Lisa Mason cumple su promesa.

Su abuelo cura por dos veces por el Beso de la Bendita Madre.

Por el Beso que he dado, mi Hijo hará prodigios.

Toronto, Canadá.

Enero de 2005.

Cada noche miraba a mi abuelo arrodillado, rezando a Dios Nuestro Señor. El ha educado a su familia en el amor a Dios y ha ayudado a mucha gente. Me ha enseñado a aceptar a los otros tal como son y sobre todo a amar sin condiciones. Me ha enseñado que debo ponerme siempre en las manos de Dios y que Él ha de ser mi guía y mi sabiduría.

 Hasta donde llegan mis recuerdos, mi abuelo siempre ha formado parte de mi vida. Ha sido mi fortaleza y consuelo. Mi abuelo se llama Compton Nascimento y, con sus 97 años, es joven de espíritu.

 


Mi abuelo Compton en el centro, sentado; mi abuela Verónica de pie a la derecha, con Barbara y Compton de Inglaterra.

Cuando Compton Nascimento, mi abuelo, cumplió los 70 años, estaba convencido de que moriría pronto. Sin embargo pasaron lo setenta, los ochenta y los noventa y yo sentía que Dios tenía reservados aún más años para él.

Durante las Navidades de 2002, mi abuelo empezó a tener hinchazón en las piernas, que le afectaba al corazón. Hizo muchas visitas al médico y tomó toda clase de medicamentos pero no mejoraba y el pronóstico no era nada bueno. Estaba segura que lo perdería.

Creo que Dios nos envió a sus Ángeles para guiarnos por el camino correcto, y así fue como sucedió. Soy asistenta dental. Trabajo con Dr. Michael y Helen Rozeluk en su clínica dental. He visto como ellos se pusieron en manos de Dios para que guiase sus vidas y como Dios, por medio de ellos, ha curado a mucha gente. Le dije al Dr. Rozeluk que quería que mi abuelo mejorase.

Fue entonces cuando el Dr. Rozeluk me dio una pequeña medalla relicario de Garabandal, que tiene un trozo de misal "besado" por nuestra Bendita Madre. Me dijo que me confesase y que rezase con mi abuelo. Le pregunté si mi abuelo mejoraría y me dijo: "no lo sé, solo Dios lo sabe".

Hice lo que me dijo y, a solas con mi abuelo, le pedí que rezara conmigo. Había pasado largo tiempo desde que recé el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria pero esa noche las palabras vinieron a mi mente con toda claridad.

Rezamos a Jesucristo para que la preciosa sangre de nuestro Señor y Salvador sanase y fortaleciese a mi abuelo. Pocos días después mi abuelo rebosaba de alegría y gratitud. Sorprendió a todos con su inesperada curación.

Se lo dije al Dr. Rozeluk y a Helen. Me hicieron prometer que escribiría esta historia. Siento decir que no cumplí mi promesa, llevada por otras preocupaciones de este mundo.

Pasaron dos años. En Navidades del 2004 mi abuelo estaba de nuevo en el hospital. Esta vez con una grave infección en los pulmones que le afectó al corazón. El domingo 9 de enero de 2005, recibí una llamada que me dijo que mi abuelo ya no despertaría, que ya no respondía a nada ni a nadie. Sus constantes vitales parecían normales pero estaba en coma. Ni las enfermeras ni la familia pudieron despertarle. Mi familia fue en busca de un sacerdote.

Empecé a llorar. Alguien me dijo: "llama al Dr. Rozeluk". Lo hice y de nuevo me recordó que le llevase la medalla besada por nuestra querida Madre María. Cogí la medalla y fui al hospital. Con la medalla en mi mano cogí la mano fría, azul y sin vida de mi abuelo y recé, dando gracias a Dios por todo lo que nos ha dado y pidiéndole su curación. Recordé la promesa de Jesús: "Cuando dos o más rezan juntos, allí estoy Yo en medio de ellos".

Mientras rezaba, la medalla empezó a ponerse cada vez más caliente en nuestras manos. Sentí una pulsación que venía de la medalla que se hacía cada vez mas fuerte. Al mismo tiempo ¡los dedos de mi abuelo se movían!. ¡Luego, sus piernas también se movían! ¡Jesús estaba despertando a mi abuelo! En ese momento llega el padre Ed, mi abuelo ya estaba completamente despierto.

¡Las oraciones fueron escuchadas y las voces de los ángeles cantaban cánticos de gozo! ¡Poco después, esa misma tarde, mi abuelo y el padre Ed rezaban juntos el Rosario!

¡Qué grande es Nuestro Señor!. Él siempre ha cumplido su promesa guiando a sus hijos y librándonos del mal! ¡Gloria a Jesucristo! Digo a cada uno que lea esto:

-- Confía en Dios. Que Él te muestre sus caminos. Deja que María te guíe. Confía en los medios que Ella nos dio: las medallas besadas, el Santo Rosario, etc.

Como mi abuelo, se que que ha sido el amor de Dios quién le salvó. Y ahora, por el amor que tengo a Dios y a su Santísima Madre, escribo esta historia. Esta vez, cumplo mi promesa de escribir sobre el milagro que Dios ha hecho a mi abuelo. Doy gracias a María, cuyas promesas en Garabandal se hicieron realidad en mí y han aumentado mi fe todavía más. Amén.

Lisa Mason.
Scarborough, Ontario, Canada.
P.S.: El 13 de enero de 2005, Compton Nascimento ha salido del hospital y ha vuelto a su casa con su familia. ¡Alabado sea Dios!