la mañana, y entró bruscamente en éxtasis cayendo de rodillas sin quemarse, sobre las calientes piedras del hogar encendido.

Como transportada por ángeles, se levantó y empezó a recorrer el pueblo. Íbamos en pos de ella dando trompicones en la oscuridad de la noche y salpicando barro hasta las orejas.

Ardientemente pedía a Dios fe, "como la fe del carbonero", tan comentada en los sermones parroquiales, para poder sentir, como los demás, la enorme emoción de creer milagro lo que no podía explicarme.

Siguiendo a la pequeña iluminada recorrimos casi todas las callejuelas del pueblo, fuimos al atrio de la Iglesia, al cementerio y al monte donde por vez primera vieron a la Virgen.

La dureza del camino, la oscuridad y mi torpeza de hombre de ciudad me hacían tropezar con tanta piedra suelta, quedándome poco a poco rezagado. No podía más y decidí esperar el regreso. Mi mujer no quiso detenerse a pesar de ir jadeante y siguió adelante pidiendo ayuda a mi incredulidad.

De pronto, la niña se detiene sin llegar a la cima y retrocede camino abajo andando de espaldas, rozando apenas las piedras del camino sin dejar de mirar y sonreír al cielo.

Al llegar a la altura en que yo esperaba, se detiene y se arrodilla sobre los guijarros dando un fuerte golpe con sus rodillas y no se hizo daño; como si sobre una alfombra se tratase, levantó la cruz al cielo y me la dio a besar.

Alrededor de su cuello cuelgan las medallas y rosarios de muchos de los asistentes. Busca con sus manos una cadena determinada mientras susurra, más que habla, con su invisible aparición:

-- Dime cuál es. ¿Es esta?.

Levanta en su mano la medalla para darla a besar a la Virgen de su visión y oímos todos que vuelve a murmurar:

-- Pues dime de quién es.

Sin dudar ya más se vuelve hacia mi mujer y abriendo y cerrando el cierre de oro de la cadenita, la coloca en su cuello.

Emocionada y llorosa, mi mujer cae de rodillas, como yo y como muchos de los que presenciamos tan hermosa escena. La niña le hace besar la medalla besada por la Virgen y la ayuda a levantarse del suelo con una sonrisa angelical que nunca olvidaremos.

De la misma manera y con iguales o parecidas palabras me coloca a mí mi propia medalla besada por la Virgen. Yo no pude contener más la emoción y lloré cayendo de rodillas.

En ese momento encontré la explicación de todo lo que no comprendía. En la celestial expresión de esa niña vi el reflejo de la presencia invisible de la Virgen del Carmen sobre nuestras cabezas.

De rodillas, lloré emocionado y pedí a Dios perdón por mi incredulidad.