George Retzlaff cura de una gravísima enfermedad del corazón.

 

Por el Beso que he dado aquí, mi Hijo hará prodigios.

 Puerto Dover, Ontario, Canada. Marzo de 2001.

Dice George:

En Noviembre de 1996, mi esposa, Wanda, y yo decidimos asistir a la primera "Misión de Abrazar la Eucaristía". Se llevaría a cabo en la Catedral de la Transfiguración en Markham, Ontario, bastante lejos del pueblo donde residíamos. Estaban también presentes la vidente Jacinta de Garabandal y Joey Lomangino.

No me sentía bien de salud y tuve que retirarme temprano, de modo que no pude llevar a cabo mi deseo de besar la medalla de Joey, medalla que fue besada por Nuestra Señora en Garabandal. Partimos algo decepcionados y pasamos la noche en casa de unos amigos que vivían cerca, ya que no vivíamos en la zona

Al cabo de unas pocas semanas, mi salud se agravó y fui internado en la sala de terapia intensiva del Hospital General de Toronto. A comienzos de Diciembre de 1996, a la edad de 75, me operaron del corazón; se me reemplazó, por segunda vez, la válvula mitral ya que la primera tenía pérdidas.  Después de la operación, los médicos no podían detener la hemorragia y dijeron que deberían operar de nuevo y hallar la causa.

Al día siguiente, mi estado era grave. Pero, sin saberlo yo, mi esposa había llamado al Dr. Michael Rozeluk y a su esposa Helen para pedirles que vinieran al hospital y rezasen por mí. Les contó la extrema gravedad de mi estado y se echó a llorar. Dijeron que vendrían tan pronto como pudieran.

Los Rozeluks hablaron con el Obispo Roman Danylak y le pusieron al tanto de mi difícil situación. Le pidieron que viniera a mi habitación ya que mi estado era grave, a lo cual él generosamente accedió.

Ese mismo día, aproximadamente a las tres de la tarde, los tres llegaron juntos, Helen, Michael y el obispo Danylak. La enfermera a cargo de la sala de terapia intensiva estaba sorprendida, pero asintió en dejarlos pasar junto a mí. Les indicó que me encontraba casi inconsciente y que no podría responder, que mi situación era bastante grave. Los tres se aproximaron a mi lecho. Yo no estaba consciente de que ellos estaban ahí. Wanda había salido en busca de algo para comer.

El Obispo me ungió con aceite bendito mientras el Dr. Michael y Helen pedían la intercesión de la Madre de Dios. Colocaron la medalla-relicario de Garabandal sobre mi cuerpo casi sin vida. No había ni la más mínima respuesta de parte mía.

Cuando ya iban a partir, el Dr. Michael se volvió y puso una medalla de Garabandal en mi mano izquierda. El recuerda que reaccioné apretando la medalla y también sus manos con las mías. Mencionó esto al obispo y a su esposa a medida que abandonaban la sala.

Hasta ese momento en particular, por un largo período de tiempo había estado completamente abstraído de lo que sucedía a mi alrededor, ni me percataba de la presencia de personas que venían a visitarme. Wanda recuerda que la enfermera le había hablado de la visita de un obispo y otras personas que habían rezado por mí.

Unas tres horas más tarde, cerca de las seis, mi esposa telefoneó al hospital preguntando por mi estado. Para entonces ya era capaz de gritar desde la sala de terapia a la enfermera que hablaba por teléfono en el escritorio, y decirle que había tenido visitas y que me sentía mucho mejor; esto sorprendió sobremanera a las enfermeras.

El equipo médico también me había informado entre otras cosas, que permanecería en el hospital por un período largo de tiempo y que mi recuperación sería lenta. Sin embargo, al día siguiente, retiraron todos los tubos y me transfirieron de terapia intensiva a la sala de recuperación con un pronóstico excelente.

A la semana de la visita del obispo, regresé a casa sintiéndome de maravilla. Me dijeron que no podría ir de compras ni hacer esfuerzos por mucho tiempo ya que cualquier actividad me debilitaría. Lo cierto es que, a la semana siguiente, pude hacer todo esto, incluso caminar e ir de compras.

Me he recuperado totalmente y me siento estupendamente, porque siento que Dios está conmigo.

Agradezco a Dios con todo mi corazón esta gracia de mi curación. Doy gracias a Nuestra Santa Madre, Nuestra Señora de Garabandal, por su intercesión. Mi agradecimiento a los doctores y enfermeras, a Helen y a Mike y al obispo Danylak, a quienes Dios les confió esta maravillosa tarea de sanarme.

George y Wanda Retzlaff
Puerto Dover, Ontario, Canada.